
Javier Zúñiga
Integrante de MODATIMA y Defensa Ambiental Cordillera
Clases sociales y naturaleza en el capitalismo contemporáneo
La expansión contemporánea de los conflictos socioambientales constituye uno de los fenómenos más significativos de las últimas décadas en América Latina. Minería, monocultivos forestales, producción energética, apropiación intensiva del agua y crecimiento de enclaves extractivos han transformado profundamente territorios completos, reorganizando ecosistemas, formas de vida y relaciones sociales. Sin embargo, una parte importante de las discusiones sobre conflictividad ambiental continúa fragmentando dimensiones que aparecen, a nuestro juicio, históricamente unidas. De esta manera, la cuestión ecológica suele separarse de las relaciones de clase. El problema territorial, por ejemplo, aparece desvinculado de la acumulación capitalista. Los sujetos involucrados en los conflictos son descritos como actores dispersos más que como expresiones de relaciones sociales históricas.
Este texto propone como hipótesis que los conflictos socioambientales pueden leerse –y, por añadidura, intervenir en ellos-, como espacios privilegiados para observar la formación contemporánea de clases sociales vinculadas a la valorización capitalista de la naturaleza. La expansión extractiva reorganiza territorios y ecosistemas, pero también produce sujetos sociales específicos. A nuestro parecer, forma clases rentistas asociadas a la apropiación de riqueza derivada de la naturaleza (en particular desde mercancías provenientes de ella) y produce poblaciones trabajadoras sobrantes subordinadas territorialmente a ese mismo movimiento de acumulación. Los conflictos ambientales, pues, condensan esta relación antagónica fundamental.
La importancia de esta discusión no radica solamente en producir una interpretación teórica más amplia sobre el extractivismo. También involucra, consideramos, una pregunta política, programática y estratégica. En un escenario marcado por la fragmentación social, dispersión organizativa y debilitamiento de horizontes colectivos, indagar en la formación de clases al interior de los conflictos socioambientales puede contribuir a identificar experiencias comunes, antagonismos materiales y posibilidades de articulación política. La indagación sobre las clases sociales conserva relevancia y no es un arcaísmo teórico porque, precisamente, remite a sujetos históricamente constituidos y a formas concretas de organización del conflicto social en la actualidad.
Renta y formación de una clase rentista
La valorización capitalista de la naturaleza se organiza mediante formas concretas de apropiación de riqueza asociadas al control privado de condiciones naturales diferenciales y no reproducibles, en su mayoría, por el trabajo humano. Tierra fértil, minerales, agua, bosques, energía o localizaciones estratégicas constituyen, entre otras, soportes materiales de ganancias extraordinarias cuya importancia resulta particularmente visible en economías dependientes y exportadoras de recursos naturales o bienes comunes.
En esta dirección, la renta de la tierra ocupa un lugar decisivo. La apropiación de condiciones naturales limitadas permite acceder a porciones de riqueza social derivadas de ventajas productivas específicas: fertilidad diferencial del suelo, concentración y calidad mineral, disponibilidad hídrica o ubicación territorial producen jerarquías espaciales fundamentales para la acumulación de los capitales rentistas y la producción de las mercancías que permiten obtener ese beneficio económico. Así, el capital se desplaza constantemente hacia aquellos territorios capaces de ofrecer mayores posibilidades de producir mercancías portadoras de renta (montañas, tierras más fértiles, mejores climas para plantaciones, mejor ubicación de puertos o, al mismo tiempo, mayores posibilidades de aplicar en ellos tecnologías intensivas).
Este proceso, al mismo tiempo, no produce únicamente riqueza. También forma una clase social particular ligada a la apropiación de renta derivada de la naturaleza. Grandes empresarios mineros, forestales, agrícolas, energéticos o inmobiliarios participan de una dinámica de acumulación vinculada directamente al control de territorios estratégicos y condiciones naturales excepcionales. La clase rentista no opera solamente como propietaria de recursos. Organiza territorialmente la acumulación, interviene políticamente sobre el Estado, produce legitimidad cultural y disputa las formas de organización del territorio. Es cosa, por ejemplo, de revisar la trayectoria y práctica de empresarios como Luksic, Matte, Angelini, Ponce Lerou, todos ellos rentistas, para entenderlo mejor.

