Alienación, lucha y organización en el siglo XXI

José Oyarzun

A fines del siglo pasado, Francis Fukuyama planteó la tesis del “fin de la historia”: tras la caída de la Unión Soviética, el capitalismo neoliberal parecía imponerse como horizonte indiscutido de organización social. En distintos registros, esta lectura fue acompañada por diagnósticos que enfatizaban el triunfo del individualismo, el debilitamiento de los vínculos colectivos y una supuesta pasividad duradera de las clases explotadas. Sin embargo, la experiencia reciente muestra un escenario más contradictorio. Las recurrentes crisis económicas, políticas, sociales y ecológicas, junto con las irrupciones de masas del siglo XXI, han puesto en cuestión tanto la idea de un capitalismo estabilizado como las visiones que anuncian el agotamiento de la acción colectiva.

El caso chileno resulta particularmente ilustrativo. Desde comienzos de este siglo vimos sucesivas oleadas de movilización que alcanzaron un punto de condensación en el estallido de octubre de 2019 , donde emergieron acelerados fenómenos de politización, solidaridad y organización colectiva que parecían romper con décadas de fragmentación heredadas del neoliberalismo. Sin embargo, pese a la profundidad de la crisis abierta, estas experiencias no lograron consolidarse en una fuerza capaz de disputar sostenidamente la dirección del proceso ni evitar su canalización institucional.

Lejos de constituir un fenómeno exclusivamente chileno, esta dificultad para transformar irrupciones sociales en fuerzas políticas duraderas se ha repetido —con distintas formas— en gran parte de las movilizaciones del siglo XXI. Desde la llamada “Primavera Árabe”, los movimientos contra la austeridad en Europa o las protestas latinoamericanas de la década de 2010, hasta nuevas movilizaciones juveniles y territoriales más recientes, importantes irrupciones sociales han producido rápidos procesos de politización y profundas crisis políticas, sin lograr necesariamente proyectarse en alternativas capaces de sostener esos procesos en el tiempo.

Las transformaciones del capitalismo contemporáneo han complejizado profundamente las condiciones para la organización colectiva. La precarización laboral, el trabajo fragmentado, el endeudamiento y la creciente mercantilización de la vida han debilitado espacios tradicionales de experiencia común. En este contexto, la alienación no refiere solo a una abstracción filosófica, sino a formas concretas de aislamiento, competencia y dificultad para reconocerse en intereses compartidos. Del mismo modo, la subsunción del trabajo al capital parece haberse extendido hacia múltiples dimensiones de la vida cotidiana: tiempo libre, consumo, comunicación y vínculos sociales son crecientemente reorganizados bajo lógicas mercantiles.

I. La lucha como ruptura parcial de la alienación

El caso chileno resulta ilustrativo. Durante el estallido de 2019 emergieron fenómenos difíciles de comprender desde la imagen de una sociedad dominada exclusivamente por el individualismo neoliberal. La formación de ollas comunes, redes de apoyo territorial, brigadas de salud, formas de autodefensa y espacios deliberativos evidenció una rápida recomposición de vínculos colectivos. Sectores previamente fragmentados comenzaron a reconocerse en problemas compartidos y a desarrollar formas de acción común.

Estas experiencias permiten observar un elemento central: la alienación no constituye un estado permanente ni inmutable. La experiencia compartida de explotación, endeudamiento, precarización o abuso puede producir acelerados procesos de politización, donde sectores previamente aislados comienzan a identificar intereses comunes y posibilidades de acción colectiva. Sin embargo, este proceso no ocurre de manera lineal. La conciencia social se desarrolla de forma contradictoria y desigual: en un mismo movimiento pueden convivir impulsos solidarios y democráticos con ilusiones institucionales, desconfianza hacia las organizaciones políticas o ideas heredadas del orden dominante.

Aun así, las luchas sociales producen cambios reales. La acción colectiva modifica percepciones, amplía horizontes de posibilidad y genera aprendizajes que difícilmente existían antes de la movilización. Aquello que parecía un problema individual comienza a comprenderse como una experiencia social compartida.

Sin embargo, esta constatación abre un nuevo problema. Si las luchas pueden generar importantes procesos de politización y organización, ¿por qué estas experiencias no logran necesariamente consolidarse en fuerzas sociales y políticas duraderas? La experiencia chilena posterior a 2019 resulta significativa: pese a la magnitud de la crisis abierta, gran parte de las energías movilizadas fue canalizada hacia salidas institucionales limitadas o terminó enfrentando procesos de desgaste y dispersión. Algo similar puede observarse en distintos ciclos de lucha recientes alrededor del mundo.

La experiencia de lucha parece indispensable, pero insuficiente por sí sola. Esto desplaza el problema desde la mera emergencia de movilizaciones hacia una pregunta más compleja: ¿cómo se conservan, sistematizan y proyectan políticamente los aprendizajes producidos en los procesos de lucha?

II. De la experiencia a la organización: el problema de las direcciones políticas

Si las luchas sociales pueden constituir momentos de ruptura parcial de la alienación, el problema central parece desplazarse hacia otro terreno: la dificultad para transformar esas experiencias en fuerza social duradera capaz de luchar por el triunfo de las movilizaciones y sostener procesos de cambio profundos.

La experiencia de lucha resulta indispensable porque modifica percepciones sobre lo posible, cuestiona relaciones previamente naturalizadas y abre nuevas formas de acción colectiva. Sin embargo, ninguna experiencia histórica parece conservarse automáticamente. Los aprendizajes producidos en momentos de movilización intensa pueden agotarse, fragmentarse o ser absorbidos parcialmente por las instituciones existentes. Las derrotas, la represión y la recomposición de mecanismos de dominación suelen reinstalar formas de dispersión previamente debilitadas.

