El Poder Popular entre el horizonte y la tarea

Cano
Militante Tejer-Construir

El poder popular es un horizonte estratégico. Cuando hablamos de un horizonte, nos referimos a un elemento político que funciona en una doble dimensión. Como lugar de llegada u objetivo deseado -el poder popular constituido como tal- y como camino a recorrer, o más bien a construir. Esto implica que el proceso de construcción del poder popular se vive en la experiencia concreta de organización y lucha en el presente. Así, el poder popular no es solo un futuro posible, sino también un presente concreto y mutable.

Cuando hablamos del poder popular como objetivo constituido, nos referimos a la característica que deseamos que adquiera el proceso revolucionario en Chile para la construcción del socialismo. En términos concretos, este horizonte entiende que, frente a una crisis revolucionaria, deben emerger órganos de poder al calor de la lucha de clases en el seno del pueblo y de los trabajadores. Estos órganos deben reemplazar, apropiarse de o modificar las estructuras del Estado burgués y su democracia liberal. Para no alimentar fantasías épicas, esto no ocurre como un momento heroico único, sino como un proceso en oleadas, donde se abren posibilidades históricas de avance y luego, como enseña la historia, llegan momentos de latencia en que es necesario defender posiciones.

Toda estrategia que se defina en este horizonte debe considerar dos elementos centrales. La posibilidad de que emerja un poder alternativo constituido en el seno del pueblo (y estar dispuestos a que sobrepase nuestras apuestas), y la necesidad de poner la crisis en el centro de su diseño. Ahí está la diferencia fundamental que nos separa de la izquierda liberal y del reformismo: no buscamos gobernar y administrar «de mejor forma» el Estado burgués, sino provocar su crisis.

Es dentro de este horizonte que deben darse los debates estratégicos, pues puede tomar diversas formas en su diseño político concreto. No pretendemos resolver aquí ese debate, pero podemos señalar al menos tres posibilidades: una estrategia de gobierno popular, pensada en clave de crisis y no de administración; una estrategia de autonomía popular, que plantee una acumulación progresiva de poder por fuera del Estado hasta provocar la crisis; y una estrategia armada, que busque la crisis a partir del desgaste político-militar del Estado burgués. Son máximas simplificadas, pero señalan hitos posibles para quienes compartimos este horizonte estratégico en la construcción del socialismo.

Entre la realidad actual y el horizonte estratégico existe una distancia enorme. Cualquier diseño estratégico serio entiende que las tareas del período -su planteamiento táctico- están lejos todavía del poder popular y la crisis revolucionaria. Pero, como señalamos al inicio, el camino del poder popular se vive y se construye hoy, en las tareas tácticas que dicta el período: es desde la experiencia acumulada que surgen los órganos del poder popular, con una pizca de azar histórico.

El período actual en Chile está marcado por una ofensiva patronal que apunta a precarizar el trabajo y la reproducción de la vida de las grandes mayorías trabajadoras, junto a una restauración conservadora en lo ideológico. Esta ofensiva está alineada con el avance de la ultraderecha a nivel mundial y con la ofensiva yankee por retomar el control sobre América Latina. A ello se suma el fracaso del progresismo, cuyo gobierno solo sirvió para cerrar el período de crisis abierto por la Revuelta de Octubre y recomponer el orden institucional y la hegemonía del bloque en el poder, cimentando así el camino para la actual ofensiva liderada por el gobierno de Kast.

Esta situación pilla a la izquierda extraoficial, en todas sus versiones, aún sin poder constituirse como alternativa para las grandes mayorías populares y trabajadoras.

Leyendo esta ausencia de alternativa, planteamos que el objetivo táctico del período es constituir una fuerza social y política mínima: una fuerza inicial que permita existir en el imaginario popular y disputar tácticamente la construcción de poder. Hablamos de fuerza mínima porque hoy es común que las organizaciones de izquierda asuman desafíos tácticos con coherencia interna, pero sin la fuerza necesaria para llevarlos a cabo. Parafraseando los esfuerzos guerrilleros: necesitamos asentar un campamento base antes de pasar a tácticas ofensivas.