La expansión extractiva, a su vez, requiere infraestructura, regulación estatal, producción ideológica y capacidad de intervención territorial. La clase rentista actúa precisamente en esa escala para asegurar sus intereses. Participa en la definición de políticas energéticas, marcos regulatorios (legislativos y jurídicos en particular), planificación territorial y mecanismos de apropiación de bienes comunes. El extractivismo constituye así una forma concreta de organización territorial del capital asociada a la captura de renta y la formación de una clase social asociada a dicha dinámica.
Por otro lado, los territorios mismos pasan a estructurarse según las necesidades de valorización. Cuencas hídricas, corredores logísticos, zonas energéticas y enclaves productivos reorganizan ecosistemas completos para facilitar la acumulación. Regiones agrícolas son subordinadas a proyectos mineros, monocultivos reemplazan ecosistemas complejos y formas históricas de reproducción territorial quedan subordinadas a la captura de riqueza extraordinaria perseguida por el sector rentista.
Los conflictos socioambientales manifiestan precisamente las tensiones derivadas de este proceso. En ellos se enfrentan y tensionan distintas formas de organizar el territorio y la reproducción de la vida humana y extra-humana. La disputa ambiental involucra relaciones de apropiación, control territorial y dominación social. La cuestión ecológica aparece, pues, inseparable de la formación de una clase rentista ligada a la valorización capitalista de la naturaleza. Pero no es lo único.
Territorio, acumulación y producción de población sobrante
La reorganización territorial del capital transforma también las configuraciones sociales asociadas a los territorios extractivos. La valorización de la naturaleza requiere determinadas infraestructuras, ciertas modalidades de trabajo y formas particulares de organización espacial. Sin embargo, incorpora en ese proceso población de manera profundamente desigual.
La expansión extractiva puede movilizar enormes volúmenes de riqueza con niveles relativamente reducidos de integración laboral. Minería altamente tecnificada, monocultivos mecanizados o grandes infraestructuras energéticas requieren trabajo, pero simultáneamente destruyen otras formas de reproducción social. Economías locales son desplazadas, actividades tradicionales se deterioran y comunidades completas pierden condiciones materiales y naturales históricas de existencia, empujando a una adaptación forzada, el desplazamiento o, en algunos casos, la precariedad social.
Es en esta dimensión donde adquiere centralidad el problema de la población sobrante. Esta la entendemos constatando cómo la acumulación capitalista produce permanentemente segmentos de población excedentes respecto de las necesidades inmediatas de valorización del capital. La expansión de la productividad y la concentración económica convive con procesos de expulsión, precarización y subordinación territorial de la población y la naturaleza.
La población sobrante no constituye un fenómeno externo al capital, como a menudo se suele considerar. Forma parte, en cambio, de su propia dinámica de acumulación. Comunidades desplazadas, economías subordinadas, territorios degradados y poblaciones precarizadas son producidos por el mismo movimiento histórico que impulsa la expansión extractiva, la constitución de enclaves y la producción de mercancías portadoras de renta de la tierra.

Este problema adquiere una dimensión territorial que constituye el contenido de lo que denominamos extractivismo. Algunos espacios concentran inversión e infraestructura, mientras otros quedan subordinados a formas degradadas de integración económica y ambiental. La producción de riqueza extraordinaria convive con deterioro ecológico, dependencia territorial y precarización social.
Experiencia territorial y formación de clase
La relación entre conflictividad ambiental y clases sociales requiere ampliar la mirada tradicional sobre la composición de la clase trabajadora. Las luchas sindicales y el trabajo asalariado directo continúan siendo dimensiones relevantes del conflicto social contemporáneo. Sin embargo, la expansión extractiva produce formas más amplias de subordinación asociadas a la reorganización territorial del capital.
