
Breve análisis del estado actual de despolitización del estudiantado y sus desafíos en la coyuntura.
Estudiantes UdeC TejeR-ConstruIR
La concepción ideológica sobre la educación
Para entender lo que sucede hoy en la ofensiva del gobierno contra las universidades, y principalmente los estudiantes, hay que comprender la concepción que tienen la derecha y el progresismo neoliberal sobre la educación en la sociedad actual. Es justamente esta una de las cuestiones en que más había avanzado el ciclo de movilizaciones estudiantiles, el cual experimentó un ascenso entre el 2001 y el 2012, y fue también su principal victoria, más allá incluso de las medidas tangibles.
La lógica que se instala tras la dictadura cívico-militar y se profundiza durante la llamada transición democrática consiste en concebir la educación como un bien de consumo o, en otras palabras, como una mercancía1. Esta lógica se difundió promoviendo la idea de que la educación conduce al ascenso social de la población, lo que se traduce en mejores ingresos y un mayor estatus. Por lo tanto, al ser un bien que satisface esa necesidad (el ascenso social), debe pagarse como cualquier mercancía. Apelando al discurso de la libertad de enseñanza, el Estado no sólo permitió este esquema, sino que lo incentivó con subsidios, trasladando así la responsabilidad social al mercado.
Por su parte, a partir de las movilizaciones que se dieron desde la primera década del siglo XXI, los estudiantes reivindican la concepción de que la educación corresponde a un derecho social, ya que el rol de las universidades es instruir en el conocimiento adquirido socialmente por otras generaciones, y con eso colabora en la creación de nuevo conocimiento que aporta a la sociedad en su conjunto. Es decir, es un derecho social porque forma profesionales que aportarán a la sociedad, y no sólo al ascenso social individual.
Esta perspectiva de ver la educación es desmantelada del sentido común de la población a partir de la inacción del movimiento estudiantil y del abandono de estos temas por parte del progresismo. Hoy incluso podemos ver esto último en el hecho de que para cuestionar los cobros del CAE, se utiliza generalizadamente el discurso de que el problema no es el pago de este, sino la forma en que se hizo el cobro. Es decir, se asume que no hay conflicto en que se cobre por ser un bien y, por lo tanto, necesario de pagar, solo que hay problemas con la forma arbitraria y despótica.
Tampoco es menor que los proyectos en el gobierno de “Apruebo Dignidad” (2022-2026), se hayan centrado en mejores condiciones para el endeudamiento, a través de una vuelta a los créditos “solidarios”, y un pago más amigable de la deuda con la banca. No obstante, es posible que el oficialismo del gobierno anterior, podría justificarlo en la imposibilidad legislativa de avanzar con el tema; sin embargo, los proyectos de ley no sólo resolvían el problema desde una lógica mercantil, sino además se abordó así discursivamente.
La ofensiva del gobierno
Si hay algo que tenemos claro, y que está explícito en nuestra lectura política, es que para la lógica del Capital hoy las carreras universitarias sólo sirven si son productivas. Las ciencias sociales, humanidades, las artes, e incluso algunas disciplinas científicas como la física teórica; no son significativas porque no son productivas y, por lo tanto, no son rentables. Para el caso chileno, por ser un país dependiente, las carreras productivas son más restringidas que en un país con una economía industrial avanzada.
Por ende, la derecha – y sobre todo la ultraderecha – siente un total desprecio por la producción de conocimiento que sea ajeno a su ideología y no sea útil al modelo económico. Por la misma razón, su financiamiento se vuelve prescindible sobre todo pensando en los ajustes que necesita realizar.
Dado el contexto internacional de crisis e incertidumbre económica y bélica, para mantener las tasas de ganancia de la gran burguesía, el gobierno necesita bajar los impuestos a esta y flexibilizar aún más las condiciones de trabajo. Para compensar la menor recaudación, reducirá todo lo que sea necesario del gasto social, así como el tamaño del Estado y sus recursos. Para esto se hace necesario también minimizar las resistencias a estas medidas, a través de la represión y el monopolio de la propaganda digital.
