
Cano
Militante Tejer-Construir
Los llamados a la unidad no son novedosos en el campo de las organizaciones revolucionarias. La amplia fragmentación que dejó la derrota post dictatorial entre las organizaciones revolucionarias y sus múltiples derivaciones -sumada a nuevas tendencias organizativas, ideológicas y culturales que han pasado a ser parte del amplio arco que conforman el campo en cuestión-, ha sido un escollo imposible de superar desde la década de los 90 en adelante, a pesar de ingentes esfuerzos que han apuntado en esa dirección.
En los tiempos oscuros que nos tocan atravesar en nuestro tiempo presente, los llamados a la unidad se multiplican, no solo entre las militancias revolucionarias, sino en todos los sectores que se reconocen a la izquierda del progresismo y el reformismo representados por el eje FA-PC. Frente al avance de la reacción empresarial y ultraderechista, con su programa desregulador y precarizante, la unidad de una oposición de horizonte transformador se hace un lugar común.
Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de unidad? ¿A qué apuntamos? ¿La urgencia y el lugar común obligan al apuro y a la superficialidad? ¿Trabajaremos en pos de la unidad al ritmo que impone el próximo ciclo electoral? Pasar por alto estas preguntas básicas y otras similares es caldo de cultivo para la instrumentalización caudillista o para el quiebre rápido por diferencias de posición o problemas de relaciones interpersonales.
Este artículo busca aportar algunos elementos a los debates que apunten a desarrollar procesos de unidad sólidos, estructurados bajo marcos políticos estratégicos y programáticos; que tomen en cuenta los problemas culturales y las relaciones interpersonales; que no tengan como objetivo llegar a formas preestablecidas y que superen la rigidez de manual; y que construyan mecanismos adecuados para procesar las diferencias y contener diversas tendencias en su interior. Para ello, dialoga con algunas lecturas que Peter Thomas hace de Gramsci respecto a la cuestión del partido y con la experiencia del complejo partidario, expresada en Chile en el Complejo Partidario Mapu-Lautaro, aunque también en importantes experiencias internacionales.
Antes de desarrollar las ideas, es importante establecer una premisa. La unidad es una necesidad política. Es decir, una necesidad que ayuda a resolver el problema de la fuerza -cualitativa y cuantitativamente hablando-, disponible para la disputa del poder. En ese sentido, el resultado material de la unidad, es decir, la forma particular que adquiera la organización política que de allí resulte, debe tener la capacidad de potenciar y multiplicar la fuerza disponible en un momento particular. Al respecto, hacemos eco de la vieja metáfora del pistón que planteó Trotsky:
Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía como el vapor no encerrado en un cilindro con pistón. Pero lo que mueve las cosas no es el cilindro ni el pistón, sino el vapor.
En esta cita, además, se deja en claro que la unidad no es un objetivo en sí misma, sino una herramienta al servicio de la fuerza fundamental de un proceso de transformación: las masas. Esa es una segunda premisa fundamental: la organización política resultante de un proceso de unidad no puede pretender sustituir al pueblo.
Esta imagen, sin embargo, no debe llevarnos a pensar en el cilindro como un dispositivo externo a la fuerza que encauza. Peter Thomas1 propone una imagen que corrige ese riesgo. Las funciones explícitamente institucionales de coordinación y organización serían apenas “la punta del iceberg” de lo que Gramsci llamó el moderno Príncipe: el diez por ciento visible, sostenido por un noventa por ciento invisible bajo la línea de flotación. La organización no se agota en sus instancias de dirección, sino que se constituye en el entramado de relaciones sociales que la hacen posible. Una organización solo será lo suficientemente fuerte para cumplir su papel si es consciente de esas relaciones dinámicas y trabaja con ellas, de modo que su dirección política amplíe y no limite la acción de las masas. Esta es la razón más profunda de nuestra segunda premisa: una organización que pretende sustituir al pueblo corta la raíz de la que obtiene su propia fuerza.
Gramsci lo planteaba en términos muy cercanos: el elemento decisivo en toda situación es la fuerza permanentemente organizada y largamente preparada que pueda entrar en combate cuando la situación sea favorable, y esa situación solo puede serlo en la medida en que tal fuerza exista. De ahí que la tarea esencial sea garantizar, de manera sistemática y paciente, que esa fuerza se forme, se desarrolle y se haga cada vez más homogénea, compacta y consciente de sí misma. La unidad que proponemos se ubica en esa tarea de largo aliento, y no en la coyuntura del próximo ciclo electoral.
