
Entrevista a Carlos Pérez Soto
Carlos Pérez Soto es uno de los intelectuales marxistas más relevantes del Chile contemporáneo. Filósofo, militante y profesor universitario, ha desarrollado a lo largo de décadas una obra sistemática orientada a renovar el pensamiento socialista desde sus fundamentos, sin concesiones al eclecticismo posmoderno ni al reformismo que hoy ocupa el espacio de la llamada «izquierda». Su trabajo teórico abarca desde la crítica a la burocracia como clase social —clave para entender el fracaso de los socialismos del siglo XX— hasta el análisis del capitalismo postfordista, la subjetividad neoliberal y las condiciones de posibilidad de una política anticapitalista en el presente.
En la entrevista que presentamos, Pérez Soto despliega con precisión ese arsenal teórico sobre los problemas más urgentes que enfrenta la izquierda revolucionaria: por qué el malestar que produce el neoliberalismo no se convierte en conciencia anticapitalista sino en resentimiento y salida reaccionaria; cómo opera hoy la dominación más por colonización del deseo que por coerción; qué significa la figura del trabajador-microempresa para la organización de clase; cuál es el carácter de clase de los «gestores» que administran el progresismo; y en qué condiciones puede construirse, sin utopismos ni maximalismo retórico, un sujeto político capaz de disputar el poder.
¿Por qué las frustraciones que genera el neoliberalismo ya no pueden traducirse en conciencia anticapitalista, sino que son desviadas hacia el resentimiento punitivo y la adhesión a salidas reaccionarias?
El impedimento fundamental para que las frustraciones y malestares que produce el neoliberalismo se expresen como una consciencia anti capitalista es la práctica inexistencia de una izquierda que pueda salir de los fantasmas de la guerra fría y el fordismo, y asuma un programa anti capitalista que apunte al malestar efectivo, por un lado, de los sectores más empobrecidos, que son más de la mitad de la población y, por otro lado, a la vez, a los malestares de las capas medias que, en la práctica, son los trabajadores de nuevo tipo, y que son otro 40% de la población, lo que en términos políticos es muy significativo.
Hoy ya no parece tratarse de falsa conciencia, sino de un deseo producido por la lógica que explota. ¿Cómo explica usted esta inversión del deseo, en la que la dominación no opera por coerción ni engaño, sino porque los dominados reproducen activamente el modelo desde su propia subjetividad? ¿Qué consecuencias tiene esto para una política popular emancipadora?
Todos los sistemas de dominación colonizan los deseos, y la consciencia desde sus niveles más internos. Es cosa de pensar en el papel de la religión en las sociedades tradicionales, en particular, del conservadurismo católico entre los campesinos, en América Latina, durante más de cuatro siglos. Los nuevos medios de comunicación agregan eficacia a esta colonización, pero no de manera revolucionaria ni, mucho menos, invencible. Tal como en cada comunidad campesina había una parroquia y un cura, ahora, en otra escala de población y extensión urbana, tenemos la televisión y la red. Sin embargo, el cura estaba ahí, encima, personalmente, en cambio, ahora estamos en nuestros barrios, en nuestras casas, en espacios que el poder no puede vigilar directamente, a no ser que nosotros mismos lo permitamos. Un programa mínimo de una izquierda anti capitalista hoy es aprender a funcionar por fuera, o por debajo, de la televisión y la red. Y en eso, tenemos más oportunidades que los campesinos. Que los medios manipulan, que la televisión miente, son cuestiones que forman parte muy ampliamente de la consciencia popular más espontánea. Esa es una consciencia que hay que trabajar políticamente.
Fenómenos como la economía de plataformas, trabajos informales y cuentapropistas producen al trabajador como “micro‑empresa de sí mismo”, gestionado por algoritmos sin rostro ni responsabilidad patronal. ¿Qué implica esta figura para la posibilidad de solidaridad y organización de clase? Desde una perspectiva marxista, ¿cómo conceptualizar a este sujeto: una mutación del proletariado, una hibridación con la pequeña burguesía, o una forma cualitativamente nueva de subordinación?
