
Notas sobre Guerra, Revolución y Estado
Por Nicolás Castañeda
Es indudable que entre los obreros y campesinas hay muchas más personas dotadas de capacidad de organización que las conocidas por nosotros; personas que saben organizar las cosas más prácticas, con la participación de un gran número de trabajadores y de un número mayor de consumidores, sin la facundia, el alboroto, las disputas y la charlatanería sobre planes, sistemas, etc., que «padecen» los «intelectuales», demasiado presuntuosos siempre. Pero no cuidamos como es debido estos brotes de lo nuevo.
Vladimir Lenin, “La gran Iniciativa”, 1919
La realidad de la historia nos enseña que ni siquiera la fuerza económica y militar más poderosa puede vencer la resistencia de un pueblo unido, un pueblo unido en su lucha por sus derechos internacionales. El poder tiene un límite
Vo Nguyen Giap
Apertura
Desde los albores de la civilización, el conflicto bélico ha sido una constante que define el devenir de la humanidad. Sin embargo, reducir la guerra a una pulsión biológica o a un evento fortuito ignora su naturaleza más profunda: la guerra es, ante todo, un producto de las bases materiales y las relaciones sociales de producción. A lo largo de la historia, la transición desde las escaramuzas tribales hasta la «guerra total» moderna no ha sido solo un cambio en la tecnología de destrucción, sino el motor fundamental que dio origen al Estado moderno y al sistema capitalista.
La guerra y el capital mantienen una relación simbiótica e indisociable: el capital nace de la violencia originaria y se expande mediante la economía de la guerra, mientras que el conflicto bélico se perpetúa únicamente en la medida en que resulta rentable para la acumulación de poder y riqueza. La mercantilización de la vida y la creación de una «subjetividad del cálculo egoísta» han transformado al soldado en asalariado y al saqueo en racionalidad empresarial. De aquí surge la pregunta: ¿Qué pasa con las clases populares en esta encrucijada?
Hablar de la guerra prácticamente es hablar de la humanidad misma (Pablo Borda).
Desde antes de la historia escrita, ya existen vestigios arqueológicos de enfrentamientos entre grupos humanos. Ahora bien, ¿qué es lo diferente entre aquellos arcaicos enfrentamientos y la guerra moderna de hoy en día?
El conflicto bélico, como práctica humana, se constituye sobre las bases materiales de las relaciones sociales que se producen en la sociedad. Es decir, la forma en que se enfrentan las sociedades en disputa, las armas y tecnologías utilizadas, así como la organización de los grupos combatientes, son resultado directo de esas relaciones sociales.
Durante el neolítico, los lazos de sangre o el sentimiento grupal creaban vínculos comunitarios y tribales y estos grupos utilizaban, como estrategia de conservación, la defensa violenta de sus áreas de recursos. Luego, con la aparición de las primeras sociedades de clases en la era antigua, surgieron también los primeros imperios, lo que trajo consigo la expansión de sus dominios mediante guerras de conquista orientadas a adquirir más recursos, proceso posibilitado por las nuevas tecnologías como el dominio de la forja de metales, que permitió la creación de armas como las espadas.
Durante la transición entre la sociedad feudal y la sociedad moderna, la producción y el despliegue de los novedosos sistemas de armas trascendieron las estructuras locales y descentralizadas que hasta entonces habían moldeado la sociedad, exigiendo una reorganización social total. A diferencia de las armas blancas premodernas, las armas de fuego, especialmente los grandes cañones, requerían una producción a gran escala, dando origen a una industria armamentística especializada en la fabricación de cañones y mosquetes.
Paralelamente, surgió una nueva arquitectura militar defensiva, materializada en fortalezas colosales diseñadas para resistir el impacto de los cañones. Este escenario desató una innovadora contienda entre armas ofensivas y defensivas, así como una carrera armamentista entre los Estados que perdura hasta nuestros días.
La guerra total o toda la sociedad al servicio del capital

La industria armamentística, la carrera militarista y el sostenimiento de ejércitos permanentes y separados de la sociedad civil, pero en constante expansión, condujeron inevitablemente a una transformación radical de la economía. Este vasto complejo militar, desvinculado del resto de la sociedad, demandaba una «economía de guerra permanente».