La unidad en dos dimensiones. Comenzar por alguna parte

Desde Tejer-Construir se ha planteado una política de unidad en dos dimensiones. Una primera dimensión de carácter amplio que agrupe a las diversas fuerzas anticapitalistas y antineoliberales. Por otra parte, una dimensión más acotada, que apuesta por la unidad de las organizaciones de horizonte socialista, que pueda operar como tendencia al interior de la unidad amplia.
Respecto a la relación entre ambas, se ha planteado que ambos movimientos deben darse en paralelo en un único movimiento táctico de dos tiempos que potenciaría ambos, en tanto una tendencia socialista revolucionaria solo podría existir como tal en relación con otros. Es una tesis con la que concuerdo, pero en la práctica esto no ha resultado. Se han hecho esfuerzos por participar en convocatorias amplias de unidad, fracasadas de forma estrepitosa en el último ciclo electoral. Y es que, más allá de las razones que están fuera de nuestro control (caudillismos, disputas de poder y por cupos, malas prácticas, una expectativa imaginaria sobre el rol de la izquierda del PC y, pero aún, fantasías de unidad y tensionamiento hacia la izquierda del FA), existe un problema básico: es imposible existir como tendencia al interior de un espacio amplio de unidad si no se es parte de un polo de agrupamiento capaz de existir como fuerza que pueda al menos incidir, si no tratar de disputar efectivamente la hegemonía del espacio.
En ese sentido, sin derivar de ello una política estrictamente lineal, sí es necesario generar condiciones mínimas que permitan desarrollar una política más amplia que permita hacer efectiva la posibilidad de moverse, en simultáneo, en dos momentos tácticos. Y esa condición necesaria es un polo de agrupamiento de las organizaciones socialistas.
¿Significa eso apurar la constitución de una sola organización? No. La izquierda socialista y revolucionaria ya existe como realidad histórica, aunque de manera dispersa e inorgánica. Su existencia se expresa en pequeñas organizaciones y colectivos, en la circulación de interesantes y profundos debates teóricos y programáticos; en variadas experiencias de inserción de masas y participación en conflictos concretos; en un ecosistema en desarrollo de medios de comunicación y de agitación y propaganda; y en el despliegue de repertorios culturales propios. Es, aún, una existencia marginal y alejada del sentido común popular, que no logra disputar la hegemonía del movimiento popular, pero sus características críticas no niegan su existencia histórica.
Más que pensar la unidad como momento de una organización política, se debe pensar la unidad como proceso que opere en conjunto sobre el desarrollo de ámbitos tácticos. Un polo de agrupamiento que construye la unidad en el quehacer, sin la ansiedad del hito de constitución de la organización, pero con énfasis en el desarrollo de una vida y estructura orgánica propia que, eventualmente, lleva a su constitución formal como tal.
Esto converge con una lectura de Gramsci que ha insistido en que el moderno Príncipe no debe entenderse como un centro o un origen desde el cual se irradia un aparato hegemónico. Para Thomas, el partido revolucionario es más bien un resultado que solo después permite describir retroactivamente un proceso político que no precede ni determina de forma lineal; es en sí mismo un proceso, una relación social capaz de incorporar continuamente nuevos elementos y de ser transformada por ellos2. Si esto es así, la pregunta por la forma de la unidad no puede resolverse de antemano. De allí que insistamos en que la formalización de una organización sea consecuencia de la experiencia acumulada y no un requisito de partida.
Dicha vida orgánica se construye al calor de la experiencia compartida en espacios de organización cotidiana, en las luchas concretas y en el debate político, estratégico y programático. Es al calor de esas experiencias concretas que se construye una cultura política común, capaz de sostener los lazos de confianza que requiere una organización revolucionaria.
El proceso, por lo demás, no debe instrumentalizarse para ser conducido hacia moldes prefabricados. Se deben tener modelos de referencia para el debate político pero, así como debe rechazarse el horizontalismo inorgánico posmoderno, debe rechazarse también la apropiación acrítica del manual leninista.
