Ya no basta con dar like

Núcleo de Comunismo Negativo Permanente

Contra el dios sin rostro, contra la fe en pantalla, contra la comodidad disfrazada de revolución.

Capítulo 0: Introducción. El algoritmo como rezo y la mercancía como fe.

“No quiero descubrir el misterio / Porque no sabes lo que viene”

—Wipers, Mystery

Hay templos sin puertas y dioses sin rostro. Hay misas sin cuerpo, pero con asistencia masiva. La religión no ha muerto: ha mutado. Ha encontrado en la pantalla un nuevo altar, y en la métrica del deseo, su nuevo sacramento. Ya no se promete la salvación, sino la visibilidad. Ya no hay infierno eterno, pero sí olvido algorítmico. No se reza con palabras, sino con gestos de consumo: deslizar, reaccionar, compartir. La liturgia del presente se mide en clics.

Este texto no busca moralizar la red ni redimir al individuo caído. No pretende exorcizar el algoritmo ni romantizar un pasado analógico que también fue ruina. Pero sí levantar una escritura que grite contra el espectáculo del desastre, contra la estetización de la revuelta, contra la falsa rebeldía en clave de influencer. Esto no es un ensayo sobre la tecnología: es una autopsia al sujeto que dejó de ser tal para volverse perfil.

Vivimos en una época donde el capital no solo domina la economía: también domina la imaginación. Donde el deseo se convierte en mercancía, y la angustia se monetiza como engagement. Donde el gesto político ha sido secuestrado por la lógica de la visibilidad, y toda disidencia termina convertida en estilo.

Hay quienes aún creen que subiendo una historia se puede cambiar el mundo. Otros, que reaccionando con enojo basta para mostrar conciencia. Pero este texto parte de otra premisa: que la era digital no ofrece libertad, sino la ilusión de libertad dentro de un campo de control simbólico total.

Aquí se hablará de un dios: el algoritmo.
De una fe: la mercancía.
De un rezo inútil: el click.
De una procesión sin cuerpo: la viralidad.
Y de una posibilidad de fuga que no redime, pero rasga.

Este texto se escribe desde la sospecha activa. Desde la herida que es fractura, no lamento. Desde un lugar donde la poesía no es ornamento, sino arma cargada de negatividad. Donde no hay programa, ni bandera, ni partido, pero sí restos, polvo, rabia. Y una negativa a seguir rezando al dios de la transparencia.

Lo que viene no es misterio: es lo que ya está. Pero dicho de otro modo.

Este texto se escribe desde la sospecha activa. Desde la herida que es fractura, no lamento. Desde un lugar donde la poesía no es ornamento, sino arma cargada de negatividad. Donde no hay programa, ni bandera, ni partido, pero sí restos, polvo, rabia. Y una negativa a seguir rezando al dios de la transparencia.

Lo que viene no es misterio: es lo que ya está. Pero dicho de otro modo.

Capítulo 1: Eco sin altar — La nueva misa del yo en el templo del algoritmo.

El yo digital no es un yo: es un eco programado, una silueta sin cuerpo que se repite en un espejo sin fondo. No hay altar, solo hay reflejo. No hay ceremonia, solo hay algoritmo. El yo que se oficia a sí mismo en el templo de la pantalla no es un yo soberano: es un producto. No se trata de un narcisismo clásico, sino de un narcisismo sin rostro, una autoexplotación disfrazada de autoconstrucción.

El perfil digital no es identidad, es mercancía en circulación. No se trata de un yo que se busca, sino de un yo que se vende. El algoritmo no refleja el ser: lo fragmenta, lo cuantifica, lo jerarquiza en función del mercado de atención. Lo que creemos que es nuestra identidad es solo el reflejo de un mercado que busca segmentar, perfilar, y finalmente, vender.

La nueva misa no tiene altar, pero sí liturgia: la repetición infinita de gestos vacíos. Un scroll sin fin, una oración muda hecha de likes y de shares. Lo que se ofrece en ese templo no es comunidad, sino soledad compartida, una soledad mercantilizada, una soledad que se mide en métricas de interacción.

La revuelta no puede nacer de un yo que se autoproclama, porque ese yo es ya parte del problema. La fuga no es individual, no es un gesto de autenticidad en un mar de copias. La fuga es colectiva, es una negación del yo como mercancía, es una insurrección contra la lógica del perfil.

En el templo del algoritmo, la identidad no es más que una función. Y el primer paso para escapar de esa función es negar el yo como mercancía. No hay redención en el perfil, solo hay mercancía. Y la única salida es romper el espejo, incendiar el altar, y dejar que el yo programado arda junto con el templo.

Capítulo 2: El dios sin rostro — Capitalismo y algoritmización de la vida.

