
Cano
Militante de Tejer-ConstruIR.
Parte de las tareas de la izquierda socialista actual es construir una apuesta programática sólida que ponga la vida al centro. Para apoyar esa tarea, Michael Lebowitz nos entrega una importante base conceptual: leer a Marx no sólo como una teoría sobre cómo se reproduce el capital, sino también como una invitación a pensar la reproducción de los trabajadores. Lebowitz apunta que en El Capital el movimiento del capital está desarrollado con detalle, mientras que la figura del trabajador —cómo se forma, qué necesita, cómo se reproduce en los hogares, en las escuelas, en la comunidad— queda en buena medida sin un tratamiento equivalente. Sólo de esa forma, apunta Lebowitz, podemos reconocer las dinámicas del capital como totalidad. Ello tiene implicancias fundamentales en la construcción teórica y programática de la izquierda socialista, al comprender que el capital puede explicarse plenamente sólo si incorporamos simultáneamente la producción de mercancías y la producción de personas, porque ambas dimensiones se condicionan mutuamente y porque en esa tensión se juega la posibilidad misma de transformar la sociedad.
Por su parte, las feministas marxistas que han desarrollado la Teoría de la Reproducción Social (TRS), nos proporcionan el contenido concreto de ese “lado faltante” en El Capital. La teoría de la reproducción social del feminismo marxista ha mostrado que la producción capitalista sólo puede existir porque descansa sobre un conjunto de trabajos, tiempos, relaciones y afectos que sostienen la vida y que, sin embargo, permanecen sistemáticamente invisibilizados. Autoras como Lise Vogel (1983/2013), Silvia Federici (2004) y Nancy Fraser (2016) han subrayado que el capitalismo externaliza los costos de producir y reproducir la fuerza de trabajo hacia los hogares, las comunidades y, especialmente, hacia las mujeres, generando una doble contradicción: depende estructuralmente de estos trabajos, pero al mismo tiempo los desvaloriza, precariza o incluso los destruye. En este marco, la reproducción social no es un ámbito «externo» al capital, sino un espacio de conflicto, donde se juega tanto la reposición cotidiana de la fuerza de trabajo como la posibilidad de que la clase trabajadora construya formas autónomas de vida, cooperación y subjetividad. Desde esta perspectiva, la lucha de clases incluye no sólo las disputas en el punto de producción, sino también la batalla por el tiempo, los cuidados, la vivienda, la vida cotidiana, la sexualidad, el consumo y los afectos; es decir, todas aquellas dimensiones donde se define qué vidas son vivibles y bajo qué condiciones. Por lo tanto, parte importante de la subjetividad de la clase trabajadora se construye no solo en sus relaciones de producción, sino también en sus dinámicas de reproducción. La incorporación de estos elementos obliga entonces a pensar la lucha de clases de forma amplia. Si la relación capital-trabajo es una unidad contradictoria en permanente producción recíproca, entonces las luchas por la reproducción social son parte de la reproducción ampliada o restringida del capital, y a la vez, condiciones para la reproducción ampliada de la clase trabajadora. En este sentido, integrar la reproducción social como un campo estratégico no es un anexo «feminista» al marxismo tradicional, sino un desplazamiento fundamental: revela que el socialismo requiere reorganizar radicalmente los tiempos sociales, las necesidades colectivas, los patrones de consumo y la división sexual del trabajo, haciendo de la reproducción de la vida —y no del valor— el eje central de la transformación.

Una concepción ampliada de la lucha de clases supone reconocer que el conflicto con el capital no se limita al espacio de trabajo, sino que atraviesa toda la trama de la vida cotidiana donde se reproduce la fuerza de trabajo. La lucha de clases ocurre también en los hogares, en los sistemas de salud y educación, en las redes de cuidado, en las políticas urbanas, en la organización del tiempo social y en la disputa por los deseos y las necesidades. Allí se libra una batalla permanente entre un capital que busca reducir personas a simples portadores de fuerza de trabajo y consumidores dependientes, y unas mayorías que buscan condiciones para vivir, cuidar y desarrollarse de forma digna. Esta comprensión amplia revela que las resistencias vinculadas a los cuidados, la vivienda, la alimentación, la defensa de los cuerpos y de los territorios son expresiones directas de la lucha de clases, porque afectan la reproducción social que sostiene al capital pero también porque abren espacios donde los trabajadores pueden fortalecer su capacidad de vida, de comunidad y de organización. Integrar esta mirada implica desplazar la pregunta tradicional sobre el salario hacia una comprensión más profunda de cómo se produce la vida y quién la gobierna, lo que amplía las posibilidades estratégicas del socialismo y vuelve visibles campos de conflicto que históricamente han sido asumidos como “naturales”, “privados” o “no políticos”.
