
Jorge Villa
Por más de 400 años hemos sido condenados a la horca de este sistema opresor. Todo comenzó con el «patipelao», aquel que con suerte conseguía una camisa para cubrirse en el invierno mientras buscaba trabajo en distintas ocupaciones: arando, cuidando animales o cavando un socavón en la tierra para extraer algún mineral del cual, por supuesto, nunca sería dueño. El patrón solo quería un inquilino para todo servicio. Y qué decir de los niños y niñas, considerados piezas fundamentales para el funcionamiento del latifundio y la subsistencia económica de sus familias, apartados del estudio, del juego y de los cuidados, expuestos a una muerte temprana debido a la falta de acceso a agua potable, viviendas hacinadas, la mala nutrición y la inexistencia de servicios médicos básicos; o de las mujeres, devastadas por la odiosidad y el abuso patronal y la estructura machista de su propio hogar, obligadas a trabajar sin pago, por el hecho de vivir en la tierra del patrón, a parir sin asistencia médica, a ser «amas de leche» de los hijos del patrón para aumentar su nutrición, dejando a los suyos de lado, a vivir en un luto permanente debido a la muerte constante de sus críos; la «china» y el «huacho», fueron los calificativos de desecho humano; y aunque el patrón quiera ser dueño de los sueños más humildes, aparece una Herminia, una Carmen, una Juana Rosa cada cierto tiempo, a marcar la diferencia y a plantar la dignidad con los suyos en su rancha. En medio de esa vida, sentir la frescura de la lluvia en la cara era lo único que te recordaba que estabas vivo.
En la plaza pública se intentaba sobrevivir a los azotes del verdugo de turno. Bastaba con que al patrón se le perdiera una gallina, un par de zapatos o una cuchara para que te acusaran de ser un humano maldito, sentenciado por haber nacido pobre bajo las leyes de los ricos y de sus serviles capataces. Buscaban siempre que el castigo fuera el más alto posible y, si era viable, te obligaban a trabajar gratis para pagar lo que supuestamente se había perdido.
La policía, con una estrecha notificación, se presentaba como fiscal acusador, buscando siempre al «testigo inmaculado» para someter al desgraciado a todas las penas de la moral inquisidora. El maltrato consistía en apretar al máximo las esposas rumbo al averno, mientras los jueces panzones, de nariz colorada e individuos mal hechos, jugaban a ser Dios. Esos personajes de diente de oro que gritan «¡a la horca!» lo antes posible. Aquí no existen los derechos humanos; lo que existe es el tribunal penal en la práctica: una visión esclavista que ya dura 400 años.

Es la realidad del gendarme allanador de la pobreza: obligarte a estar de rodillas en el patio o corriendo en cuclillas, con los calzoncillos marcados por las fustas del capitán. Te azotan las plantas de los pies para que no se vean las marcas del castigo. Es la tortura de las madres esperando en las puertas de cualquier centro con barrotes que cubren el óvalo; es el baño de dos pies, la sonajera de las galerías y los gritos de los más desencajados. Adentro conviven el mozo, el perkin y el soplón de los pacos. Incluso están los gendarmes que abusan de su poder para someter a cualquier reo a apremios ilegítimos. Es el infierno en la tierra, legalizado y mirado desde el poder de someter a cualquiera.
Toda esta institucionalidad opera según la conveniencia de quien está a cargo de las vidas de miseria que nutre este sistema capitalista o democrático, el cual trafica con todo lo que se pueda. Cualquier pago sirve, cualquier soplonaje sirve, cualquier coima sirve. Cualquier parada militar funciona para amedrentar al enemigo interno que se alza ante esta magnífica estructura con pies de barro. Sus soportes siempre tambalearán ante la sublevación, el motín, el estallido y la demanda en la calle. Son 400 años de encerrar la convivencia y la creación; 400 visiones apagadas a punta de balas, golpes y atropellamientos masivos. Han arrojado a seres humanos desde los puentes y han aplastado a manifestantes con «zorrillos», colocando el cepo de manos y pies junto a una venda para seguir humillando a quien solo tiene sus manos.
Cuando el pueblo se descubre a sí mismo, entiende que no tiene nada que perder porque nada posee, solo sus manos creadoras. Sin embargo, cuando se habla de estallido o motín, nos dicen que «estamos en guerra contra un enemigo poderoso». ¡Triste hueón! Sus manos solo sirven para amasar dinero podrido, robado de la cartera de los «sin camisa» que intentan parar la olla común con una sopa de pan. El sistema se convierte así en el enemigo público del hambre colectivo y de la organización popular.
Caminamos como una cadena humana hacia el despeñadero o hacia la revolución socialista. Una historia hecha con huesos rotos, vísceras afuera, personas con un solo ojo, balas en nuestros cuerpos y torturas en edificios estatales o furgones policiales. El despertar nos llevará algunos años, pero ya no serán otros 400 años; ya no nos queda tanto tiempo de esclavitud.