Por esta razón, sobre todo para los estudiantes, el proyecto que busca hacer un registro de “vándalos” debería significar un tema de primer orden, pues es una forma indirecta de reducir el gasto social, pero principalmente de evitar la movilización de los estudiantes, frente a las posibilidades de una ofensiva mayor. Además, se puede decir que este proyecto no sólo es represivo, sino profundamente clasista, puesto que quienes serán afectados son sólo quienes necesitan las ayudas del Estado, y no quienes por su posición social pueden prescindir de ellas. Si esta ley se mantiene en el tiempo, puede determinar el futuro de la juventud popular de nuestro país2.
La derecha tradicional hasta ahora había tenido cierta cautela con el movimiento estudiantil en particular, y se había restringido a intentar sacar provecho de las concesiones que hacía en sus demandas. En este sentido, cuando se implementa la gratuidad, esto se hace desde la propia lógica ya existente, es decir, del subsidio a la demanda a través de los aranceles. Esto era distinto a la reivindicación original, que era de aportes basales o de subsidio a la oferta. La forma no es una cuestión menor, ya que hasta entonces la mayor parte del financiamiento estatal llegaba sólo a las universidades consideradas “tradicionales3”, y a partir de ese momento la gratuidad permite financiar universidades privadas.
Sin embargo, hay que tener claro que la actual extrema derecha ha permeado también a la derecha tradicional, y es mucho más ideologizada. Se toma con mayor seriedad lo que denomina “la batalla cultural”, y para ellos el conocimiento, sobre todo cuando este es crítico, es un riesgo potencial. Por lo tanto, hará todo lo posible para que le permita pasar a la ofensiva y desmantelar lo poco que había logrado el movimiento estudiantil de las últimas décadas.

La despolitización del estudiantado
Si hay algo que caracterizó a los procesos más álgidos de la movilización estudiantil (2006 y 2011), es que, más allá de los mitos que ha construido la prensa, los cuales son funcionales a las necesidades de los partidos tradicionales, estos procesos son un paréntesis al funcionamiento rutinario de la CONFECH y la organización secundaria. Esto quiere decir que los partidos tradicionales perdieron la conducción del movimiento y se vieron obligados a construir consensos, ya no sólo con la derecha como lo han hecho tradicionalmente, sino con el resto de las expresiones fragmentadas de las izquierdas.
No obstante, independientemente de no tener la conducción, al ser fuerzas políticas más visibles para la población – y con objetivos claros – estas logran capitalizar los avances del movimiento a largo plazo, hasta quedar como las supuestas conductoras para las nuevas generaciones. Para el PC, en particular, significó el fin del sistema binominal que los había excluido del parlamento durante la transición y una duradera alianza con el centro político que los llevó a ser incluidos en dos gobiernos4.
Más allá de todo eso, lo importante es que el movimiento perdió fuerza y se fue diluyendo en el momento en que algunos de sus dirigentes entraron al parlamento y la prensa los transformó en “la bancada estudiantil”, lo cual parlamentarizó la discusión. Esto significa que la deliberación directa de los estudiantes pasa a tercer plano, y el protagonismo lo tienen las antiguas dirigencias en los pasillos del congreso.
Por su parte, la pandemia terminó de hacer desaparecer federaciones de estudiantes, centros de estudiantes y asambleas, así como el debate presencial en la CONFECH. Si bien es este evento lo que termina de sepultar completamente el movimiento, este venía acumulando irrelevancia y una decreciente participación de sus bases, lo cual queda más claro que nunca por la baja importancia que tiene en la revuelta popular de 2019.
Así llegamos a un momento en que prácticamente no existe movimiento estudiantil y sus dirigentes/as carecen de experiencia en movilización, lo cual tiene graves repercusiones para el complejo escenario presente.
Actualmente la mayor parte de las universidades están despolitizadas y sólo subsiste una débil presencia de los partidos tradicionales, los cuales carecen de autonomía, tanto en el plano objetivo como en sus propias subjetividades. Lo último, porque si bien en ocasiones tienen cierto margen para operar, los límites muchas veces se lo establecen ellos mismos, ya que estas estructuras atraen a una juventud que muchas veces los mira como trampolines o bolsas de trabajo para el futuro, más que donde buscar posibilidades de cambio. Por su parte, todo ese espectro fragmentario que en parte condujo las movilizaciones de 2006 y 2011 no existe o es absolutamente marginal.