Ampliar el sentido de la lucha de clases significa, entonces, desplazar la mirada desde el solo conflicto salarial hacia una disputa que abarque el tiempo, el cuidado, la salud, la vivienda y la articulación entre necesidades y deseos. La lucha de clases deja de ser sólo una disputa por la apropiación del excedente económico para convertirse en una disputa por la definición social de la vida: quién decide qué es necesario, qué formas de vida se promueven, qué tiempo se considera valioso. En esta ampliación, la reproducción social pasa de ser un “tema social” secundario a uno estratégico: quien domina la reproducción puede, hasta cierto punto, moldear la capacidad de la clase para organizarse, cuidarse y actuar políticamente.
El problema ideológico del consumo entra aquí con fuerza. Lebowitz habla de patrones históricos de necesidades: conjuntos de expectativas materiales y simbólicas que una sociedad asume como normales y deseables. Estas necesidades no son fijas, sino que están históricamente determinadas, y se mueven al calor de la lucha de clases, en las dinámicas de reproducción tanto del capital como de la clase trabajadora. El capitalismo no sólo produce bienes; produce deseos y hábitos de consumo que contribuyen a su reproducción. Pero en esa producción hay una contradicción: los trabajadores empujan por mayor consumo para mejorar su vida, mientras el capital modela y expande las capacidades de consumo para sostener mercados y construir hegemonía, sin necesariamente garantizar la vida integral. El resultado es un doble juego donde se estimulan aspiraciones que no se satisfacen plenamente, se mercantilizan los cuidados y se crea una dependencia que atraviesa cuerpos y territorios. La izquierda no puede limitarse a reclamar trozos más grandes de ese pastel; debe disputar la forma del pastel mismo.
Por eso, una apuesta transformadora debe orientarse no sólo a apropiarse de las riquezas producidas socialmente, sino a disputar el sentido del qué y para qué producir esas riquezas, es decir, a construir un patrón de necesidades socialista: no una austeridad moral ni un retorno romántico a la privación, sino una reconfiguración democrática de lo que entendemos por abundancia. En ese sentido, es importante rescatar lo que Mark Fisher denominó “abundancia roja”, una propuesta de riqueza colectiva que se opone tanto a la proliferación insustentable de mercancías como a la escasez impuesta por la acumulación. Recuperar el horizonte de abundancia implica garantizar acceso universal a tiempo libre, a salud, a educación, a vivienda digna, a alimentación suficiente y variada, y a bienes comunes gestionados democráticamente. La abundancia roja redefine la prosperidad en términos de capacidades humanas y relaciones sociales, no de acumulación de objetos, y plantea que una vida más rica es una vida con más tiempo para cuidar, crear y participar. Para construir esa abundancia roja es fundamental apropiarse de los medios de producción, socializar la riqueza producida y desarrollar al máximo posible las fuerzas productivas para ponerlas al servicio del tiempo y la vida.

El patrón de necesidades socialista debe además incorporar una relación no destructiva con la naturaleza. La reproducción social no puede entenderse separada de la reproducción ecológica: el modelo capitalista ha sostenido su acumulación extrayendo, degradando y privatizando recursos naturales, con costos desiguales que recaen sobre comunidades populares y pueblos originarios en América Latina. Un patrón socialista de necesidades debe, por tanto, promover tecnologías y maneras de producir y reproducir la vida que no pongan en riesgo los ecosistemas, impulsen la soberanía alimentaria, desarrollen técnicas agroecológicas, defiendan los bienes comunes y coloquen límites democráticos a la extracción y al uso del territorio. La vida digna exige no sólo acceso a bienes sino la garantía de que esos bienes no destruyen las condiciones de vida futuras.
