
Por Pelusa y Jorge Villa
I – Del engranaje de la codicia humana a la peligrosa trinchera del hacer política- revolucionaria: Guevarismo colectivo contra la decadencia de todos los tiempos.
Hoy, en un nuevo aniversario de la muerte del «Che», recuerdo su caída en combate allá en Bolivia, punto de inicio internacionalista para la revolución latinoamericana. Él sabía que el imperialismo, tarde o temprano, trataría de invadir o saquear los recursos naturales de los pueblos ubicados al sur del fascismo colonial norteamericano; por ello, su presencia en Bolivia nunca fue una equivocación.
En estas horas en que se cierran las grandes alamedas para los pueblos, es momento de volver a juntarnos para hacer que Guevara siga vivo en la lucha y continúe latiendo en América entera contra el enemigo que avanza con un solo pensamiento: la guerra contra los débiles y su explotación, con la colaboración de esbirros sin moral, sin razón y sin justicia.
Habiendo tenido muchas posibilidades de hacer y crear en Cuba o en otras partes del mundo, decidió sumergirse en la acción, pues el anonimato ya no era posible para él; solo quedaba hacer la revolución allí donde apoyara sus pies. Esa entrega y su intelectualidad práctica nos conmueven a muchos hoy en día, marcando una clara distancia con la mesura del cómodo, del poder o del «loco lindo» que no sabe nada del «Che» pero dice seguir sus pasos.
Me pregunto: ¿a quién emulo?, ¿a quién sigo? ¿Leo La guerra de guerrillas, a Mao, a Chávez traicionado o a Fidel? Pienso en cómo los veo caminar por este capitalismo, hoy más despiadado que en Vietnam o en el Medio Oriente de los jeques del petróleo; el capitalismo de Angola, del trabajo infantil y de la esclavitud en este 2026.
Me siento en la gruta de los hermanos Vergara Toledo y miro; observo a la gente pasar. Estoy cerca del cuartel de la antinarcóticos con su decomiso de 20 gramos; esos que, de una sola aspirada, dejan en el lenocinio a miles de cerebros consumidos, de la misma forma en que la humedad carcome los fierros por el óxido ferroso. Es el consumo humano de cualquier cosa, en cualquier población o asentamiento.
Sentado allí, me pregunto cómo sigo corriendo tras los pasos de la mula que lo lleva por senderos hechos a puro machete, y pienso que debo dejar mi liviandad callejera de pensar solo en mí para hacerlo en colectivo. La revolución se hace con el pueblo, no sin el populoso y mal educado pueblo; por eso no consigo seguir a Ernesto solo.
Me permito leer algunos capítulos de este presente tan mezquino de claridad política. La clase y el consumismo nos llevan como máquinas depredadoras de todo, menos de dejar el asma por crear poder popular, como decían algunas consignas del pasado plasmadas en murallas o patios universitarios. Allí copio alguna consigna para levantar a los pueblos antes de caer al precipicio electoral manejado por el mercado, por el poder y por la IA.
¡Cómo te recuerdo, Ernesto! ¡Cómo olvidarte! Pienso en las juventudes guevaristas del continente, de la población, en la lucha callejera. Me veo atrapado entre el metro, las deudas y el llegar a vaciar mi locura de ser un buen trabajador, cumplir con las horas de labor; la locura de ser un explotado más y reconocer que lo soy. No reclamar nada o protestar sin politizar mi desgracia. Me manosean la vida, la de mi familia, amigos y colegas. Termino violado por el Código del Trabajo y por el papel de los periodistas que cada mañana criminalizan nuestros sueños, con un despertar violento en cada escuela de nuestra ciudad sitiada por carros blindados y lacrimógenas absorbidas para quebrarnos en cada día de resistencia.
Ernesto, sigo corriendo por los pasos que ya no das, pero que se sienten por toda América. Tu halo nostálgico de Revolución no espera más para despertar de una buena vez. América y sus combates te persiguen, como a Sandino, a Miguel, a Santucho y a tantos, tantos otros cuya sangre aún no se seca por el solo amor con el que entregaron sus hermosas vidas.
Jorge Villa
Octubre 2026

II – Guevara: defensa de la palabra exacta
La marcha de la historia parecía haberse detenido aquella noche en el aula fría de la escuela de La Higuera. En el suelo, quebrado por las heridas y el cansancio, yacía Ernesto Guevara. Fuera del aula, el ruido del mundo político y militar seguía su curso violento; dentro, sin embargo, habitaba la soledad más pura, el aislamiento absoluto donde el hombre vuelve a ser solo él mismo.
La puerta se abrió con un leve quejido. Julia Cortés, la joven maestra del lugar, entró quebrando el silencio. Movida por una piedad que desafiaba al contexto, llevaba consigo un plato de guiso caliente que su madre había preparado. Al entrar, sus ojos se encontraron con la figura del guerrillero, convertido en un cuerpo frágil tirado sobre la madera.
Fue en ese instante, en el umbral de su propio fin, cuando el revolucionario dejó paso al intelectual. El hombre de acción dio lugar al lector intransigente, al pedagogo que ni la muerte inminente podía doblegar. Con un esfuerzo que nacía de su inquebrantable afán de perfección, Guevara levantó la mirada hacia la pizarra del aula. Allí, escritas con tiza, descansaban unas palabras sencillas, la lección diaria de una escuela rural: “Yo se leer”.
El Che fijó los ojos en los signos de la pizarra. Con la misma fuerza y determinación con la que alguna vez buscó descifrar el sentido del mundo en sus cuadernos de campaña, encontró el error. En medio del dolor, su vocación educadora floreció por última vez. Señaló la madera y, dirigiéndose a la maestra, pronunció sus últimas palabras: Le falta el acento.
Era una corrección minúscula, casi absurda ante la inminencia de las balas, pero encerraba una verdad profunda. No era solo un reproche gramatical; era la revelación de un oráculo. Al señalar la ausencia de la tilde en el verbo sé, el Che cerraba el círculo de su propia existencia. Su último registro sobre la tierra no fue una consigna militar ni un lamento político, sino un acto de lectura, una defensa de la palabra exacta.
Pelusa,
Repensando a Piglia.
Octubre 2026