La despolitización no sólo produce apatía de las grandes mayorías, sino también cierta desorientación ideológica de los grupos de activistas que se identifican con las izquierdas. Esto es porque ser de izquierdas se transforma en una identidad abstracta, sin significado concreto que las diferencie de las perspectivas liberales; y – al contrario del pasado – sólo apoya causas identitarias y fragmentarias, donde la clase no es un elemento definitorio, importante o transversal; sobre todo pensando en el origen social de muchos/as de esos/as activistas. No se busca romper lógicas mercantiles, sino sólo lo que se percibe como abusos y autoritarismos.
Entonces, parte de esta juventud asocia las izquierdas simplemente a lo que fue el gobierno de Gabriel Boric, no obstante, la adhesión resulta más como el de una barra de fútbol, que apoya su equipo juegue bien o juegue mal, pero sin cuestionarse por lo menos la forma y contenido de sus políticas. Por otro lado, ni siquiera los partidos tradicionales sostienen procesos de formación que permitan claridades a sus militancias en estos aspectos, así como tampoco una utopía más concreta que guíe hacia un ideal de sociedad, más allá de una genérica “democracia radical5”.

Las dificultades de lo que se viene
La conducción actual del CONFECH no tiene ni la capacidad ni la legitimidad necesarias para impulsar un petitorio único que sobrepase los cálculos de las fuerzas políticas tradicionales y unifique al estudiantado bajo una misma causa a nivel nacional. Antes del 2011, la demanda de “Gratuidad Universal” era algo impensable para el propio estudiantado, pero la pérdida de la conducción de los partidos tradicionales lo hace posible y corre el cerco de las expectativas y la participación. Los límites no se discutían en espacios externos con intereses propios, sino en la cara de los propios estudiantes6.
Por lo demás, otra cuestión que ha socavado las posibilidades de que los estudiantes se expresen como actores importantes en la política nacional ha sido el abandono de demandas nacionales que profundicen los debates de generaciones anteriores y que coloquen en la discusión nacional las concepciones del rumbo que debería tomar la educación. Por alguna razón, las acciones se han orientado a que las reivindicaciones sólo puedan ser monotemáticas y sólo centradas en cuestiones identitarias.
Las necesidades educativas de las clases populares, fuera de la burbuja universitaria, son siempre temas que están en el tercer y cuarto plano. Esto no significa que las temáticas identitarias no puedan ser importantes, pero resulta cuando menos llamativo que año tras año sean los únicos temas por tratar, y necesariamente excluyentes de otros más transversales. Esto ha restado a la participación efectiva, pues existen grupos que se sienten iluminados en sus temáticas y lejos de incorporar a las mayorías en estas discusiones, promueven la exclusión.
Sin embargo, ya que sabemos que el escenario de 2006 y 2011 no se repetirá, a lo menos no a corto ni mediano plazo, y dada la urgencia que provoca esta ofensiva de la ultraderecha, es necesario comprender que no es el momento para una confrontación directa entre las distintas izquierdas, sino impulsar la participación de los estudiantes más allá de sus legítimas diferencias. Sólo el tiempo, en la medida en que la participación y deliberación crezcan, permitirá disputar los límites de las demandas y de las disposiciones hacia las luchas.
En muchas casas de estudio, existe una ofensiva contra las militancias, ya sean estas tradicionales o no, las cuales inhiben los proyectos colectivos y socavan las capacidades organizativas de las y los universitarios. Muchas veces estos grupos, e individualidades, tienen formas proto fascistas, ya que persiguen colectivos particularmente de las izquierdas, sin diferenciar, y utilizan cualquier medio, incluyendo los digitales, para injuriar y calumniar militancias, sin tener la necesidad de probar en forma contundente absolutamente nada. Por su parte, cuando esto ocurre, las otras militancias han tomado palco, cuando no se trata de ellos/as, y sólo aprovechan la situación para transformarse en alternativas viables, hasta que les toca a ellas mismas.
Esto no ha fortalecido la organización estudiantil en su autonomía, puesto que estos individuos, como tales o en grupos, ni siquiera muestran claridad política en sus objetivos, más allá de perjudicar a colectividades particulares. La existencia de estas individualidades, o grupos que se organizan con este fin, es la razón por la que los fascistas no tienen la necesidad de operar entre los estudiantes para socavar su capacidad asociativa. Las dinámicas y los discursos que adoptan, hacen muchas veces imposible no tener suspicacias en relación con su origen. Además, la información empírica, nos demuestra que fue justamente cuando más colectividades políticas existían en la universidad cuando más participación existió, así como también cuando más avances hubo en sus reivindicaciones.