El movimiento popular ha sido y, sobre todo ahora, debe ser, pluri clasista. Un programa anti capitalista hoy debe centrar toda su orientación contra el gran capital, el más grande, particularmente los bancos. Y debe, al mismo tiempo, solidarizar con los “micro empresarios”, y con los pequeños y medianos que, muy visiblemente, también son explotados por el gran capital manufacturero y bancario. Debido a la forma de la nueva división del trabajo post fordista hoy en día solo el gran capital es el enemigo y, por supuesto, la gran burocracia que lo hace viable. Solo mucho después, solo después de varias etapas, que hoy se ven demasiado lejanas, el problema de la propiedad privada en general deberá ser abordado. Mi opinión al respecto es que la producción de alimentos, de bienes de consumo diario, de vestuario, debe seguir en manos de pequeños propietarios, altamente desconcentrada, hasta muy avanzado el socialismo.

Usted ha planteado que los partidos de izquierda son débiles precisamente porque han perdido la capacidad de imaginar una alternativa real al modelo neoliberal, y que esa debilidad tiene una base material: el juego electoral convierte al militante en trabajador del aparato estatal, con todos los incentivos de conservación que eso conlleva. El gobierno de Gabriel Boric parece ser el caso de prueba de esa tesis. ¿Diría usted que este progresismo representa la culminación del proceso que usted describió como emergencia de la «clase de los gestores»: una capa que ocupa posiciones en el aparato burocrático-estatal y cuya función objetiva es la administración profesional de lo existente, independientemente de sus intenciones subjetivas? ¿O hay todavía algún ángulo desde el cual este ciclo puede producir algo diferente?
Yo creo que hay que dejar de llamar izquierda a los que los medios de comunicación llaman “izquierda”. Solo un programa directa y explícitamente anti capitalista, que se proponga tareas anti capitalistas aquí y ahora, puede ser llamado de izquierda. La llamada “izquierda” de hoy no es ni siquiera progresista, es aliada directa y objetiva del sistema neoliberal, que ha perfeccionado y avalado en su lógica más profunda. Esto se ha hecho posible en gran medida por la enorme capacidad de cooptación del aparato del Estado, del que viven, y del que usufructúan en primer lugar, casi como requisito previo para que algo “chorree” hacia los más pobres.
Desde el punto de vista de un análisis de clases marxista, lo que he planteado es que la raíz profunda de esta situación es la emergencia de la hegemonía del poder burocrático, que es una clase social, incluso por sobre los propietarios capitalistas clásicos. Esto no es la culminación de nada. Es algo plenamente visible ya desde la administración keynesiana del capitalismo, y desde la administración burocrática de los países “socialistas”. El análisis de clase permite ver que no es un fenómeno nuevo, que es un fenómeno estructural, y que se ha desarrollado hasta tal punto que hoy cualquier teórico social puede verlo, incluso un teórico universitario.
El asunto de las elecciones es otro cuento. Para la política de izquierda las elecciones son un medio. no un fin. Se hace trabajo político en las elecciones. Se puede avanzar en poblaciones locales y concretas. Se pueden, eventualmente, dar nuevas tribunas al movimiento popular. Por supuesto el fin no son las elecciones, el fin es la democratización de la democracia administrada que se puede alcanzar de manera local, y aunque sea temporal, a través de ellas.
La amenaza de la ultraderecha obliga a la izquierda a defender instituciones liberal‑democráticas que reproducen la dominación neoliberal, convirtiendo al antifascismo en un chantaje permanente. ¿Existe una salida a esta trampa? ¿Es posible un antifascismo no electoral que combine la defensa de conquistas históricas con una crítica radical al régimen político que las contiene?
No hay que tener ningún temor de defender instituciones liberal-democráticas. Sobre todo, porque, en la medida en que lo son, no reproducen la dominación neoliberal, son un estorbo, que puede llegar a ser significativo. Y eso es lo que sabe la derecha, que no es “ultra” sino simple y sinceramente la derecha. Los derechos laborales, los derechos de género, los derechos humanos en general, incluso los derechos civiles más clásicos, son hoy en día una traba para el neoliberalismo, y son un campo de lucha para la izquierda. Lo complicado en esto no es que el neoliberalismo quiera suprimirlos, eso es una visión pobretona de una mala “izquierda”, que no es izquierda. Lo realmente complicado es que la forma post fordista predominante de la política no es la represión [que sigue existiendo, y tiene su espacio], sino la administración de los derechos. Su debilitamiento a través de regímenes de excepción legal que se justifican por la “lucha contra la delincuencia”. Y su debilitamiento también a través de la cooptación de los “representantes populares” que se supone que deberían defenderlos. La “crítica radical” del sistema político imperante no debe ser una entelequia anti histórica, en que arrasemos incluso con la revolución francesa o la declaración de derechos norteamericana. Hoy en día defender el horizonte que esos derechos proponían, es decir, ser políticamente liberal, es ser un subversivo.