Esta fuerza mínima debe tener dos componentes: fuerza social a escala territorial, y fuerza política constituida a partir de la unidad programática. En cuanto a lo primero, las tareas tácticas deben ser múltiples: experiencias reivindicativas, autónomas o de disputa institucional. Lo importante es que su centralidad esté puesta en el fortalecimiento organizativo e ideológico del mundo popular, a través de un método territorial de acción de masas, a una escala donde sea posible vivir la experiencia y hacer carne la lucha de clases en los cuerpos y las conciencias del pueblo trabajador. Así se construye fuerza social mínima en la lucha por la vivienda, por mejoras salariales en el sindicato, en la cooperativa, en el centro cultural comunitario, en la concejalía o en el municipio. Lo importante es orientar estas luchas hacia la construcción de fuerza popular y vivir el camino del poder popular.

Esto no es pura imaginación: existen hoy múltiples esfuerzos en esta línea, desplegados por compañeras y compañeros a lo largo del país, que —con sus momentos de flujo y reflujo— desarrollan experiencias de organización y lucha a escala territorial, aunque con dificultad para salir de los márgenes locales hacia una disputa política de mayor envergadura. Cada una de esas experiencias es parte del largo aprendizaje del mundo popular en la construcción de su propia fuerza, y debe ser la base de las propuestas de una alternativa del pueblo y los trabajadores.

En cuanto al segundo componente, se hace urgente constituir una orgánica política que materialice la unidad de los esfuerzos hoy dispersos entre organizaciones, colectivos y movimientos que comparten el horizonte del poder popular y el socialismo, y que estén dispuestos a abrir un debate estratégico y programático, conviviendo con distintas experiencias tácticas. Una organización que permita el debate de tendencias, que se sacuda el peso de los lotes personalistas y que funcione de cara al pueblo, siendo pueblo entre sus organizaciones; que respete los ritmos y tiempos de la militancia popular, al mismo tiempo que forma y foguea a sus cuadros más avanzados.

Respecto a lo programático, la unidad debe forjarse al menos en torno a estos elementos: la lucha contra el gran capital y la banca privada y su centralización en manos del Estado; la nacionalización de los recursos naturales y la recomposición de los ecosistemas; la reforma agraria y la soberanía alimentaria; la seguridad social y la socialización de las tareas de cuidados; y la democratización del sistema político, en clave de una democracia popular.

En base a estos elementos programáticos es que debemos ser capaces de construir plataformas de lucha posibles de ser empujadas en alianzas sociales y políticas amplias al interior del movimiento, pero siempre como ejercicio de acumulación de fuerzas para la ruptura y la crisis que permitan el salto hacia el nivel programático y el horizonte socialista y de poder popular.

En ese sentido, una de las tareas fundamentales de la izquierda socialista es construir una estructura lógica que encadene el horizonte y la tarea, y aprender a hacer política en ese marco, sin caer en oportunismos ni entreguismos, pero saliendo de la marginalidad maximalista y sus profecías autocumplidas.

El planteamiento de la unidad no es novedoso, y muchos hemos vivido más de una experiencia fallida al respecto. Esas experiencias se han caído, sobre todo, por tres razones: la incapacidad de aceptar la derrota de la posición propia y convivir con la diversidad de tendencias; la subordinación del ritmo político a la disputa electoral, expresión de cuánto ha calado el liberalismo en parte de nuestra izquierda; y el exceso de personalismos y caudillismos que reemplazan el debate fraterno por maniobras reñidas con la ética revolucionaria. Frente a esto, un horizonte estratégico común y claramente definido, junto al reconocimiento de la diversidad táctica de quienes comparten ese objetivo, son la base para procesar las diferencias sin quebrar la unidad.

La unidad costará trabajo: implica recomponer confianzas y construir los aprendizajes necesarios para sostener debates políticos serios, anclados en un horizonte común, que reconozcan las diferencias y se traduzcan en planes de acción concretos. No surgirá de un solo gran hito fundacional; es un camino trabajoso que debemos aprender a andar.

En definitiva, el Poder Popular —siendo un momento político concreto, una forma que puede adquirir la lucha de clases en un momento determinado— es un horizonte que debe experienciarse en el presente y enmarcar las tareas políticas fundamentales del período: constituir fuerza social a escala territorial, y constituir una estructura política unitaria al alero de un programa que dé cuenta de las complejidades de la realidad actual de la lucha de clases en la sociedad chilena.

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