
David Aniñir
El río Mapocho atraviesa de sol a sol la ciudad extrema y dura de Santiago.
El Mapocho antes era de cristal y su corriente espuma.
El vital elemento alimentaba el natural cauce a partir de regueros afluentes, manantiales, ojos de agua y vetas nacientes. Uno de sus brazos se estiraba por la Cañada, donde hoy está la Alameda.
El río Mapocho cala en la tierra, tal lágrima de alquitrán candente que hunde su torrente de dolor y caca por Cerro Navia y Pudahuel hasta unir su látigo negro espeso con el río Maipo.
Si el río suena es porque muertos trajo. En esos años milicos, la gente sacaba muertos con varas, como si estuvieran pescando truchas humanas llenas de agujeros.
Hace muchos años atrás, aquí en Pudahuel Norte, en la ribera sur del Mapocho, se instaló un campamento de pobladores sin casa que luego fueron relocalizados, mediante un plan de viviendas, en hacinamientos de nueva pobreza, como La Pintana o Peñalolén.

Esa es la historia de nuestra pobla, la Colo-Colo que quedó reinstalada a poca distancia de la ribera sur.
El río registra, en su turbio historial, ser cuna de drogadictos, caserío de ladronzuelos y escenario de extrañas muertes como la de María Castillo Muñoz, militante del MIR, a quien la CNI hizo estallar en pedazos, dinamitándola en la torre de alta tensión ubicada en medio del botadero un día de mayo de 1984.
Fue una noche de apagón donde el estrépito del bombazo sacudió hasta las napas subterráneas del subsuelo. Y el Julio, único testigo que relató los hechos, recordaba haber arrojado lejos la bolsa de neoprén para confirmar que lo que estaba viendo no era una alucinación errada, ni una volada errati, ni un trance del ñoco, ni una revelación mística del Mapocho de esas que se apropiaban de las memorias HD de los adictos al neoprén.
Nada de eso.
Julio escondido entre los socavones del botadero, había presenciado el asesinato de María Castillo, del que solo consta un zapato rojo de medio taco hallado en las inmediaciones y donde hoy existe una gruta recordatoria en su memoria.
A unos cincuenta metros del atentado, bajo los cables de alta tensión que cruzan el río hasta los Cerros Colorados y Renca, las organizaciones mapuche de la comuna, levantan un rewe para la realización de ceremonias espirituales en medio de un espacio de áreas verdes.

El Mapocho también sirvió de escenario para “Rock en río», festival de rock organizado por los Odiokratas y otros colectivos culturales del sector. «Rock en río, Un caudal de resistencia» era el lema, emulando al famoso festival de Brasil o un guiño al ngen del río o, en realidad, porque se nos ocurrió no más en un arranque creativo, risa y porros en la esquina, yeraah.
La bondad del río Mapocho es infinita y también ha dotado de espacios para el surgimiento del amor.
Entre la juventud pobladora más de alguien vivió sus experiencias hot y su rito iniciático en las primitivas artes del placer, entre la oscuridad de los arbustos. Pero, del mismo modo, también se habló de violaciones y todo ese paño oscuro de relatos que cubren las noches en aquellos sitios eriazos.
Vertedero y basural de la mierdópolis, se puede afirmar que el río, pese a su enfermedad ha tenido un oeste claro, infranqueable al tiempo y su curso.
El avance del desarrollo inmobiliario, con sus obras de construcción, arrojó escombros y desechos en ambas riberas.

El desperdicio del emergente neoliberalismo. Y ahí estaba la plebe atorrante con carretela, como improvisados roedores, acopiando objetos reciclables y leña, combustible básico en la pobla.
Todos esperaban con ansias a los camiones que llegaban a volcar su estómago de residuos y remanentes en las orillas. Nosotros recogíamos rarezas para nuestras diversiones infantiles, pero también, juntábamos cobre, bronce o aluminio para cubrir nuestros gastos esenciales.
El Mapocho guarda en su memoria un canto solo para los adictos, vagabundos e indigentes, que aseguran haber escuchado una enigmática melodía y canto indescifrable en el delirio de la desdicha alucinógena.
Es que si el río suena es porque todavía sueña.
En aquella época, cruzando hacia Renca y faldeando los cerros, se extendían grandes sembradíos de ostentosos hacendados. Patrones de fundo que mantenía el sistema de inquilinaje. En cierta ocasión se corrió el rumor de que un dueño había muerto y que todos los inquilinos habían abandonado el campo. Fue así que, desde varias poblaciones salió la gente a saquear la frondosa plantación de choclos. Cuadrillas de familias cruzaban el río en busca del cereal al gratín y volvían con sacos de mazorcas al hombro. Todo un espectáculo de recuperación con sólo atravesar la corriente más baja.
En ese entonces, los muchachos más duros y rudos, probaban las aguas turbias entre chapuzones y guatazos. Los pobladores más adultos mantienen el exiguo recuerdo de ese peluseo callampa y sus baños en el Mapocho que emulaban aquellas prácticas más antiguas, cuando existía el genuino veraneo popular en las aguas prístinas río arriba, por Barnechea o el Arrayán.
El río lleva en su cauce, no solo el mierdal y meado urbano.
Además, desembocaba la sangre hospitalaria de las cloacas en su tránsito por rutas subterráneas, plagada de guarenes y ratas de viscoso pelaje. Feca y coágulos aposados. Atmósfera perfecta para el suicida de turno que, seducido por sus tinieblas, decide acabar consigo mismo, haciendo de su muerte una muerte de mierda.

Una vez Lucho Jaque, colega de adicciones, nos quiso sorprender con su cuasi suicidio arrojándose a las aguas.
Cansado del mundo apostó por una muerte épica que resultó ser un fraude.
Con un metro cuadrado de cervezas y chicotas en el cuerpo le salió su faceta suicida y se tiró a las corrientes ligeras y pedregosas. El río lo arrastró una corta distancia y, un poco más allá fue a aparecer de nuevo, todo rasmillado y mojado como pico, pero vivo. Ahí se nos fue hasta la volá.
Hoy el Mapocho tiene un tratamiento sanitario.
Existe una ruta de la caca directamente a La Farfana, planta de tratamiento de aguas servidas, que realiza un filtro químico para transformar su uso.
Esta sigue siendo la historia del río Mapocho y su NGEN malherido, que recoge su urgente memoria rumbo al mar.


