Manjar casero y miel

Cano
Militante de Tejer-ConstruIR.

Apretó el acelerador a fondo disfrutando el camino de curvas poco pronunciadas. La primavera despuntaba, había sido un invierno lluvioso y el amarillo intenso de los yuyos se mezclaba con los pastos verdes. Los cerros, secos por varias temporadas, gozaban del colorido abrigo primaveral. Por la ventana, abierta a la mitad, le entraba fuerte el viento fresco del mediodía, y entre algunas nubes blancas, delgadas y dispersas, el sol arremetía con la tibieza justa.

-Happiness is a warm gun!- cantaba los Beatles a todo pulmón, gozando del espectáculo.

Viajaba de vuelta a Santiago por algún camino interior de la quinta región. Había pasado el fin de semana en el pueblo natal de sus padres, conmemorando otro once de septiembre. A lo lejos, vio el cartel que indicaba el lugar donde tenía planeado hacer la parada: manjar casero y miel. Redujo la velocidad, señalizó a la izquierda y viró con cuidado. Se detuvo un par de segundos recordando a sus padres y los viajes de infancia a la casa de su abuela. Los almuerzos bajo la higuera, las risas pelusonas del grupo de primos bañándose en el canal. El día en que sus padres no volvieron más. La búsqueda infructuosa de sus cuerpos.

Bajó el volumen de la música. Atravesó el portón de madera abierto y entró lento por el camino de tierra. A los costados se extendían unas pocas hectáreas de frutales florecidos. Al fondo estaba la casa, un cómodo chalet blanco de dos pisos. Amplios ventanales la mantenían siempre iluminada, y la terraza en el segundo piso entregaba una hermosa panorámica del valle que se abría hacia el poniente.

-¡Alooo!- gritó desde la pequeña reja que impedía una entrada limpia.

Desde la puerta asomó una señora de pelo cano y andar juvenil. A pesar de su vestir sencillo, coronado por un delantal de cocina, expelía un aire señorial.

-¿Si?- preguntó mientras se secaba las manos con un paño.

-¿Tiene manjar? Quiero llevar unos frasquitos. Y también un poco de miel, si fuera posible.

Dando respuesta afirmativa, la señora se acercó a la reja. -Disculpe el desorden, estamos en pleno ajetreo de la mañana. Adelante.- Lo invitó a pasar con gesto amable

Entró por el angosto camino de piedras que conectaba la reja con la puerta principal. Pequeños arbustos a un costado, intercalados con coloridas flores ornamentales. Al otro costado, la máquina de cortar pasto, y los montones de pasto suelto, daban cuenta del trabajo recién terminado. Al entrar al hogar, lo distrajo el olor de una cazuela de pollo que venía desde la cocina.

-Voy a apagar la olla y le aviso a mi marido para que lo atienda, siéntese.¿Cuánto va a querer?

-Dos kilos de cada uno, por favor.

Mientras esperaba, recorrió con la vista el living de la casa. Fotos familiares. Hijos y nietos amontonados en la pesada mesa de arrimo, casi compitiendo por estar en la primera línea del cariño de la abuela, que rotaba las fotos de posición el día de la limpieza semanal. La foto colectiva del familión paseando en Disney World permitía adivinar el orgullo máximo de la pareja, reflejado en el grupo familiar, feliz y completo.

El cuadro de una trilla, estilo patronal del campo central, adornaba la pared encima del pesado y señorial sillón de tres cuerpos. Delicada platería, brillante como recién pulida, decoraba la mesa de centro y, sobre las mesas laterales, yacían sendas lámparas de madera nativa.

Con mirada inquieta se fijó en los adornos que llenaban el esquinero, al fondo de la pieza, junto a la mesa del comedor. Un corvo, piochas institucionales y medallas atrajeron toda su atención. Recorrió el mueble de arriba abajo con su mirada y fijó los ojos en la réplica en miniatura de un avión Hawker Hunter y, luego, en un galardón que, entrecerrando los ojos, logró leer: misión cumplida.

-Aquí tiene, jóven, buenas tardes.- Lo interrumpió el dueño de casa. -¿Quiere que se lo ponga en una bolsa?

-Sí, gracias.- balbuceó nervioso. -Bonito lugar tienen aquí, debe ser tranquilo para vivir- alargó un poco la conversación para retomar la tranquilidad.

-Muy tranquilo. A veces demasiado, diría yo. Nos vinimos con la Marce hace algunos años arrancando de la ciudad. Un merecido descanso después de años de trabajo.- Soltó despreocupado el ex coronel, mientras ponía los frascos en una bolsa de papel.

-Merecido…- La palabra salió de su boca sin pensar y sin expresar sentimiento alguno -¿Me presta el baño por favor? Me queda un camino largo todavía

-Sí claro, por el pasillo, la puerta del fondo.

Entró al baño y comprobó que la pistola estuviera en su lugar. Se mojó la cara. Se miró al espejo y observó la dureza de sus músculos tensos que tiritaban de rabia por la justicia que nunca había llegado.

“Merecido descanso, viejo culia´o”, se dijo en voz baja mientras recordaba la cara de terror con que el ex piloto de la Fuerza Aérea intentaba defenderse cuando irrumpieron con la Comisión Funa en su negocio de compra y venta de autos, a mediados de la década del noventa, cuando se imponía la justicia en la medida de lo posible.

Si no hay justicia, hay funa. Al menos no dejarlos vivir tranquilos. Los hijos de los que no pudisteis matar, cobrándose pequeñas grandes venganzas. “Arrancando de la ciudad mentiroso de mierda”, refunfuñó al secarse la cara. Se miró al espejo una vez más, respiró profundo para darse calma. Su padre y su madre riendo bajo la higuera aparecieron al fondo del espejo. Movió la cabeza lentamente y con seguridad, dos o tres veces arriba y abajo, en gesto que reafirmaba su decisión.

Salió del baño con el arma en la mano. En cuanto estuvo frente a la pareja de ancianos les encajó dos certeros disparos a cada uno en la cabeza .

-¡Descansa ahora, asesino concha de tu madre!

Tomó la bolsa con el manjar y la miel. Caminó hasta la reja gozando del viento fresco y del sol tibio. Se subió al auto y retomó su camino.

-Happiness is a warm gun-, cantó a todo pulmón mientras untaba un dedo en el manjar. Era una bella tarde de septiembre.

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