El capitalismo tardío no necesita un rostro visible. Su dios es el algoritmo, una abstracción que rige la existencia sin necesidad de dogmas. No hay mandamientos escritos, pero hay un código que todo lo ordena: el algoritmo decide qué vemos, qué deseamos, qué creemos. El capital ha logrado lo que ninguna religión pudo: hacer de cada acto cotidiano un acto de fe en la mercancía.

Vivimos bajo una teología digital donde el deseo ya no es libre, sino preconfigurado. Cada clic es una plegaria, cada interacción es un ritual. No hay escapatoria en el templo de la hiperconexión, porque cada fuga es inmediatamente capturada, cada gesto de diferencia es convertido en dato.

La algoritmización de la vida no es solo un fenómeno técnico, es la forma última de la subsunción real del capital: no solo trabaja con nuestra fuerza productiva, sino con nuestra fuerza deseante. Lo que antes era un espacio de posibilidad se ha convertido en un campo de concentración del deseo. La libertad que se nos promete es la libertad de elegir entre opciones predefinidas, entre caminos que siempre conducen al mismo lugar: el mercado.

Pero el dios sin rostro tiene una debilidad: no puede controlar el exceso, no puede absorber lo que no se deja codificar. Y allí es donde la negación cobra sentido. No se trata de huir del algoritmo, sino de sabotearlo, de corromperlo desde adentro, de convertir su lógica de control en un campo de batalla.

«Narcisismo de las redes sociales» @m_melgrati

La lucha contra el dios sin rostro no es la nostalgia de un pasado sin tecnología, sino la afirmación de un presente que se niega a ser reducido a datos. La comunización es la grieta en el código, la insubordinación que no se puede predecir, el temblor que hace fallar el sistema.

En la era del dios sin rostro, la verdadera herejía es negarse a ser un dato más. Es afirmar que la vida no cabe en un perfil, que el deseo no se agota en un clic, y que la historia no se reduce a una línea de tiempo. Es romper el código del dios invisible y recordar que, detrás de cada algoritmo, hay un cuerpo que se niega a ser mercancía.

Capítulo 3: Rezos inútiles — De la protesta al espectáculo.

El capitalismo digital no sólo absorbe la vida: absorbe también la protesta. Toda revuelta que no desborda el marco de la visibilidad acaba convertida en mercancía, en tendencia, en contenido administrado. El like, el share, el hashtag: esos son hoy los rezos inútiles que sustituyen la acción. La insubordinación deviene performance, la rabia se convierte en estética, la rebelión se traduce en métrica.

No hay exterior en el mundo algoritmo. La indignación espontánea es contabilizada, medida, rentabilizada. Cada vez que creemos golpear al sistema con un gesto visible, reforzamos la lógica de la atención que alimenta su motor. La viralización no es ruptura: es absorción. La denuncia espectacularizada es una válvula de escape, un modo de administrar la desafección, no de transformarla.

No es culpa individual. No se trata de señalar al usuario ingenuo. Es la estructura misma del capital digital la que convierte cada gesto en valor de cambio, cada palabra en dato útil, cada rebeldía en estilo de consumo. La protesta no desaparece: es gestionada. Y en esa gestión, pierde su filo, se convierte en decoración del colapso.

La revuelta que aún puede existir no es la que busca ser vista, no es la que se mide en impactos, no es la que compite en el mercado simbólico de las causas. Es la que rompe el flujo. La que no se deja estetizar ni rentabilizar. La que interrumpe la circulación de signos y sentidos. La que no puede traducirse en engagement ni convertirse en mercancía.

No basta con indignarse. No basta con denunciar. No basta con acumular likes de protesta. Hay que romper el altar donde todo gesto se convierte en espectáculo. Hay que sabotear la lógica de la visibilidad, construir grietas donde el algoritmo no pueda entrar.

Hay que devolver la protesta a su lugar más peligroso: la acción irreductible que no puede ser medida.

Capítulo 4: Del cuerpo desaparecido — Contra la digitalización total.

El capital no sólo mercantilizó el cuerpo: ahora intenta abolirlo. El algoritmo no necesita carne: necesita datos. No requiere presencia: exige conexión. El cuerpo, como espacio de encuentro, de conflicto, de insurrección material, resulta obsoleto para la lógica digital. En su lugar, se erige un sujeto sin peso, sin límite, sin contacto: un flujo de información continuo, dócil, rastreable.

La pandemia mundial no creó esta tendencia: la aceleró. La separación física, el teletrabajo, la educación virtual, la amistad mediada por plataformas, son síntomas de un proyecto más antiguo: la extinción del cuerpo como obstáculo. El capital sueña con sujetos sin fricción, sin huelgas, sin necesidad de respirar otro aire. Sueña con cuerpos que no huelan, que no enfermen, que no exijan, que no se toquen.

«Luchando por el Wi-Fi gratis» @m_melgrati para la exhibición «Mi pequeña revoluciín burguesa» en la «Northern Contemporary Gallery».