Esta nueva economía de la muerte se extendió sobre las antiguas estructuras agrarias y productivas del feudalismo. Dado que el armamento y el ejército ya no podían sustentarse en la producción local, sino que requerían un abastecimiento complejo y extenso, se volvieron dependientes de la mediación del dinero. De este modo, la producción de mercancías y la economía monetaria, pilares fundamentales del capitalismo, recibieron un impulso decisivo al inicio de la Edad Moderna gracias al auge de la economía militar.
Aquí radica el origen de la compleja y moderna relación entre el mercado y el Estado. Para financiar las industrias armamentísticas, los ejércitos y la guerra, los Estados se vieron obligados a exigir al máximo a sus poblaciones. En consonancia con la nueva realidad material, lo hicieron de una forma igualmente novedosa: la tributación monetaria reemplazó a los antiguos impuestos en especie. De esta manera, las personas fueron forzadas a «ganar dinero» para poder cumplir con sus obligaciones fiscales. Evidentemente, la integración de la población en la nueva economía monetaria y armamentística no fue voluntaria, sino que se impuso mediante una sangrienta represión.
En las gélidas aguas del cálculo egoísta
Este proceso engendró y nutrió la subjetividad capitalista del «hacer más». La perpetua escasez financiera inherente a la economía de guerra impulsó, en la sociedad civil, el ascenso de capitalistas monetarios, comerciales y financiadores bélicos. Los antiguos combatientes de la sociedad feudal se transformaron en soldados profesionales, individuos que percibían un sueldo. Ellos constituyeron los primeros trabajadores asalariados modernos, cuya subsistencia dependía exclusivamente de ingresos monetarios y del consumo de mercancías. En consecuencia, sus motivaciones trascendieron los ideales, limitándose al incentivo económico. Les resultaba indiferente a quién daban muerte, siempre y cuando recibieran la paga acordada.
La colonización del Nuevo Mundo o en busca de nuevos mercados
Este nuevo escenario económico, político y social en Europa, marcado por la generalización de un protocapitalismo y el mercantilismo, impulsó la transformación continua del intercambio de productos mediante el uso del dinero y los metales preciosos. En este contexto, el establecimiento de nuevas rutas comerciales con Oriente se volvió una necesidad cada vez más urgente.
Es en este contexto que arranca la expansión europea alrededor de todo el mundo y la alteridad no occidental comienza a ser concebida como un objeto a dominar y mercantilizar. La alteridad sólo podía ser reconocida si se inscribía dentro de la lógica del sistema, es decir, como valor de cambio.
Este proceso de asimilación del No-Occidente al mercado global europeo puede catalogarse como una forma de acumulación originaria, proceso que revela que el origen del trabajo asalariado no es económico, sino resultado de la violencia contra las personas y la eliminación forzada de sus medios de subsistencia. Esta coerción empujó a los productores de subsistencia al mercado, obligándolos a mercantilizar su propia vida.
En su contraparte, la clase dominante a través de sus ejércitos buscó obtener ganancias a través de este saqueo y convertirlo en dinero. Para ello, los beneficios del botín debían superar los costos de la guerra de colonización. Aquí reside el germen de la racionalidad empresarial moderna. Muchos de los generales y comandantes de los ejércitos de principios de la Edad Moderna invirtieron provechosamente el fruto de sus saqueos, asociándose con el capital monetario y comercial.
En consecuencia, no fueron el pacífico comerciante, el ahorrador diligente, ni el productor innovador quienes marcaron el inicio del capitalismo, sino todo lo contrario.
El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo

Históricamente, el capital ha intentado ocultar su propia dinámica violenta. Dentro de la economía como disciplina, se cuenta la historia de cómo personas libres y en común acuerdo comenzaron a intercambiar sus productos y, para simplificar dichos intercambios, se comenzó a utilizar el dinero como el intermediario universal.
Con este mito se oculta macabramente el hecho histórico de que fue a través de las más violentas coerciones que se disciplinó a la totalidad del mundo para ser parte del intercambio capitalista. Toda la historia de las colonias es la historia de la imposición violenta del régimen capitalista sobre ellas. Toda la historia de las colonias es la historia de la guerra cotidiana impuesta sobre ellas.
El ejército industrial permanente de reserva
La inversión en capital constante, es decir, en maquinaria y tecnología, incrementa la productividad del trabajo. Esto significa que se puede producir una mayor cantidad de mercancías con igual o menor cantidad de trabajo vivo (la fuerza de trabajo empleada directamente en el proceso productivo). Aquellos trabajadores cuyas tareas son ahora realizadas por máquinas son expulsados del proceso productivo, pasando a formar parte del «ejército industrial de reserva».
