Rebeldía popular y proyecto político-militar I

El MAPU Lautaro entre el movimiento y el aparato en la historia reciente de Chile (1982–2003)

Miren Larramendi

Presentación: movimiento y aparato como clave de lectura de la experiencia lautarina

En 1992, cuando la desarticulación represiva de la organización ya se encontraba en curso, el MAPU Lautaro formuló una definición de sí mismo que puede leerse a la vez como programa y como epitafio: “Lautaro es ya para siempre movimiento haciéndose”. El mismo documento rechazaba expresamente “el sectarismo, el burocratismo y el aparatismo” que atribuía a la izquierda tradicional (MAPU Lautaro, 1992a). Pocos años después, en la Cárcel de Alta Seguridad, un sector amplio de su propia militancia dirigió contra la conducción exactamente esa crítica: verticalismo, vanguardismo e instrumentalización de las bases (Solar Domínguez, 2007).

Este artículo toma esa paradoja como punto de partida. Su tesis es que la trayectoria del complejo MAPU Lautaro, integrado por el Movimiento Juvenil Lautaro (MJL), el MAPU Lautaro y las Fuerzas Rebeldes y Populares Lautaro (FRPL), puede leerse como la historia de una tensión constitutiva entre movimiento y aparato. Esa tensión fue productiva durante el ciclo de protestas de los años ochenta, cuando la organización logró articular juventud popular, territorio, vida cotidiana y acción político-militar; se volvió crecientemente restrictiva durante la transición, cuando la especialización clandestina, la recomposición de las mediaciones institucionales y la presión coercitiva modificaron las condiciones de esa articulación; y estalló en la cárcel, donde ya no existían mediaciones territoriales capaces de amortiguarla. La reconstrucción de ese proceso no responde a un interés anticuario: interpela directamente los problemas de organización que enfrenta hoy el campo popular.

El análisis se apoya centralmente en dos interlocutores historiográficos. Nicolás Acevedo Arriaza ha desarrollado el programa de investigación más sistemático sobre la organización: reconstruyó las trayectorias de politización popular que antecedieron al lautarismo entre 1970 y 1983 (Acevedo Arriaza, 2006, 2025a), elaboró una primera aproximación de conjunto (Acevedo Arriaza, 2014), estudió la acción de la Policía de Investigaciones frente al MAPU Lautaro durante el gobierno de Patricio Aylwin (Acevedo Arriaza, 2013, 2023) y examinó las representaciones de la militancia de mujeres (Acevedo Arriaza, 2025b). Igor Goicovic, por su parte, inscribió a la organización en la historia larga de la violencia política en Chile (Goicovic, 2014, 2020) y formuló la tesis más influyente sobre su desenlace: la rápida derrota de las organizaciones insurgentes durante la transición se explicaría por la combinación entre eficacia represiva y pérdida de base social (Goicovic, 2010). Acevedo permite explicar de dónde provenían los sujetos y tradiciones que convergieron en Lautaro; Goicovic, por qué esa experiencia fue derrotada. Este artículo se sitúa entre ambas perspectivas y formula la pregunta que queda abierta entre ellas: cómo se produjo históricamente la pérdida de inserción social y qué relación mantuvo con las transformaciones internas de la propia organización.

A esos aportes se suman los trabajos de Pedro Rosas Aravena sobre prisión política, identidad y subjetividad del proyecto lautarino (Rosas Aravena, 2004, 2008, 2022), de Ivette Lozoya sobre la derrota de la vía revolucionaria en los noventa (Lozoya, 2012), de Luis Briseño Ramírez sobre la cultura militante juvenil (Briseño Ramírez, 2012) y las investigaciones antropológicas de Karla Aliste Vega (2017) y Francisco Solar Domínguez (2007), basadas en testimonios de exmilitantes. El corpus primario incluye documentos políticos de la organización disponibles en el Centro de Documentación de los Movimientos Armados (CEDEMA) y materiales reunidos en el Archivo Chile del Centro de Estudios Miguel Enríquez (CEME): entrevistas a dirigentes, declaraciones y artículos de prensa militante sobre los casos Antonioletti y Apoquindo. Estos documentos se leen como intervenciones políticas situadas y no como descripciones transparentes de lo que la organización efectivamente produjo.