Esta doble crítica no nos deja sin referencias. Al contrario, la propia trayectoria de Gramsci ofrece una pista. Según plantea Thomas3, en los Cuadernos de la cárcel sometió a una intensa autocrítica sus concepciones previas del partido, incluidos los elementos de la bolchevización y las concesiones que, por momentos, había hecho a las deformaciones burocráticas de la forma-partido. Pero esa autocrítica no lo llevó a abandonar la forma organizativa. Lo llevó a buscar una forma cualitativamente nueva: una organización que no fuera un instrumento de control o mando burocrático, sino un espacio donde se desarrollara una nueva civilización de valores, a través de debates, desacuerdos y alianzas, y de personas que se organizan a sí mismas en lugar de ser organizadas por otros4. Thomas es enfático en que no se puede hacer de Gramsci alguien que rompe con las formas de organización política y deriva hacia una crítica cultural vaga. Ni manual ni espontaneísmo: la organización sigue siendo necesaria, pero debe construirse activamente, sin modelo previo.
Sobre la atomización del campo del socialismo revolucionario

Para pensar en constituir un polo de agrupamiento que desarrolle una estructura orgánica propia al calor de la experiencia compartida, es necesario identificar algunos aspectos que influyen negativamente y sostienen la dispersión.
Diversidad de culturas políticas
En primer lugar, la izquierda socialista está atravesada por aspectos culturales, tanto de culturas políticas como de elementos construidos al calor de relaciones personales. Así, existen culturas políticas asociadas a matrices rodriguistas, miristas, lautarianas y allendistas; a cada una de las divisiones de dichas matrices; y a nuevas configuraciones políticas que se han desarrollado durante el siglo XXI, como el bolivarianismo, por ejemplo.
Si bien existen aspectos estratégico-tácticos asociados a cada una de estas corrientes, creemos que lo que más pesa a la hora de la dispersión son configuraciones culturales que han servido de refugio a las militancias, pero que no han logrado desplegar todo su potencial en la acción política.
En la misma línea, muchas de las organizaciones o colectivos que componen el campo disperso de la izquierda socialista y revolucionaria, se cohesionan en base a confianzas fundadas sobre la base de las relaciones personales. Así, muchos grupos comparten elementos generacionales, cohesión en torno a figuras de liderazgo u otras experiencias compartidas que sostienen la cohesión del grupo.
En procesos de construcción de organizaciones mayores, dichos lazos culturales, que en muchas ocasiones son muy fuertes y sólidos, suelen generar resistencias y tener poca capacidad para ceder y abrirse a nuevas configuraciones simbólicas, identidades, lenguajes comunes y costumbres. Tomar en cuenta estos aspectos es fundamental para un proceso de unidad.
Malas prácticas
Diversas organizaciones y procesos de unidad se han caído por malas prácticas que han generado desconfianzas que se arrastran por años y que son difíciles de superar. Desde prácticas inaceptables como el abuso y la violencia, que en muchas ocasiones han sido mal procesadas, hasta conspiraciones, disputas de poder, peleas entre caudillos y otras prácticas que poco tienen que ver con el sentido colectivo de la política y que hablan, en algunos casos, de una incapacidad para procesar diferencias.
Al respecto, es necesario un proceso que no solo recomponga confianzas dañadas, sino que también tenga capacidad de prever y procesar malas prácticas y constituya un marco ético que excluya de sus relaciones el abuso y la violencia.
Si la organización es un proceso y no una forma dada, su perduración exige lo que Thomas, siguiendo a Gramsci, llama un “trabajo de mantenimiento” continuo, necesario para que siga existiendo como “organización de lucha”. Esto desplaza el problema de las culturas políticas y las malas prácticas. No basta con un acuerdo estratégico inicial. Es necesario un trabajo sostenido sobre la cultura interna, sobre las instancias que procesan diferencias y sobre el marco ético que excluye el abuso y la violencia. Pensar el moderno Príncipe como una “concepción unitaria pero plural” y como un laboratorio de experimentación de prácticas democráticas, que luego deben llevarse al conjunto de la sociedad, es una buena descripción de lo que debiera ser un polo capaz de contener diversas tendencias en su interior.