Si en el imperialismo clásico la metrópoli necesitaba colonias como fuentes de materias primas baratas, mercados para sus productos y mano de obra explotable, el imperialismo actual se desarrolla en un contexto de crisis estructural del capitalismo, marcado por la sobreacumulación de capital y su tendencia a la caída de la tasa de ganancia. En este escenario, el capital ya no puede valorizarse de manera rentable a través de la expansión tradicional de la producción y la explotación de la fuerza de trabajo a nivel global. Así, en lugar de integrar nuevas poblaciones al proceso productivo, el capital tiende a desconectarlas, considerándolas superfluas o incluso un obstáculo para su propia valorización.
La economía política de la tierra quemada
La producción capitalista tiende, sin cesar, a sobrepasar las barreras inmanentes a su lógica de reproducción, pero no lo logra más que empleando medios que, a una escala mayor, recrean esas mismas barreras. Es decir, su tendencia intrínseca a la expansión y al crecimiento ilimitado choca constantemente con las limitaciones internas de su propio desarrollo. La lógica de la acumulación de capital impulsa a los capitalistas a aumentar la productividad para obtener una mayor plusvalía relativa. Esto se logra principalmente mediante la incorporación de más capital constante (maquinaria más eficiente) en relación con el capital variable (menos trabajadores para operar esa maquinaria). Aunque esta estrategia aumenta la productividad y puede generar plusvalía extraordinaria para el capitalista individual a corto plazo, a nivel social y a largo plazo genera un problema. Al reducir la proporción de trabajo vivo en el proceso productivo, se reduce la única fuente de nuevo valor y, por lo tanto, la masa total de plusvalía que se puede extraer en relación con la inversión total de capital tiende a disminuir. El propio motor de la ganancia (la explotación del trabajo vivo) se ve socavado por la necesidad de aumentar la eficiencia mediante la reducción de ese mismo trabajo vivo relativo.
La paradoja reside en que los mecanismos que el capitalismo utiliza para superar estas barreras sólo conducen a la creación de obstáculos aún mayores en el futuro. El capital tiende a huir del humano, pero es justamente lo humano lo que le da vida. A pesar de todo, el capital es una relación social.
Donde hay una crisis, hay una oportunidad

Una de las tantas formas que el capitalismo tiene para expandir sus límites de crecimiento es la guerra. La guerra no fue solo partícipe de la gestación embrionaria del capital, sigue siendo una pieza fundamental para su desarrollo actualmente.
La guerra destruye capital físico (infraestructura, fábricas) y humano, aliviando temporalmente la crisis inherente a este modo de producción. La producción de armamento y los esfuerzos de reconstrucción postguerra generan una enorme demanda, estimulando la economía y creando nuevas oportunidades de inversión y ganancia. La guerra siempre será el gran negocio del capital. “Haz las guerras no rentables, y serán imposibles”.
De violencia a violencia
En el sistema colonial, el colonizador se erige como la encarnación de la humanidad, la norma, el punto de referencia. Todo lo que se desvía de esta norma, es decir, el colonizado, es relegado a un estatus inferior, deshumanizado, convertido en un «otro» radicalmente diferente y, por lo tanto, inherentemente deficiente.
La «zona de ser» es el espacio donde existe el colonizador, donde su existencia es reconocida, valorada y considerada plenamente humana. Es el reino de la ley, la cultura dominante, el poder. En contraste, la «zona de no ser» es el espacio donde se confina al colonizado. Aquí, su existencia es precaria, constantemente negada o minimizada. Los colonizados son vistos como objetos, herramientas, mano de obra barata, pero nunca como sujetos plenos con la misma dignidad y derechos que el colonizador.
El único diálogo que existe entre colonizador y colonizado, entre la zona del ser y la del no ser, es la violencia. Para el colonizador no existe más diálogo que la violencia contra el colonizado, por lo que el colonizado debe responder a la violencia del colonizador para ser escuchado. Es a través de la violencia como el colonizado puede devenir humano y habitar la zona del ser. Es a través de la violencia revolucionaria que el colonizado deja de ser tal. Es a través de la violencia revolucionaria que el oprimido se libera del opresor.