1982–1986: la juventud popular, el Gigante Popular y el momento creador del lautarismo

El lautarismo no surgió de una elaboración doctrinaria previa a la acción. Surgió del encuentro entre una tradición política, la del MAPU, que provenía del cristianismo revolucionario, de los debates sobre poder popular durante la Unidad Popular y de la derrota de 1973 sin haber clausurado el problema del poder (Moyano Barahona, 2009), y de una generación de jóvenes pobladores cuya politización se había producido en la experiencia directa de la dictadura (Aliste Vega, 2017). El Movimiento Juvenil Lautaro se presentó públicamente con su manifiesto de diciembre de 1982 (Movimiento Juvenil Lautaro, 1982). Meses después, la protesta nacional del 11 de mayo de 1983 ofreció a esa juventud un escenario de masas. La propia organización fecharía allí la irrupción del Gigante Popular, categoría con la que amplió el sujeto revolucionario más allá de la clase obrera industrial hacia pobladores, estudiantes, mujeres, cesantes y jóvenes excluidos de las mediaciones tradicionales de integración (MAPU Lautaro, 1992a; Rosas Aravena, 2022).

Acevedo Arriaza discute la datación que hace comenzar esta historia en 1982. En su tesina sobre el MAPU Lautaro en las protestas populares entre 1978 y 1985, publicada en el archivo del CEME, describió la emergencia de nuevas formas de hacer política como resultado de un “mestizaje político” entre prácticas heredadas de la Unidad Popular y formas comunitarias de organización surgidas bajo dictadura (Acevedo Arriaza, 2006). En Año Cero amplió esa perspectiva al periodo 1970–1983 y mostró que entre la generación de la Unidad Popular y la juventud lautarina operaron mecanismos de transmisión: memorias familiares y poblacionales, redes políticas antiguas y militantes que continuaron activos bajo dictadura (Acevedo Arriaza, 2025a). La nueva generación no recibió una doctrina intacta, sino un conjunto de problemas sin resolver acerca de una revolución derrotada. De ahí se desprende un desplazamiento explicativo decisivo: la persistencia del horizonte revolucionario no se explica solo por el rechazo de ciertos dirigentes a la renovación socialista, sino por una subjetividad popular formada en la protesta y en el territorio. Acevedo advierte, además, sobre la diversidad y en ocasiones la divergencia de las memorias de quienes participaron, lo que impide construir un relato unificado de la experiencia.

Goicovic aporta una precisión complementaria. Frente a las interpretaciones que redujeron la participación juvenil en las protestas de 1983 a 1987 a “reventones” espontáneos, sostuvo que la articulación de esa juventud con las comunidades cristianas de base y las organizaciones políticas de izquierda le otorgó centralidad estratégica y conducción política. En esa misma línea caracterizó al complejo MAPU Lautaro como una organización de origen popular y cristiano (Goicovic, 2014), formulación que evita reconstruir retrospectivamente su identidad solo desde su posterior definición marxista leninista. La obra de Gabriel Salazar ya había mostrado que la violencia política popular poseía una historicidad propia, irreductible a las explicaciones conspirativas que la atribuían a la manipulación de minorías organizadas (Salazar, 1990).

La originalidad del lautarismo no residió en la adopción de la violencia política, opción compartida por otras organizaciones del periodo, sino en la manera de concebir la relación entre acción, conciencia y organización. La documentación lautarina sitúa el origen del movimiento en las “ganas” de una juventud que percibía un “presente insuficiente” y define la conciencia como “una resultante del ir viviendo y haciendo la aventura” (MAPU Lautaro, 1992a). La formulación invierte el orden clásico de la tradición leninista: no es la teoría la que precede a la práctica, sino la práctica la que va produciendo conciencia, organización y lo que el documento llama “la nueva forma de ser y vivir”.

De esa concepción se desprendieron tres elaboraciones propias. La primera fue el combate de masas. Somos los hijos de Lautaro caracterizaba al movimiento como fuerza rebelde, fuerza de combate y fuerza insurrecta, pero vinculaba esas definiciones con la incorporación de sectores populares a experiencias de confrontación (Movimiento Juvenil Lautaro, 1984); el Manifiesto de 1985 retomó esa formulación (Movimiento Juvenil Lautaro, 1985). En el plano doctrinario, la eficacia de una acción no se medía solo por el daño infligido al adversario, sino por su capacidad para producir experiencia, organización y confianza en las propias fuerzas. La violencia debía producir política y no sustituirla. Según los testimonios de exmilitantes, las primeras acciones se realizaron con armas blancas, palos y piedras, y el componente masivo fue desde entonces un rasgo distintivo de su accionar (Aliste Vega, 2017).