En el contexto de la crisis del capital global, la reconfiguración geopolítica y la disputa entre proyectos multipolaristas, ¿qué significa pensar una alternativa transformadora para un país periférico y primario‑exportador como Chile? ¿Es imaginable hoy una política revolucionaria de escala nacional sin una articulación internacionalista efectiva? ¿Cómo procesa el marxismo la tensión entre multipolaridad emergente y horizonte anticapitalista?
Hoy en día no hay una hegemonía mundial “multipolarista”. Esa no es sino la retórica China sobre su propia hegemonía, que tiene cada vez menos contrapeso. Lo que ocurre es otra cosa, y un análisis marxista de la división internacional del trabajo debería saberlo. Lo que ocurre es que la hegemonía China se ejerce en red, no de manera directamente vertical y autoritaria, como en la época fordista. La hegemonía China está repartida en cadenas de producción que se extienden de manera transnacional, y está sustentada políticamente en el BRICS original [China, India, Rusia, Brasil, Sudáfrica]. Los chinos llaman “multilateralismo” al hecho de que, en lugar de invadir países e imponerse por la fuerza, prefieren cooptar a las élites locales y administrar sus políticas.
Ante esta política global en red, fuertemente apoyada en un sistema productivo en red, es inimaginable una revolución nacional, populista o de carácter socialista. La unidad mínima hoy en día para las revoluciones es un grupo de países [digamos, el sur de América Latina: Argentina, Chile, Perú, Bolivia, Uruguay]. Y, aun así, una política sobre cómo entenderse con la hegemonía global que seguirá existiendo.
Frente a la parálisis imaginativa que Mark Fisher llamó “realismo capitalista”, usted ha criticado una izquierda que sabe lo que no quiere pero no lo que quiere. ¿Qué distingue a una utopía políticamente operativa de una mera proyección moral? ¿Cómo construir hoy un horizonte deseable y concreto que organice voluntades sin caer ni en el maximalismo abstracto ni en el reformismo administrador?
Por supuesto la práctica política de la izquierda no puede, ni debe ser, ni utópica, ni moralista. Está animada de un propósito moral profundo, pero ese no es su soporte, ni su argumento. Y no debe, por ningún motivo, plantearse como “utópica”. Las utopías son esas cosas que, de manera convenientemente burguesa, siempre están más allá de lo que podemos alcanzar. A la pseudo “izquierda” y a los medios de comunicación les encanta que tengamos utopías. Solo se empiezan a preocupar cuando lo que planteamos no tiene nada de utópico. Y se preocupan incluso cuando nuestros planteamientos no se ven muy viables. El solo tono de que estamos persiguiendo algo no utópico los alarma, y empezamos a ser administrados como delirantes, como casos psiquiátricos en que se ha perdido el “juicio de realidad”.
Un horizonte inmediato, deseable, operativo, es recuperar el sentimiento de comunidad, promover el trabajo en comunidad, levantar todas las reivindicaciones, incluso las de los vecinos de un edificio de departamentos, dentro del sentimiento de comunidad. Eso es algo que no es nada utópico. Más allá de eso, y teniendo eso como el fundamento insoslayable, programa, programa, programa. En todas las escalas, inmediata, comunal, nacional. Programa claro, directo, recognoscible por las personas comunes, sin adornos postmodernos, aunque parezcan marxistas. Programa radical, aunque sea sobre cuestiones cotidianas. Programas en que se vea la orientación anti capitalista.
La crisis de los partidos ha impulsado formas de organización territorial de base, muchas veces celebradas como germen de una nueva política. Usted ha sido crítico tanto del parlamentarismo como del localismo sin estrategia. ¿Cuál debería ser la relación entre organización territorial y disputa real del poder estatal? ¿O la centralidad del Estado es parte del problema y no de la solución?