Para enfrentarse al ejercicio cotidiano de la violencia es necesario reconocerla como individualización de la guerra de sometimiento, es decir, politizarla como expresión de la división de clase. Las violencias son la transformación de la fuerza de apropiación de los cuerpos en ejercicio individualizado de la dominación. La tarea política, entonces, es transformar las violencias individuales en fuerza colectiva y usarlas para la ofensiva.
¿El sueño del oprimido es convertirse en opresor?
En la difusa frontera entre el Estado y el mercado, la prioridad no es el idealismo de la resistencia, sino las estrategias concretas para sobrevivir. La subsistencia autoorganizada demanda enfrentar la realidad presente para mantener la vida en circunstancias adversas, recurriendo a métodos sociales espontáneos, de colaboración y cooperación. La perfección es rara: tanto en las ideas como en la política y en los recursos materiales.
Casi de manera generalizada, muchos de los movimientos de liberación nacional ocurridos en el Tercer Mundo durante el último centenario, quedaron atrapados en los límites impuestos y autoimpuestos del Estado. Sea de manera pragmática o deliberada, los movimientos revolucionarios de liberación nacional se enfrentaron al escenario global del sistema económico capitalista de manera desigual. Luego de décadas de expolio continuo vieron en el Estado la forma más rápida para desarrollar sus fuerzas productivas y alcanzar una autonomía relativa en el mercado mundial.
Si la escasez absoluta es la condición fundamental de las sociedades precapitalistas, en estas sociedades, la producción está directamente ligada a la satisfacción de necesidades concretas y limitadas. La técnica y la organización social imponen límites reales a la cantidad de bienes que pueden producirse. La escasez es una experiencia directa y palpable: falta de recursos para cubrir las necesidades básicas de la comunidad. La escasez relativa es la característica distintiva de la modernidad capitalista. Con el advenimiento del capitalismo, la producción se desvincula de la satisfacción directa de necesidades concretas y se orienta hacia la producción de valor de cambio, es decir, hacia la acumulación de ganancia. En este contexto, la escasez ya no está determinada principalmente por la capacidad productiva real, sino por la lógica del mercado y la valorización del capital.
El capitalismo es una maldición comparada con el socialismo. El capitalismo es una bendición comparada con el medievalismo, la pequeña producción y los males de la burocracia que surgen de la dispersión de los pequeños productores. Dado que aún no podemos pasar directamente de la pequeña producción al socialismo, cierto capitalismo es inevitable como producto elemental de la pequeña producción y el intercambio; por lo tanto, debemos utilizar el capitalismo (en particular, orientándolo hacia los cauces del capitalismo de Estado) como vínculo intermedio entre la pequeña producción y el socialismo, como medio, camino y método para incrementar las fuerzas productivas (Lenin).
La historia no tiene una meta, sino una dirección de movimiento

Las relaciones de producción son las relaciones que la humanidad establece para utilizar las fuerzas productivas. En última instancia, estas relaciones están determinadas por la necesidad del desarrollo de las mismas fuerzas productivas. Esta evolución no es armoniosa. Su flujo es irregular, contradictorio, con grandes saltos hacia adelante y períodos de retroceso. Es el resultado de la presión de las contradicciones.
Por ejemplo: el feudalismo permitió el desarrollo del comercio. Pero, a partir de cierto grado de desarrollo, las relaciones feudales se convirtieron en un obstáculo para el comercio. Dentro del feudalismo, cualquier comerciante que transportara mercancías a través de un feudo tenía que pagar un peaje al señor local. Pero, cuanto más se desarrollaba el comercio en cantidad y distancias, los peajes aparecían como un absurdo, un obstáculo para su desarrollo. Para permitir este avance, el movimiento del comercio y los hombres que defendían los intereses del comercio se rebelaron contra las leyes feudales.
El software libre, como toda la nueva tecnología (IAs por ejemplo), es el resultado del desarrollo de las tecnologías creadas dentro del capitalismo: transistores, ordenadores, etc. Esta tecnología es un tremendo avance de las fuerzas productivas. Es un producto humano que puede ser un medio de producción, como un sistema que impulsa una cadena de montaje, o un medio de consumo, como una película o un juego, y tiene la capacidad nueva y específica de ser reproducible sin un coste significativo.
Pero las leyes capitalistas impiden el pleno desarrollo de esta capacidad: derechos de autor, propiedad intelectual privada, etc. El software libre es una revuelta de las nuevas fuerzas productivas contra las viejas relaciones capitalistas de producción.