La segunda fue la territorialidad. El lautarismo desplazó el foco desde el lugar de trabajo, propio de la concepción clásica de la vanguardia obrera, hacia el lugar de residencia. La documentación situaba el “teatro de la subversión revolucionaria” en “las calles y territorios, particularmente en aquellos que se han ganado el derecho a ser Bastiones” (MAPU Lautaro, 1992a). Los exmilitantes identifican entre esos bastiones a La Victoria, La Bandera, La Granja, Caro-Ochagavía, Bulnes, La Antena y Puente Alto, con una presencia que se extendía desde Coquimbo hasta Chiloé (Aliste Vega, 2017). La noción de Toma resonaba con la experiencia del movimiento de pobladores, que había hecho de la ocupación de terrenos una forma de acción colectiva y de conquista de derechos (Garcés, 2002). Las acciones que la organización denominaba “recuperaciones”, jurídicamente delitos contra la propiedad, eran presentadas como prácticas redistributivas; la noción de economía moral permite comprender esa disputa entre legalidad y legitimidad, aunque sin suponer que la comunidad compartiera necesariamente la legitimidad que la organización le atribuía (Thompson, 1971).

La tercera fue la incorporación de la vida cotidiana como campo de la política revolucionaria. El proyecto del Chile Popular se definía como “una patria modesta que rompe con la forma de vida del consumismo, prioriza en el desarrollo pleno del ser humano, y que realiza la felicidad con el trabajo y el goce de la libertad” (MAPU Lautaro, 1988, p. 33, citado en Acevedo Arriaza, 2013, p. 80). La Política de las Cosas Concretas y Útiles para el Pueblo y la Toma de lo Cotidiano sostuvieron que la revolución no podía seguir postergando la realización humana a un futuro posterior a la conquista del poder (MAPU Lautaro, 1990a, 1992b). Las necesidades materiales, el deseo, la sexualidad, la diversión y la afectividad pasaron a formar parte del territorio de disputa, precisamente porque el neoliberalismo estaba reorganizando esos mismos ámbitos. La consigna “a vivir y hacer la felicidad” condensó esa operación. Briseño Ramírez (2012) sintetizó la cultura militante resultante en una fórmula: los lautarinos fueron, a la vez, subversivos y alegres.

En conjunto, estas categorías configuraron una teoría propia de la revolución, entendida no como sistema cerrado, sino como un conjunto articulado de conceptos con los que la organización definió su sujeto (el Gigante Popular), la relación entre violencia y política (el combate de masas), la forma de acumulación de fuerza (la Toma), su horizonte (el Chile Popular), su estrategia (la Guerra Insurreccional de Masas) y la temporalidad de la transformación (la Toma de lo Cotidiano). Puede discutirse el grado en que esas categorías se materializaron; no puede sostenerse que el lautarismo careciera de elaboración política.

1986–1988: el nacimiento de las Fuerzas Rebeldes y Populares Lautaro y el aparato que crece adentro

La creación de las FRPL, entre fines de 1986 y 1987, marcó una transformación cualitativa. La diferenciación entre conducción partidaria, organización juvenil y fuerza militar especializada amplió las capacidades disponibles y permitió desarrollar operaciones que exigían mayores niveles de planificación, logística, armamento y clandestinidad. Desde la estrategia de Guerra Insurreccional de Masas, esa especialización era coherente: si el horizonte era una confrontación capaz de disputar el poder, las brigadas juveniles territoriales resultaban insuficientes como único instrumento. Goicovic (2010) subraya que la organización mantuvo, al menos doctrinariamente, una concepción en la que el componente central debía seguir siendo el movimiento social y no un aparato militar separado de él.