Los partidos políticos no están en crisis, ni muy de lejos. Están en su salsa. Hasta tal punto que, incluso, puede existir un “Partido de la Gente”. Lo que entra en crisis periódicamente, sobre todo por la manera caudillista en que se organizan, es su capacidad como agencias de empleo. Si falla eso… hay crisis en el partido. Por supuesto que la izquierda tiene que tener partidos, o movimientos o colectivos. En realidad, ni el tipo de partido ni el tipo de organización son relevantes. Lo relevantes es si un colectivo puede hacer política de izquierda o no. Y, como está dicho, para todas estas clases de organización las elecciones son una herramienta de trabajo. No la más importante, ni, por supuesto, en ningún caso, la única. Eso significa que el aparato del Estado es y será siempre parte del horizonte de nuestro trabajo. Por supuesto, cuando no tenemos ningún partido realmente de izquierda, cuando los colectivos de izquierda están completamente atomizados y fragmentados, plantearse el problema de la “disputa real del poder del Estado” no es sino un exceso retórico extemporáneo.
El asunto del trabajo “territorial” o, más bien, vecinal es otro cuento. Siempre hay que trabajar en los sindicatos, en los que haya, o en los que podamos formar. Pero la división post fordista del trabajo ha significado un debilitamiento muy importante de la posibilidad de organización directa de los trabajadores. En varias formas, que van desde el trabajador “micro empresario” y la precariedad laboral general que ha implantado el régimen contractual neoliberal, hasta la evidente cooptación de las organizaciones de trabajadores que se mantienen [sobre todo en los trabajadores del Estado] por parte de los partidos que funcionan como agencias de empleo. Ante esto es necesario levantar como una política central de todo esfuerzo de izquierda el organizar a las comunidades. En los edificios, en las poblaciones, en los barrios, en las comunas. Este trabajo no es “territorial” poque no debe definirse por un territorio sino “vecinal” porque debe centrarse en comunidades humanas que tengan reivindicaciones en común. Ni todos en un territorio las tendrán, ni toda la comunidad relevante vivirá necesariamente en un territorio. El trabajo desde la base del habitar directo es hoy, para una política marxista, tan importante como lo fue la organización de obreros industriales para la política leninista. Y, digámoslo, puede ser mucho más democrático.
Si la clase obrera no desapareció sino que fue precarizada, fragmentada y feminizada, la cuestión central es si puede construirse una subjetividad política capaz de transformar esa condición en proyecto. ¿Dónde ve hoy los vectores reales de composición de ese sujeto: el sindicato, el territorio, el feminismo, el movimiento estudiantil, u otras formas aún no conceptualizadas? Y, como cierre: si tuviera que señalar una sola condición sin la cual ese sujeto político es imposible, ¿cuál sería?
En una política marxista no se trata, en primer lugar, de formar una subjetividad que esté imbuida por una voluntad revolucionaria. Se trata de trabajar las reivindicaciones concretas, materiales, directas, y hacer organización en torno a ellas. La subjetividad, como sentimiento y voluntad, y la consciencia, como saber y voluntad explícita, es más bien un producto de ese trabajo, no una condición. Lo que ocurre es que esas reivindicaciones, y los sujetos dispuestos a luchar por ellas, siempre existen. Siempre hay, como dicen los sociólogos universitarios “movimientos sociales”, y en ellos siempre hay marxistas. Lo que se produce, si el trabajo y la organización crecen, es un reforzamiento mutuo del trabajo concreto y la consciencia que lo acompaña. Y en ese reforzamiento mutuo va creciendo tanto la radicalidad como la consciencia explícita. Para que ese proceso sea un trabajo político, y no solo social o reivindicativo, la gran condición es que vaya creciendo en su interior la consciencia anti capitalista. Y nunca faltarán los marxistas que señalen esa dirección. Curiosamente, incluso en Chile, cuestión que a estas alturas podría verse como asombrosa, tenemos miles de buenos marxistas desperdigados por todos los rincones de la actividad y la vida del país. Y, por supuesto, otros miles de anarquistas, combatientes “punk”, feministas, ecologistas de todos los pelos, y son muchos más que los marxistas. Dejar de pensar en términos utópicos y partir por la vecindad y la comuna. Ese es el inicio. Y, por supuesto, nuestro techo no es el cielo, que no existe, sino algo mucho más prosaico… el comunismo.