La población sobrante constituye también una dimensión de la clase trabajadora contemporánea. Comunidades afectadas por contaminación, pérdida de acceso al agua, desplazamiento productivo o subordinación territorial experimentan procesos comunes derivados de la valorización capitalista de la naturaleza. La dependencia respecto de enclaves extractivos, la destrucción de economías locales (o la imposibilidad de desarrollar experiencias productivas en territorios cercanos a dichos enclaves) y la precarización ambiental forman parte de una misma experiencia histórica.
Los conflictos socioambientales permiten observar cómo estas experiencias comienzan a producir lenguajes compartidos, memorias comunes e identificaciones y organizaciones colectivas que, sin embargo, en algunas ocasiones no se desarrollan hacia visiones unitarias de la sociedad de la que son parte. Priman enfoques localistas, entendibles en tanto que allí se perciben los impactos socioambientales, pero que no permiten remontar la visión hacia una dimensión global. La formación de clase, estimamos, puede emerger en territorios organizados por el extractivismo, pero para moverse como tal en esa dirección se requiere una visión de los sedimentos históricos del extractivismo y disponer la actuación también en esa perspectiva.
La experiencia territorial del despojo, la contaminación o la subordinación ambiental puede transformarse en experiencias políticas comunes. Esto, sin embargo, no implica asumir formas automáticas de conciencia colectiva ni idealizar las dinámicas territoriales (suele producirse mucha mistificación de la actuación de las comunidades, solo por el hecho de serlo). La formación de clase constituye siempre un proceso abierto, contradictorio y desigual. Sin embargo, los conflictos socioambientales permiten observar condiciones materiales compartidas capaces de producir identificación social y antagonismo político.

En suma, la conflictividad ambiental aparece vinculada a la formación simultánea de dos figuras sociales centrales del capitalismo contemporáneo: una clase rentista organizada en torno a la apropiación de riqueza derivada de la naturaleza y una población trabajadora sobrante subordinada territorialmente a ese mismo proceso de valorización. El antagonismo socioambiental expresa, pues, esta relación histórica.
Conflictos socioambientales y construcción política
Comprender los conflictos socioambientales desde el punto de vista de la formación de clases sociales permite entonces reconstruir conexiones frecuentemente fragmentadas en el debate contemporáneo. Ecología, acumulación, territorio y población forman parte de un mismo movimiento histórico asociado a la valorización capitalista de la naturaleza.
Esta lectura también permite identificar sujetos y antagonismos de manera más concreta. El problema ambiental deja de aparecer únicamente como crisis ecológica abstracta y local o una disputa técnica sobre regulación institucional. Los conflictos revelan, en cambio, relaciones materiales de apropiación, subordinación y organización territorial del capital. La expansión extractiva reorganiza simultáneamente riqueza, poder y condiciones de vida.
La importancia política de esta perspectiva radica precisamente en que permite identificar procesos de formación social en desarrollo. La experiencia compartida del daño ambiental, la dependencia territorial y la precarización de la vida pueden transformarse en un sedimento para nuevas formas de articulación colectiva. La conflictividad socioambiental no expresa únicamente una resistencia defensiva. También puede constituir un espacio donde emergen experiencias comunes, lenguajes políticos y formas de identificación social capaces de abrir procesos más amplios de construcción colectiva. Ahora bien, podríamos preguntarnos: ¿qué hace falta para producir esas articulaciones? O, dicho de otra manera, ¿por qué se sigue reproduciendo la fragmentación?
Pensar los conflictos ambientales desde las clases sociales implica entonces una tarea teórica y política. Y al mismo tiempo significa también reconocer que los conflictos socioambientales condensan experiencias históricas donde pueden emerger sujetos, antagonismos y posibilidades programáticas para repensar nuestro metabolismo socioambiental en medio de una crisis climática global.

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