Conviene descartar la lectura que opone un Lautaro originariamente popular a una segunda etapa desviada hacia las armas. El aparato no fue una deformación exterior al proyecto, sino una consecuencia de su propia lógica estratégica. El problema es que la reproducción de una estructura especializada impone requerimientos propios: compartimentación, disciplina, recursos, casas de seguridad, comunicaciones, información. La sociología histórica de la violencia política ha descrito este mecanismo: Donatella della Porta (1995) mostró que la clandestinidad tiende a producir un encapsulamiento progresivo de las organizaciones armadas, cuyas prioridades se desplazan desde la movilización hacia la supervivencia del propio aparato, mientras Charles Tilly (2003) propuso analizar la violencia colectiva como resultado de interacciones entre actores, repertorios y regímenes políticos, y no de disposiciones individuales.

La doctrina lautarina era consciente de ese riesgo. Por eso reivindicaba un “privilegio muy marcado de la práctica por sobre el acceso tradicional a la teoría”, condenaba el aparatismo y se definía como “movimiento haciéndose” (MAPU Lautaro, 1992a). Pero la condena doctrinaria no neutraliza las presiones estructurales. Una organización puede formular una crítica explícita del verticalismo y, simultáneamente, funcionar de manera vertical, porque las condiciones de clandestinidad empujan en esa dirección. La distancia entre la autoimagen de movimiento y la práctica efectiva de aparato constituye la falla por donde, años más tarde, se abriría la crisis.

1988–1994: del plebiscito a la captura de Guillermo Ossandón, el terreno que se mueve bajo los pies

El plebiscito de 1988, la negociación institucional y el gobierno de Patricio Aylwin transformaron las expectativas de amplios sectores sociales y alteraron las condiciones de legitimidad en las que las organizaciones insurgentes habían operado bajo dictadura. El MAPU Lautaro rechazó interpretar ese proceso como clausura de las contradicciones que justificaban su estrategia (Goicovic, 2010): la sustitución del régimen dictatorial por un gobierno civil no modificaba el modelo económico ni eliminaba las continuidades coercitivas del Estado. Sin embargo, la acción que bajo dictadura podía inscribirse en un campo opositor amplio adquiría otro significado frente a autoridades electas. La transición produjo, en ese sentido, una fractura de legitimidades.

Simultáneamente, el ciclo de protesta declinó, las organizaciones poblacionales se debilitaron o institucionalizaron y el Estado democrático desarrolló capacidades de inteligencia y persecución que no partían de cero. Acevedo Arriaza (2013, 2023) reconstruyó, a partir del rescate de Ariel Antonioletti en noviembre de 1990 y de la respuesta de la Policía de Investigaciones, las prácticas, funcionarios y saberes policiales que atravesaron el cambio de régimen. La memoria militante registró el desenlace de ese caso, la muerte de Antonioletti por un disparo policial en la cabeza días después del rescate, como el inicio de una política de represión contra las organizaciones revolucionarias bajo el nuevo gobierno (Torres et al., 2002). Reconocer esas continuidades no implica homologar la represión de la transición con el terrorismo de Estado sistemático de 1973–1990, sino identificar qué dispositivos sobrevivieron al cambio de régimen.

El análisis relacional exige también considerar las consecuencias materiales de la violencia insurgente. El 21 de octubre de 1993, tras el asalto a una sucursal bancaria en Apoquindo con Manquehue, en el que murió un guardia de seguridad, militantes del MJL huyeron en un microbús. En el enfrentamiento con Carabineros murió un sargento, y la balacera policial sobre el vehículo dejó seis muertos más: tres militantes y tres pasajeros. La revista Punto Final calificó el episodio como un “virtual fusilamiento masivo” y responsabilizó a Carabineros por las muertes producidas en el microbús (Punto Final, 1993). El caso Apoquindo condensa la escala del conflicto en esos años: muertes de funcionarios, de militantes y de civiles ajenos a la confrontación. Esas consecuencias incidieron en las condiciones de recepción política de la organización precisamente cuando su estrategia exigía ampliar la legitimidad popular.

Los testimonios recogidos por Aliste Vega (2017) ofrecen una imagen aparentemente contradictoria de esos años. La organización contaba con mejor infraestructura y seguía creciendo en sectores estudiantiles y poblacionales; al mismo tiempo, los exmilitantes recuerdan ese periodo como un tiempo “especialmente rápido”, en el que el camino se fue haciendo “cada vez más solitario”. Ambas percepciones no se excluyen. El problema no fue necesariamente una contracción lineal de la militancia, sino una modificación de la relación entre crecimiento orgánico, inserción territorial y legitimidad política: una organización puede crecer numéricamente y, al mismo tiempo, aislarse políticamente.