Pero el cuerpo no es un relicto romántico. No es una nostalgia del contacto perdido. Es el territorio irreductible donde la revuelta aún puede encarnarse. No hay fuga posible sin cuerpos que respiren juntos, que suden juntos, que comploten en la materialidad incontrolable de la presencia. Lo que el capital llama “conexión” es amputación; lo que llama “libertad de movimiento” es inmovilidad controlada.

No se trata de recuperar un cuerpo esencial. No se trata de volver a un pasado imaginario de pureza material. Se trata de afirmar que el cuerpo sigue siendo el lugar de la insubordinación más radical. El cuerpo que no puede ser comprimido en datos. El cuerpo que resiste ser gobernado por pantallas. El cuerpo que no puede ser actualizado.

La revuelta que necesitamos no tiene avatar. No tiene sesión virtual. No tiene moderador. Se conspira con el sudor, con el roce, con el temblor. Se conspira allí donde el capital ya no puede medir ni administrar el gesto. Se conspira en el lugar de la presencia irreductible. Donde el cuerpo, todavía, respira.

Capítulo 5: Brechas, grietas y conspiraciones menores.

No hay gran relato que salve. No hay épica que nos rescate. No hay estrategia total que nos conduzca a la liberación. Lo que queda, lo que aún arde, son brechas. Son grietas. Son conspiraciones menores que el capital no logra absorber del todo.

No son purezas resistiendo. No son reservas intocadas de humanidad. Son interrupciones sucias, fragmentos contaminados, gestos que no se dejan administrar del todo. Cada grieta no es un refugio: es un campo de batalla diminuto donde aún es posible torcer la lógica del algoritmo, aunque sea por un instante.

Las brechas no se planifican: estallan. No se gestionan: contaminan. No obedecen a un centro: proliferan en los márgenes, en los intersticios que el capital no puede codificar a tiempo. Cada fuga menor, cada gesto de indisciplina, cada silencio que no se traduce en contenido, cada abrazo que no se publica, cada palabra que no se captura, es ya una forma de sabotaje.

No se trata de romantizar lo pequeño. No se trata de construir una ética de la marginalidad.

Se trata de entender que la única insubordinación real hoy no es la que busca visibilidad o reconocimiento, sino la que irrumpe sin nombre, sin espectáculo, sin bandera.

La que estalla como error en la máquina. La que hace fallar, aunque sea por un momento, la repetición infinita del capital.

La comunización no será un gran evento. No será trending topic. No será televisada. Será el contagio silencioso de millones de gestos menores que no pidieron permiso para existir. Será la disolución de la mercancía en el temblor imprevisible de los cuerpos que aún insisten en no obedecer.

Capítulo 6: Epílogo — Sin templos, sin altares, sin dioses.

No hay altar al que regresar. No hay dios al que pedir perdón. No hay templo al que rendir homenaje. El tiempo de las grandes narraciones, de las seguridades últimas, de la fe ciega, ha estallado. Y bajo los escombros no se encuentra redención: sólo restos, sólo polvo, sólo la posibilidad brutal de comenzar de nuevo sin certezas, sin promesas, sin amo.

La revuelta no necesita ídolos. No necesita cielos. No necesita dirección divina. Lo que necesita es grieta, es error, es temblor. Lo que necesita es romper incluso con la nostalgia del sentido. El comunismo no será una iglesia alternativa. No vendrá a ofrecer consuelo, ni respuesta. Vendrá a destruir las preguntas que el capital impuso como únicas. Vendrá a vaciar los nombres. A incendiar los rituales.

Nada será sagrado. Todo será profanado. Incluso nuestras propias palabras. Incluso nuestras imágenes, nuestras consignas, nuestros mitos. No habrá centro. No habrá pureza. Sólo cuerpos insurrectos intentando decir otra cosa, hacer otra cosa, vivir de otro modo.

«RESPETO» Ramos, Fernando @indiosindios_

El dios ha muerto muchas veces. Pero ahora lo hemos encontrado agazapado en los algoritmos, en las métricas, en los lenguajes automáticos. No tiene nombre, pero nos observa. No tiene rostro, pero nos codifica. No tiene voz, pero nos habla cada vez que creemos decidir.

Decir no a ese dios no es suficiente.

Hay que profanar sus templos. Hay que sabotear su gramática. Hay que encarnar el rechazo, no como símbolo, sino como práctica. Y hacerlo sin esperar gloria, sin esperar recompensa, sin esperar victoria.

El epílogo no es cierre. Es grieta. Es una respiración entre ruinas.

Y si algo queda por hacer, es comenzar a conspirar entre escombros.

Y si algo queda por hacer, es comenzar a conspirar entre escombros.

No ser imagen.

No ser cifra.

Ser apenas el desvío que se contagia donde la historia dejó de repetirse.

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