Nosotros reivindicamos las militancias, creemos en los proyectos colectivos, ya que es imposible avanzar en una sociedad distinta a partir de acciones espontáneas y sin una estrategia de poder. Los grupos que defienden el statu quo, no necesitan una estrategia de poder, porque para ellos se trata de mantener lo existente con ajustes menores. Para el progresismo y el reformismo, en cambio, se trata de acciones a favor de las mayorías, pero dentro de la lógica de las estructuras económicas, sociales y políticas existentes. Para los revolucionarios se trata de transformar todo lo que necesite ser cambiado. Si queremos impulsar transformaciones revolucionarias, es necesario tener un proyecto de poder más elaborado, con todos sus momentos claros, y militancias que se formen en la capacidad de llevarlo adelante a través de las distintas etapas de la lucha.
Básicamente, sin profundizar demasiado, el gran problema del estudiantado hoy es:
1-. Falta de demandas claras que traspasen un sentido coyuntural para romper los límites de lo supuestamente posible. Es decir, un petitorio consensuado con las bases, y que este no sólo responda a la coyuntura.
2-. Falta de dirección del movimiento. Esto es porque la evaluación o resultado de una movilización en particular debe necesariamente disponerse en relación con objetivos claros (petitorio), y en relación con eso desarrollarse nuevas acciones hasta conseguir lo demandado.
3-. Reivindicaciones puramente locales e identitarias que no permiten disputar el sentido común del estudiantado y de las grandes mayorías de la sociedad. Esto es porque los grupos que las promueven, sólo plantean acciones excluyentes y generalmente coercitivas. No queremos plantear una negación a las demandas locales, pero sí un llamado a entender el momento y los riesgos de la coyuntura, además de la necesidad de legitimar dichas reivindicaciones frente a las mayorías, y que estas no queden sólo en sectas de prácticas punitivas.
Como lo describimos, existen muchos problemas en la capacidad de organizarse de los estudiantes, pero si queremos por lo menos tener la capacidad de hacer frente a la situación actual, superar lo señalado es el piso para poder reconstruirse como movimiento.
Concepción, barrio universitario, junio 2026

- No hay que olvidar que una de las principales características del capitalismo es su capacidad de crear necesidades al mismo tiempo que crea mercancías para satisfacerlas. ↩︎
- Esto porque, por ejemplo, un adolescente que quede registrado, y es de clases populares, no podrá estudiar en la universidad, no podrá en el futuro postular a una vivienda, y no tendrá derechos sociales. Es decir, el futuro de un joven quedará determinado por una acción que para la autoridad resultó ofensiva. ↩︎
- Las universidades consideradas “tradicionales” en Chile eran aquellas agrupadas en el Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas (CRUCH). Este grupo estaba compuesto exclusivamente por las universidades estatales y un grupo de universidades privadas fundadas antes de 1981, que recibían aportes directos del Estado. ↩︎
- El sistema binominal correspondía a un sistema de elección que se establece en la transición. Este beneficiaba la existencia de sólo dos grandes coaliciones políticas que disputaran los cargos de elección popular. Esto mantuvo al Partido Comunista, durante la mayor parte de la transición, fuera del parlamento, hasta las elecciones del año 2013. ↩︎
- Es tan abstracta que en la práctica no es más que democracia liberal. ↩︎
- Nos referimos al hecho de que cuando hay baja participación, las temáticas del supuesto “movimiento” estudiantil, sólo se discuten en las instancias partidarias, y de ahí se baja la línea política para las coyunturas. Sin embargo, cuando la participación aumenta, independiente de que exista una mirada política de la coyuntura común entre militantes, la discusión debe darse con las bases, donde las distintas perspectivas deben disputar su hegemonía. Lo primero no es negativo en sí, sino sólo cuando se utiliza desde la política tradicional para ver temas que son ajenos al estudiantado, y manipulan sus movilizaciones para negociar elementos de otro tipo. ↩︎