En este punto la lectura conjunta de Goicovic y Acevedo resulta indispensable. Goicovic (2010) explica la derrota por la combinación entre efectividad represiva y pérdida de base social, en el marco de un pacto que garantizó la continuidad del modelo neoliberal y la impunidad de los crímenes de la dictadura. Acevedo Arriaza (2013, 2023) desciende desde esa escala estructural hacia la materialidad concreta de la coerción. Una explicación centrada exclusivamente en la represión convertiría a la organización en objeto pasivo de una fuerza exterior; una explicación centrada solo en la pérdida de legitimidad invisibilizaría la capacidad estatal desplegada activamente para desarticularla. La hipótesis que aquí se propone es que la pérdida de base social no fue un simple rechazo popular de la violencia, sino un proceso históricamente producido, en el que confluyeron la declinación del ciclo de protesta, la recomposición de las mediaciones institucionales, la presión coercitiva y el creciente peso de la estructura clandestina sobre la relación con los espacios de sociabilidad popular. La especialización permitió incrementar capacidades, pero hizo más costosa la reposición de militantes, infraestructura y redes afectadas por la persecución.

La represión desplegada entre 1991 y 1994 culminó con la captura de Guillermo Ossandón en junio de 1994 (Lozoya, 2012; Goicovic, 2014). Por derrota se entiende aquí la desarticulación de la organización como actor político-militar capaz de intervenir sistemáticamente en el conflicto, no la desaparición de sus militantes, identidades o elaboraciones. La contradicción entre movimiento y aparato no se clausuró con esa derrota: se trasladó a la cárcel.

1992–2003: de la ex Penitenciaría a la Cárcel de Alta Seguridad, donde la contradicción estalla

Buena parte de los militantes fue detenida en 1992 y recluida, tras ser torturada, en una sección especial de la ex Penitenciaría de Santiago destinada a los presos de las organizaciones político-militares; en 1994 fueron trasladados a la recién creada Cárcel de Alta Seguridad (CAS) (Solar Domínguez, 2007, pp. 19–20, 42). Concebida a partir de experiencias europeas, la CAS impuso un régimen de segregación, vigilancia permanente y visitas en locutorio sin contacto físico, que los presos políticos resistieron mediante motines, huelgas de hambre y la destrucción de los locutorios, hasta obtener en abril de 1995 un régimen de visitas sin esa mediación (Rosas Aravena, 2004).

En los primeros años de encierro, los lautarinos reprodujeron la estructura orgánica externa. Pablo Morales recuerda que “todos los lautarinos seguíamos, por ejemplo, manteniendo una vida de militantes al interior de la prisión”, una vida “regida por una férrea disciplina partidaria que involucraba una serie de aspectos, tanto de la vida política, como de la vida privada” (Solar Domínguez, 2007, pp. 42–43). Esa disciplina no impidió la convergencia con otras organizaciones: el Colectivo de Combatientes Encarcelados reunió a presos del MAPU Lautaro, del FPMR Autónomo y del MIR EGP-PL (Solar Domínguez, 2007, pp. 44–45).

La cárcel suprimió las mediaciones que, en el exterior, habían permitido procesar la tensión entre movimiento y aparato: el territorio, la calle, el reclutamiento, las tareas resueltas en la práctica. Lo que permaneció fue la estructura, ahora sin base territorial, y una conducción encarcelada junto a sus militantes que conservaba el monopolio de las decisiones. La contradicción, antes distribuida en múltiples situaciones concretas, quedó concentrada en un mismo espacio de encierro.

La crisis comenzó en 1993. Un amplio grupo de militantes cuestionó el proyecto de “Toma de la Libertad”, que a su juicio tenía que ver “con una especie de terapia grupal política más que con una posibilidad efectiva de alcanzar la salida a la calle”, y con ello se quebró la lealtad absoluta hacia la dirección (Solar Domínguez, 2007, pp. 45–46). El traslado a la CAS profundizó la divergencia. Para los disidentes, el nuevo régimen obligaba a reconocer la derrota de la organización y de su orgánica vertical; la dirección sostuvo, en cambio, la continuidad política bajo la consigna “Cárcel: bastión de combate”, según la cual la prisión sería el lugar desde donde se coordinaría el proceso revolucionario exterior (Solar Domínguez, 2007, p. 46).