En Chile, el ciclo de luchas abierto en 2006 y profundizado en 2019 generó importantes niveles de organización territorial, radicalización política y crítica al orden neoliberal. No obstante, también evidenció límites persistentes para traducir esas energías sociales en acumulación política sostenida. La fragmentación organizativa, las dificultades para proyectar estrategias comunes y la debilidad de referencias políticas con inserción real en sectores amplios de la clase trabajadora limitaron la capacidad para transformar una profunda crisis social en una modificación duradera de las relaciones de fuerza.

El problema no parece reducirse únicamente a la existencia de luchas o a su intensidad, sino a la capacidad de elaborar políticamente las experiencias que emergen de ellas, sistematizar sus aprendizajes y proyectarlas estratégicamente. Toda movilización deja lecciones, pero estas no se conservan automáticamente: requieren ser discutidas, organizadas y traducidas en programas capaces de fortalecer los conflictos inmediatos y articular horizontes más amplios de transformación social.

Esta cuestión adquiere especial relevancia en el capitalismo contemporáneo. La fragmentación del trabajo, la precarización y la creciente individualización de la vida social dificultan la continuidad de experiencias organizativas duraderas y la acumulación sostenida de aprendizajes colectivos. Precisamente por ello, la necesidad de organizaciones capaces de intervenir en los conflictos sociales no desaparece: se vuelve más decisiva.

Esto no implica sustituir la acción de las masas ni asumir que la transformación social puede producirse desde aparatos políticos separados de la experiencia concreta. Las irrupciones sociales continúan siendo el elemento decisivo que abre posibilidades de cambio y modifica aceleradamente la conciencia colectiva. Pero precisamente por ello, las formas de organización capaces de intervenir en esos procesos adquieren un papel fundamental: participar activamente en los conflictos reales, fortalecer espacios de organización de la clase trabajadora y del movimiento de masas, impulsar formas de coordinación entre luchas dispersas y contribuir al desarrollo de organismos sindicales, territoriales, estudiantiles y de otros sectores en lucha, capaces de ampliar la capacidad de acción colectiva.

La legitimidad de estas organizaciones no puede surgir de definiciones abstractas ni de autoproclamaciones, sino de su capacidad efectiva para arraigarse en las experiencias concretas de lucha, extraer aprendizajes de ellas y contribuir al fortalecimiento y triunfo de los propios procesos de movilización. Es desde esa experiencia concreta —en la lucha, en los espacios de organización de la clase trabajadora y del conjunto de los sectores explotados y oprimidos— donde puede comenzar a elaborarse un programa capaz de articular demandas dispersas en un horizonte común de transformación social.

En última instancia, el desafío no parece reducirse únicamente a resistir las consecuencias más destructivas del capitalismo, sino a construir una alternativa capaz de superarlo. Una sociedad organizada democráticamente por quienes producen la riqueza social, orientada a satisfacer necesidades colectivas antes que la ganancia privada, capaz de planificar racionalmente la economía y de recomponer una relación equilibrada con la naturaleza, aparece no solo como una aspiración normativa, sino como una necesidad histórica frente a las múltiples crisis del presente.

III. Experiencia, organización y transformación social

Las transformaciones del capitalismo contemporáneo han complejizado profundamente las condiciones para la construcción de fuerzas capaces de disputar transformaciones sociales profundas. La precarización laboral, el endeudamiento, el trabajo fragmentado y la creciente mercantilización de la vida han debilitado espacios tradicionales de organización y reforzado dinámicas de individualización y competencia. Nuevas formas de alienación y subsunción atraviesan no solo el trabajo, sino también amplias dimensiones de la vida cotidiana, dificultando la construcción de experiencias colectivas duraderas.

Estas tendencias no operan de manera absoluta. La historia reciente ha mostrado repetidamente que las contradicciones del capitalismo continúan produciendo irrupciones masivas, procesos acelerados de politización y nuevas formas de solidaridad. Lejos de una supuesta pasividad irreversible, las clases explotadas continúan irrumpiendo en la escena social, cuestionando relaciones previamente naturalizadas y ampliando horizontes de posibilidad.

La experiencia de lucha, aunque indispensable, parece insuficiente por sí sola. Las energías sociales abiertas en períodos de movilización intensa pueden agotarse, fragmentarse o ser canalizadas hacia salidas institucionales limitadas si no logran proyectarse estratégicamente. La experiencia chilena posterior a 2019 —así como numerosos procesos internacionales recientes— muestra cómo profundas crisis políticas y rápidos saltos de conciencia pueden encontrar dificultades para traducirse en modificaciones duraderas de las relaciones de fuerza o en victorias capaces de sostenerse en el tiempo.

Por ello, el problema no parece reducirse únicamente a la existencia de luchas, sino también a la construcción de formas de organización arraigadas en la experiencia concreta de las clases explotadas y del movimiento de masas. La legitimidad de estas organizaciones solo puede construirse en la práctica, demostrando capacidad efectiva para fortalecer, orientar y ampliar las posibilidades de desarrollo y triunfo de las propias luchas.

En última instancia, el desafío del siglo XXI no parece reducirse únicamente a resistir las consecuencias más destructivas del capitalismo, sino a construir una alternativa capaz de superarlo. La búsqueda de una sociedad socialista y democrática no constituye una utopía abstracta, sino una necesidad histórica frente a las múltiples crisis que atraviesan el presente. Pero una perspectiva semejante no puede surgir espontáneamente: requiere organización política, elaboración programática y una práctica persistente capaz de vincular las luchas inmediatas con un horizonte más general de transformación social.

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