Exceso de debate abstracto
En muchas organizaciones o colectivos políticos de la izquierda socialista, gran parte de la energía política se gasta en debates teóricos abstractos o en el diseño de estrategias que no toman en cuenta la condición de fuerza, por lo que quedan rápidamente atrapadas en el campo de la pura abstracción y la hipótesis que no se puede probar. Frente a ello, la militancia se prepara para ganar debates y posiciones que, escasamente, se traducen en líneas de acción política contrastables con la realidad para medir su impacto. Esto es reflejo de la influencia excesiva de la academia sobre el debate político y es un aspecto fundamental para explicar también la incapacidad de acumular fuerza militante entre sectores populares y de la clase trabajadora no ilustrada o no formada en ambientes de tradición política, es decir, las grandes mayorías trabajadoras.
Incapacidad de resolver problemas fundamentales
Muy en línea con el punto anterior, la diversidad de organizaciones y colectivos de la izquierda socialista y revolucionaria han sido incapaces de resolver tres problemas fundamentales:
- ¿Cómo se construye fuerza social en la inserción en el movimiento de masas?
- ¿Cómo se entiende la relación entre los movimientos sociales y las organizaciones políticas?
- ¿Cómo se construye una organización que fortalezca su composición de clase anclada en los sectores populares y que supere la hegemonía de la militancia de sectores medios? Es decir, ¿cómo se piensa la posibilidad de desarrollar la militancia popular?
Mientras no se resuelvan estos elementos, las organizaciones del campo socialista se mantendrán en la marginalidad y, por lo tanto, tendrán una fragilidad estructural que las hace prescindibles y fáciles de romper porque es poco lo que hay en juego.
Estos problemas no pueden resolverse con una relación de dirección unilateral entre organización política y movimientos sociales. Thomas describe el moderno Príncipe como una relación político-social “dialéctico-pedagógica” capaz de traducirse a diferentes contextos y de retraducirse en dirección inversa, enriquecida por el intercambio. Es una imagen útil para pensar en la inserción de masas. La organización llega a los sectores populares, pero también se transforma con lo que aprende de ellos. Esta dinámica puede ayudar a superar la hegemonía de la militancia de sectores medios, que tiende a trasladar su propio lenguaje en lugar de traducirlo. En este sentido, Thomas recuerda que lo que Gramsci propone es desarrollar una infraestructura de relaciones sociales que prepare la autoeducación de las clases trabajadoras para participar activamente en la vida política, y señala que la política contemporánea se ha reducido en gran medida por la falta de la base de masas que daría fuerza real a esas ideas. Es una descripción precisa de la marginalidad que diagnosticamos.
El complejo orgánico como ruta posible

Si la unidad es un proceso y no un hito, cabe preguntarse qué forma organizativa puede sostenerlo mientras no exista una organización única. Un camino posible es pensar en la construcción de un complejo orgánico, es decir, un conjunto articulado de organizaciones, colectivos, espacios y herramientas (políticas, de inserción de masas, comunicacionales, culturales y de formación) que, sin fundirse en una sola estructura, comparten un marco estratégico, instancias de dirección y coordinación, y una vida orgánica común. De esa forma, se busca que los elementos realmente existentes en el campo de la izquierda socialista y revolucionaria se vinculen y se potencien.
El complejo partidario es una de las formas más extendidas de organización revolucionaria del siglo XX, y su registro histórico es amplio, con resultados muy diversos. En términos estrictos, no existe teoría codificada en un corpus único, sino una categoría que la tradición revolucionaria fue elaborando por acumulación. Sus antecedentes están en la tesis leninista de que la conciencia política requiere una organización de revolucionarios que se vincule con las masas a través de organizaciones propias, en la noción gramsciana de hegemonía y de partido como intelectual colectivo, que amplía el trabajo político a la cultura, la prensa y la formación, y en la fórmula maoísta de partido, ejército popular y frente unido. Las experiencias latinoamericanas y de liberación nacional lo adaptaron a contextos de dictadura e insurgencia, con frentes sectoriales y distintas relaciones entre lo político y lo militar. Su idea central es que la organización revolucionaria no se reduce al partido en sentido estricto, sino que se despliega como un conjunto articulado de ámbitos diferenciados (político, de masas, comunicacional, cultural, formativo y armado), con métodos y tareas propios, bajo una estrategia y una conducción comunes.
Esta forma busca acumular fuerza propia y anclarse socialmente antes y durante la disputa del poder, y se distingue de la coalición, el movimiento social o el partido electoral porque supone una dirección política explícita y una estructura orgánica estable. Sus tensiones también son conocidas: la instrumentalización de los frentes como simples correas de transmisión, la burocratización de la dirección, la sustitución de las masas por el aparato y la autonomización del componente armado respecto de la conducción política.