En 1995 los disidentes iniciaron una “Huelga de Militancia”: dejaron de acatar las órdenes de la dirección hasta que esta discutiera sus críticas. Rechazaron la concepción de la cárcel como bastión por considerarla “hegemónica, vanguardista e instrumentalizadora” (Libelo, 1996, citado en Solar Domínguez, 2007, p. 47) y reprocharon a la dirección concebir “al pueblo, a las comunidades, a los sujetos organizados como una cantera de reclutamiento para una organización particular” (Solar Domínguez, 2007, p. 47). Esa crítica constituye el núcleo analítico de esta historia. Es, en sus términos, la misma que el lautarismo había dirigido contra la izquierda tradicional en los años ochenta. La escisión de 1995 puede leerse, así, como la expresión final de la contradicción entre aparato y movimiento: los disidentes reprocharon a la dirección exactamente aquello que la organización había reprochado a otros.

A fines de 1995, gran parte de los militantes encarcelados fue expulsada y otros abandonaron voluntariamente la organización. Los expulsados formaron primero el Colectivo Libelo, que junto a miembros del FPMR Autónomo y del MIR EGP-PL constituyó la Coordinación Independiente, y en enero de 1996 el Kolektivo Kamina Libre, definido como un colectivo de lucha que se disolvería cuando saliera el último de sus integrantes (Solar Domínguez, 2007, pp. 49, 52). Su discurso se apartó del marxismo leninismo e incorporó elementos del anarquismo y del comunismo autónomo, con una organización horizontal en la que, según Morales, “no mandaba nadie”. La ruptura no implicó, sin embargo, una renuncia al horizonte revolucionario: “A nosotros nos derrotaron la guerra insurreccional de masas, que era la estrategia político militar del MAPU Lautaro, eso fue derrotado, no fue derrotada la lucha de clases” (Solar Domínguez, 2007, pp. 51–52). El uso de la “K”, justificado como letra del mapudungun y como gesto “kontrakultural”, expresó esa reelaboración identitaria (Solar Domínguez, 2007, pp. 56–58).

La fuga de presos del FPMR desde la CAS en diciembre de 1996 disolvió la Coordinación Independiente y dio paso a un periodo de castigos y nuevas huelgas de hambre (Solar Domínguez, 2007, pp. 59–61). En 1997 el gobierno ofreció la salida del indulto condicionado a una declaración de arrepentimiento y de renuncia a la violencia política. Todas las agrupaciones aceptaron, salvo Kamina Libre: “no iríamos por la vía institucional, no sabemos por dónde, pero ese no sería el camino” (Solar Domínguez, 2007, pp. 61–62). Sus integrantes obtuvieron beneficios de salida en 2003, tras una larga serie de huelgas de hambre (Solar Domínguez, 2007, pp. 90–91).

La investigación de Solar Domínguez se construyó principalmente a partir del testimonio de integrantes de Kamina Libre, por lo que la perspectiva de la dirección requiere otras fuentes. Los documentos reunidos por el CEME permiten incorporarla parcialmente. En una entrevista de 2002, Guillermo Ossandón describió la CAS como “una prisión derrotada en cuanto a sus diseños iniciales de cárcel de seguridad antiterrorista”, negó la existencia de una división en la organización, afirmó “reconozco errores y aciertos” y calificó el rescate de Antonioletti como una acción “justa, pero no bien concebida” (Carballo, 2002). Ese mismo año, el dirigente Jaime Pinto Agloni sostenía que la libertad debía obtenerse mediante un indulto general a los presos subversivos y que a la organización no le interesaban “fórmulas de solución individual” (Jacinto, 2002). Ossandón y Juan Aliste Vega elaboraron además, durante la segunda mitad de los noventa, el manuscrito Acerca del vértigo subversivo de una estirpe vagabunda (Aliste Vega y Ossandón Cañas, 1994–1998), que Ossa Fernández (2020) analizó como testimonio carcelario de la transición. La pregunta que deja la cárcel, en todo caso, no depende de establecer qué fracción tenía razón en cada disputa, sino de un problema estructural: qué ocurre con una organización cuando ya no puede apoyarse en el movimiento que la justificaba y solo conserva su aparato.

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