En América Latina la crisis de la reproducción social tiene rasgos específicos que hacen urgente esta agenda. La informalidad laboral masiva, la feminización del trabajo precario, la insuficiencia de servicios públicos, el sobreendeudamiento de los hogares y la expansión de modelos extractivos han externalizado costos de reproducción hacia los hogares y los territorios. Las mujeres cargan de manera desproporcionada con cuidados no remunerados; las comunidades campesinas sostienen prácticas de reproducción comunitaria que el mercado ignora; los estados han promovido políticas fiscales y laborales que precarizan el tiempo vital. Bajo estas condiciones, cualquier propuesta de justicia social que ignore la reproducción social condena a la izquierda a administrar la miseria en vez de transformarla. En la región, por tanto, socializar los cuidados, fortalecer los servicios públicos y defender la soberanía sobre los recursos naturales no son meras políticas sectoriales sino condiciones básicas para restablecer la capacidad de la sociedad para reproducirse de forma autónoma y democrática.
La apuesta estratégica de un socialismo que ponga la reproducción social en el centro implica hacer algunas apuestas programáticas concretas e interrelacionadas. Universalizar servicios esenciales y convertirlos en bienes comunes: el cuidado infantil y de mayores, la salud primaria y mental, la educación, el transporte y el acceso a la vivienda deben ser garantizados por el Estado como derechos materiales, gestionados con participación comunitaria y con la participación de trabajadores y trabajadoras organizadas. Redistribuir el tiempo, para lo que se debe apuntar a una reducción de la jornada laboral acompañada de políticas de ingreso y trabajo en áreas de cuidado y servicios comunales, de modo que el tiempo liberado sea real y distribuido. Reconocimiento y remuneración del trabajo reproductivo a través de medidas fiscales, pensiones y salarios sociales que valoren el trabajo de cuidado y no lo escondan detrás del concepto de “privado”. Impulso a políticas culturales y comunicacionales para disputar los imaginarios, fomentando prácticas colectivas que generen nuevos horizontes de deseo y consumos menos alienantes. Construir espacios de democracia económica y planificación participativa, apuntando a la construcción de un consejo nacional de planificación.
Todo proyecto que aspire a transformar tiene que asumir que la disputa por el patrón de necesidades es una batalla ideológica y material. Construir la abundancia roja no es simplemente aumentar la oferta de bienes, sino reorganizar las instituciones económicas, los usos del tiempo y la cultura social para que la vida sea el eje de la política. Esto exige alianzas amplias entre movimientos de mujeres, sindicatos, organizaciones territoriales, pueblos originarios y ecologistas, porque la reproducción social se juega en los cuidados, en el territorio y en el acceso a recursos comunes. Es una política que combina medidas inmediatas —servicios públicos, subsidios, jornadas, reconocimiento del trabajo doméstico— con transformaciones de largo plazo en la propiedad, la planificación y la relación con la naturaleza. Por lo debemos tener la capacidad de construir plataformas de lucha que impulsen hoy las luchas hacia ese horizonte programático.
Esta apuesta programática reclama un horizonte de imaginación política: ofrecer al pueblo trabajador una narrativa positiva sobre lo que significa vivir bien fuera del capitalismo. Recuperar la capacidad de imaginar un futuro fue una de las tareas que Mark Fisher señaló como central para la izquierda; la abundancia roja es una respuesta práctica a esa necesidad teórica, una imagen de prosperidad que no repite la lógica consumista sino que promete más vida, aprendida y compartida. Si la izquierda no articula un relato creíble de cómo sería una vida más rica y más justa, corre el riesgo de que las demandas por mayor consumo sigan siendo cooptadas por patrones capitalistas que reproducen dependencia y hegemonía. Por el contrario, si se articula un programa que materialmente demuestre que la vida puede ser más plena —con menos tiempo de trabajo, más cuidado social, bienes comunes protegidos y un trato no extractivo al planeta—, entonces la disputa por las necesidades se convertirá en motor de una mayor correlación de fuerzas emancipadora.
La política es, en definitiva, la capacidad de transformar cómo se produce la vida social. Integrar a Lebowitz y la TRS no es un lujo intelectual sino una decisión estratégica: entender que el trabajador se produce también fuera de la fábrica, que el capital produce deseos y limitaciones y que la reproducción social es un campo de poder. Diseñar políticas y una cultura política que defiendan la reproducción de la vida, que disputen el patrón de necesidades y que propongan una abundancia liberadora es un camino posible para que la izquierda socialista deje de ser gestora de la supervivencia y se convierta en articuladora de una sociedad donde la vida, y no la mercancía, sea el principio rector.