En última instancia, la superación de las trabas del desarrollo de las fuerzas productivas queda en manos de la lucha de clases. Sin la contradicción entre las clases por la apropiación de estas fuerzas para sus propios intereses, las fuerzas de producción, y con ello la creatividad humana, quedan en un eterno círculo de retroalimentación de su propia podredumbre.
¿Soy prisionero de la Historia?
En la dinámica del desarrollo acelerado y concentrado de las fuerzas productivas de los Estados liberados de sus opresores, sea la Rusia soviética, China, Corea del Norte, Cuba o los pueblos del tercer mundo, todos estos procesos se enfrentaron al mismo dilema en su rol de ejecutores del nuevo orden: fortalecer el Estado militarmente para no sucumbir a una posible recolonización del capitalismo de los imperios de occidente. Por otra parte, este fortalecimiento trajo una represión interna a la disidencia política, de izquierda o de derecha.
Frente al dilema queda preguntarse: ¿Cómo salir airoso de esta encrucijada? ¿Cómo superar el horizonte del Estado en las revoluciones en curso, sin caer en manos de la guerra cruenta del capital?
En 1881, la carta de Vera Zasúlich llevó a Marx a considerar la posibilidad de una vía no capitalista al socialismo para Rusia, basada en el potencial de la comuna rural. No hay un camino único y universal hacia el socialismo, Marx reconoció que su análisis del desarrollo del capitalismo en Europa Occidental no era necesariamente un modelo único para todas las sociedades. Las condiciones históricas, sociales y económicas específicas de cada país debían ser consideradas. Si bien no ofreció una respuesta definitiva, sus borradores sugieren una visión más flexible y contextualizada de su teoría histórica, reconociendo la importancia de las condiciones específicas de cada sociedad en su camino hacia el futuro. Esta correspondencia es significativa porque desafía la interpretación simplista de Marx como un defensor de un desarrollo histórico lineal y universalmente aplicable. Muestra su apertura a considerar las particularidades de diferentes formaciones sociales y las posibles vías alternativas al socialismo.
La guerra como la continuación de la política o la política como la continuación de la guerra
Con la acumulación originaria, el Estado obligó a los campesinos y productores independientes a abandonar su autonomía. La guerra comienza con el disciplinamiento violento de la población para convertirla en proletariado. El «sueldo» del soldado es el prototipo del salario del obrero; ambos venden su vida por una paga para sobrevivir en una economía que ya no les pertenece.
Con los trabajadores «sobrantes» se forma un ejército de reserva que presiona a la baja los salarios. El capital utiliza este desplazamiento como una táctica para mantener el control sobre los que aún trabajan, considerándolos prescindibles o «superfluos». Cuando la tasa de ganancia cae y las contradicciones internas de clase se vuelven peligrosas, el capital recurre a la guerra para destruir infraestructura y «limpiar» el mercado, o por otra parte, a la colonización, donde el sometimiento de forma violenta de otras poblaciones o territorios sirve para escapar del anterior límite del proceso de valorización del capital.
Si como en antaño, una guerra imperialista se transforma en una guerra de clases, se abre un horizonte de posibilidades que pueden llevar a una nueva forma social. En cuanto a estas posibilidades que se crean en un enfrentamiento directo entre clases, la experiencia histórica ha vislumbrado caminos y callejones sin salidas. La gran duda surge en ¿cómo seguir el proceso revolucionario sin caer en la maquinaria megalítica estatal para defenderla de la posible colonización externa, pero sin ahogar las fuerzas creativas del pueblo desde el interior mismo de la revolución?
Posiblemente en un futuro socialista, el conflicto entre comunidades humanas aún exista.
Lo que queremos, de manera muchísimo más terrenal y material, es que se acabe la lucha de clases. Es que no existan instituciones que cosifiquen y hagan inamovible el sufrimiento humano. Que los seres humanos puedan sufrir y dejar de sufrir cara a cara, de manera puramente intersubjetiva, sin que haya instituciones que los fijen en uno u otro estado. Que puedan manejar el misterio de la subjetividad del otro, la incertidumbre de la libertad, las virtudes y dificultades de la diferencia, en un mundo de abundancia y trabajo libre, donde el reverso de cada uno de esos posibles males particulares sea también, de manera plenamente posible, su superación. No se trata de eliminar la conflictividad básica de la vida, de la libertad, se trata de contenerla en un espacio social en que sea plenamente tratable, de una manera puramente intersubjetiva. (Carlos Perez Soto)