En Chile, por ejemplo, el Movimiento Juvenil Lautaro fue el frente de masas de una estructura que incluía al partido como dirección política, a las Fuerzas Rebeldes y Populares Lautaro como brazo armado y a frentes sectoriales de carácter estudiantil, poblacional y sindical. Su apuesta combinaba la construcción de poder popular en las poblaciones con la insurrección de masas contra la dictadura. La transición pactada cerró esa perspectiva, y la represión y el aislamiento hicieron el resto5.
En Sudáfrica, el ANC articuló una alianza con el Partido Comunista y la central sindical COSATU. Mantuvo en la clandestinidad su brazo armado, Umkhonto we Sizwe, y desplegó en los años ochenta un frente legal de masas, el Frente Democrático Unido. Cada ámbito tenía tareas diferenciadas bajo una estrategia común, y el desenlace fue una negociación en la que las fuerzas insurgentes participaron como interlocutoras.
En Irlanda del Norte, Sinn Féin y el IRA desarrollaron la estrategia del voto y el fusil, donde la disputa electoral y el trabajo comunitario corrían junto a la lucha armada. En el País Vasco, el entorno de ETA llegó a reunir una coordinadora política, un partido, un sindicato, organizaciones juveniles y de apoyo a presos. Ambos casos muestran la potencia de una red con base social propia, pero también su riesgo. Cuando el aparato armado condiciona al político, el costo recae sobre toda la estructura. Batasuna fue ilegalizada y ETA se disolvió en 2018.
En Centroamérica, el FMLN nació en 1980 de la unión de cinco organizaciones político-militares de matrices distintas, y el FSLN reunificó tendencias antes de la insurrección de 1979. Son experiencias especialmente relevantes para lo que hemos señalado sobre la diversidad de culturas políticas, porque mostraron que organizaciones con orígenes y tradiciones diferentes pueden construir una estructura común en la práctica compartida. El FMLN se transformó en partido legal con los acuerdos de paz de 1992.
De estas experiencias nos interesa la lógica de articulación y no el molde, es decir, la distribución de tareas entre ámbitos diferenciados, la primacía de la dirección política, la construcción de base social propia y la existencia de instancias con autonomía suficiente para actuar en distintos terrenos. El complejo orgánico que se propone aquí no tiene un molde predeterminado de estructura partidaria a la que deba llegar. El peso recae en la estructura que se determine según decisiones estratégico-tácticas, y su eventual formalización será resultado de la experiencia acumulada y no un requisito de partida.
En esa clave, el iceberg de Gramsci es también la mejor imagen del complejo orgánico. Sus instancias formales de dirección y coordinación son la parte visible. Lo que lo sostiene es el conjunto de relaciones, herramientas y espacios (de inserción de masas, comunicacionales, culturales y de formación) que componen su base sumergida. Un complejo que solo desarrollara su vértice sería un aparato sin fuerza. Uno que solo desarrollara su base, sin instancias de coordinación, quedaría disperso. La tarea es hacerlas crecer en conjunto.
Este camino permite abordar varios de los problemas señalados. Ofrece un marco donde las culturas políticas pueden convivir y construir lenguajes comunes en el quehacer. Establece instancias y reglas para procesar diferencias y prevenir malas prácticas. Obliga a que el debate se traduzca en líneas de acción contrastables con la realidad. Y pone el foco en la inserción de masas y en la composición de clase, que son los problemas que el campo no ha logrado resolver.
Como el pistón del que hablaba Trotsky, su razón de ser es dar cauce a la fuerza de las masas, no sustituirla. Y como pedía Gramsci, esa tarea exige construir, de manera sistemática y paciente, la fuerza organizada que haga favorable una situación.

- https://jacobinlat.com/2023/03/gramsci-el-elemento-decisivo/ ↩︎
- Ibíd ↩︎
- Ibíd ↩︎
- https://jacobinlat.com/2023/03/gramsci-y-el-desafio-del-ultimo-lenin-la-primacia-de-lo-politico/ ↩︎
- Ver Miren Larramendi, “Rebeldía popular y proyecto político-militar” ↩︎

