Jaime Guzmán y su legado en la izquierda chilena

Nico Castañeda

“Nos odian porque nos temen y nos temen porque nos saben irreductibles”
Jaime Guzmán

El 1ro de abril se cumplió un año más de la muerte de Jaime Guzman. Leguleyo artífice de la constitución de 1980, en cuyo ordenamiento jurídico significaron las bases neoliberales impuestas por la dictadura en el territorio chileno. Algo bastante sabido dentro y fuera del país, tanto es así, que gran parte de la expresión generalizada de la revuelta decantó en demandas por la creación de una nueva carta magna para el país, lo que devino en un juego jurídico de anulación de las potencialidades de la revuelta. El mismo Jaime Guzman advertía: “La constitución debe procurar que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque —valga la metáfora— el margen de alternativas que la cancha imponga de hecho a quienes juegan en ella sea lo suficientemente reducido para ser extremadamente difícil lo contrario”. Dato de suma importancia que la izquierda democrática chilena sólo consideraba dentro de la constitucional no viendo en una perspectiva más amplia la trampa tendida por Jaime Guzman que podría significar todo lo que cubre la constitución y el proceso constitucional. Pero esta trampa de Jaime Guzman, no es la única en la cual la izquierda chilena ha caído, hay una mucho más profunda y subterránea de la cual la izquierda chilena en gran parte de su espectro ha tomado como forma organizativa: el gremialismo.

Para entender el gremialismo hay que entender en el contexto en el que surge: las aulas de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC) de mediados de la década de 1960. En un contexto de efervescencia política y la Reforma Universitaria, Jaime Guzmán lideró una reacción contra lo que consideraba la «politización extremista» y del marxismo en las universidades. Guzmán influenciado por la forma y la mística de Primo de Rivera (la importancia del gremio, el orden y el rechazo a la política partidista), en donde la autonomía y la despolitización de los cuerpos intermedios de la sociedad (sindicatos, centros de alumnos, colegios profesionales, juntas de vecinos, etc) —las organizaciones deben servir solo a su fin específico (un sindicato para temas laborales, un centro de alumnos para temas académicos), prohibiendo su uso como plataforma partidista, además de negar los conflictos de clases— frente al Estado y los partidos políticos —que «contaminan» y dividen las comunidades naturales— que deben abstenerse de intervenir donde la iniciativa privada o social pueda actuar. La idea es simple: las personas no viven solas, viven en comunidades reales que les dan sentido de identidad, protección y representación al desarrollo de sus vidas.

Aunque Guzmán influenciado por Primo de Rivera heredó de este último, el rechazo a la lucha de clases y la visión orgánica de la sociedad y un catolicismo extremo, Jaime Guzmán realizó una maniobra intelectual audaz: vació al falangismo de su estatismo. Mientras el pensamiento de Primo de Rivera buscaba un Estado fuerte e integrador, Guzmán abrazó el libre mercado de la Escuela de Chicago. Así, el gremialismo pasó de ser una «mística» de orden a convertirse en el soporte técnico de un modelo económico donde el Estado es un actor mínimo y el mercado el principal asignador de recursos.

La trampa más sutil de Jaime Guzmán es que su visión de la organización social parece haber sido absorbida, por ósmosis, por gran parte del espectro político chileno, incluyendo a la izquierda y a los movimientos populares de las últimas décadas. Hemos visto cómo los movimientos sociales en Chile han operado bajo una lógica de «especificidad gremial». Las luchas se han compartimentado: el movimiento estudiantil por la educación, No+AFP por las pensiones, colectivos ambientales por el agua. Esta fragmentación, aunque movilizadora, responde involuntariamente al ideal guzmanista: grupos intermedios que luchan por sus propios fines específicos, a menudo desconectados de un proyecto político global o de una estructura de partido que los unifique.

Uno de los triunfos culturales del gremialismo es el desprecio generalizado hacia la política partidista dentro de los movimientos sociales. Consignas como: «sin banderas políticas», muchos movimientos populares han replicado el ideal de Guzmán de «despolitizar» la base social. Al negar la relación que se podría dar entre la mediación de movimientos sociales y organizaciones políticas propias de las clases populares, estos movimientos a menudo quedan atrapados en una movilización reactiva que, al no tener una conducción política clara, termina siendo absorbida por la «cancha» institucional diseñada en 1980. Volviendo a la coyuntura de la revuelta de 2019, se observó esta misma paradoja: una explosión de comunidades locales y asambleas territoriales que reivindicaban su autonomía total frente al Estado y los partidos. Aunque el contenido era transformador, la forma seguía siendo la de un cuerpo intermedio celoso de su autonomía, desconfiado de la política centralizada y enfocado en la gestión de su propia realidad inmediata. Pero este rechazo partidario, también tiene su fundamento concreto en la trampa binominal de la constitución guzmanista: en definitiva, el gremialismo de los órganos intermedios se combina con el diseño de participación exclusiva de los partidos con participación parlamentaria, y por el diseño electoral y de quórum congresales, no solo se requiere ser partido sino que participar en bloques de alianza, lo que va haciendo una institucionalidad robusta en el sentido de tener una tremenda capacidad de conservación, y en este mecanismo ópera algo muy interesante porque la frontera de la participación parlamentaria ha ido construyendo que las fuerzas políticas nuevas deseen con la vida transformarse en partidos con representación parlamentaria. Y es un bucle inoperante: entre la autonomía gremial y el partidismo democrático parlamentarista.

El legado de Jaime Guzmán en la izquierda chilena no es ideológico, es metodológico. La izquierda democrática y los movimientos populares han caído en la trampa de adoptar la estructura organizativa gremialista —especializada, autónoma y antipartidista—, lo que a menudo les impide construir una hegemonía que trascienda la demanda puntual. Guzmán logró que, incluso para oponerse a su modelo, las clases populares del territorio chileno utilicen las herramientas y las formas de asociación que él mismo santificó. La «cancha» sigue estando trazada, y el desafío de los movimientos sociales actuales es reconocer que, mientras sigan operando solo como «gremios» de ciudadanos indignados, seguirán jugando bajo las reglas de quien diseñó su propio tablero.

Hay que entender también que esta crítica no viene a proponer un maximalismo de una radicalidad abstracta e idealista, sino más bien, con romper eso que Lenin llamaba la conciencia Tradeunionista o economista —la única forma de superar dialécticamente el orden actual de cosas es a través de una superación de las mismas luchas reales y concretas que se dan dentro del desarrollo de clases en esta sociedad-, para así saltar a una lucha política por el desarrollo de una sociedad libre, socialista y libertaria. Y gran parte para lograr salir de la trampa de Jaime Guzmán es volver a poner en valor un proyecto político popular realizado desde abajo por los mismos de abajo, tomando en cuenta la experiencia, desarrollo y visiones futuras para aquello, como también, volver a poner en valor las organizaciones mismas que a lo largo de décadas de luchas y experiencias a ido desarrollando la clase popular. Un proyecto que sepa ir más allá y superar el marco democrático parlamentario impuesto por la constitución de Guzmán, como también del mismo modo de producción en la cual está amparada. El futuro está abierto y nosotros somos quienes pueden tomarlo por asalto, una vez más.

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