
Texto publicado originalmente en revista Marxian@s. Revista Marxian@s comenzó a publicarse en abril de 2002 en Estocolmo, Suecia. Su comité editorial estaba compuesto por compas exiliados de Argentina, Colombia, Perú, Bolivia, Uruguay y Chile
Roberto Córdova
Estocolmo, junio 2006
Primer tiempo
La primavera europea fue iluminada por un sol de cuero inflado que nadie pudo ignorar.
Miles y miles de feligreses se desplazaron al corazón del mundo, al epicentro de las pasiones, a las santas sedes del deporte superstar.
Allí, donde esas multitudes se dieron cita, por un mes, no hubo guerras que valiesen, injusticias que contasen, ni humanidades que considerar.
Allí, en las catedrales de verdes alfombras, la gloria o la desdicha, el éxtasis o la frustración, la ansiedad y la angustia, se resolvían en noventa minutos (a veces con alargues), a expensas de 22 individuos absolutamente individualizados (de los que se espera -joder- la mejor expresión colectiva), y al arbitrio de tres señores de los que sólo conocíamos sus nombres y su países de origen.
Todos ellos -y millones a través del mundo- pendientes y dependientes de un elemento llamado balompié.
Y es que la magia de los medios de comunicación, donde la televisión es la reina indiscutida, no solo reproduce realidades, sino que las crea.
Es así que llegamos a un punto en que los productores de tv piensan por nosotros, los directores ven por nosotros, los reporteros escuchan por nosotros y los relatores hablan por nosotros. ¿Qué nos queda entonces a nosotros? Sentir.
Sentir que podemos ser un colectivo detrás de flameantes colores. Nunca la patria logra unir más a sus hijas e hijos que cuando juega la selección. Y aunque los estadios reproducen la estratificación de clases en galerías, tribunas y palcos, al momento del gol somos un solo grito de euforia o amargura, una sola identidad que conmueve, incluso, a quienes no gustan de estas correrías.
Sentir que podemos ser solidarios con algún país vecino; por ejemplo, cuando nuestra selección no ha clasificado para la cita mundial. ¿Se han fijado en cómo nos sale el latinoamericano que llevamos dentro cada vez que sucede lo anterior?
Sentir que por algunos minutos podemos olvidarnos de lo que (nos) ocurre fuera de la cancha. La única angustia que sentimos entonces es que no nos metan un gol; la única pena posible, que quedemos eliminados.
Sentir que nuestras capacidades intelectuales se despliegan en cada una de las pláticas que por esos días dominan las comunicaciones humanas. Incrementamos nuestra capacidad de memoria: nombres de jugadores, marcas de avisadores, entrenadores, marcas de avisadores, árbitros, marcas de avisadores, etc. Profundizamos nuestros conocimientos geográficos: por lo menos ahora sabemos que Costa de Marfil, Ghana, Angola, Togo y Túnez quedan en África; ya nos enteraremos luego de que todos estos países fueron hasta hace no más de cincuenta años colonias de portugueses, franceses e ingleses, y como tal fueron saqueados y reprimidos, dejándolos en la más cruda miseria y marginalidad. Ejercitamos nuestros conocimientos matemáticos: cálculos de puntajes comparados, diferencias de goles, posibilidades matemáticas de clasificación, variables en las acumulaciones de tarjetas y suspensiones, etc. Practicamos nuestras habilidades lingüísticas: ahora podemos pronunciar sin ningún problema nombres como el del alemán Schweinsteiger, del ucraniano Dmytro Chigrynskiy, del japonés Keisuki Tsuboi o del árabe saudita Ahmed Al Bahri.
Al fin de cuentas, el fútbol no es puro sentimiento; subyacen en la relación que establecemos con el deporte rey una racionalidad y una lógica de las que no siempre nos percatamos, pero que, afortunadamente, la FIFA y los ejecutivos de ciertas empresas siempre tienen en cuenta, para nuestro bienestar, por supuesto.

Segundo Tiempo
Viernes 2 de junio de 2006. Estadio Råsunda de Estocolmo. 20.00 horas. Amistoso Suecia v/s Chile.
Tengo dos entradas reservadas desde hace un par de meses para lo que promete ser una fiesta.
Al mediodía de ese viernes, regreso a casa en la línea roja del metro. Veo los primeros movimientos.
Llegando a la zona donde nos concentramos la mayoría de los habitantes extranjeros, de Skärholmen a Norsborg, el movimiento crece.
Debo regresar al trabajo a eso de las cuatro de la tarde. En dirección al centro de la ciudad, decenas de banderas tricolores, de caras tricolores, de ánimos tricolores.
Sonrío ante el espectáculo. Me preocupo por mis cálculos de hora para salir en dirección a Råsunda.
A las seis en punto, como acordamos, me subo al auto del Cefe. En cinco minutos estamos en la E-4.
Es una hora de alto tráfico en Estocolmo, inclusive en la carretera. Nos adelanta una camioneta colmada de jóvenes eufóricos: ce-hache-i…chi, ele-e…le…chi-chi-chi, le-le-le…viva chi-le.
Los vehículos se multiplican conforme nos acercamos al estadio. En las cercanías del mismo, me bajo para ubicar a Rubén, que tiene mis entradas. Ceferino se va en busca de lo imposible: un estacionamiento.
Cientos, miles de personas, en las inmediaciones del recinto deportivo. ¡Todos chilenos! O al menos, eso pareciera. Debo reconocer que me siento incómodo por formar parte de la minoría que no lleva ni banderas, ni pintura en la cara, ni chapitas, ni poleras, ni gorros, ni nada que nos identifique con la patria; con esa patria que un puñado de jóvenes corajudos venidos de abajo (en la doble acepción de la palabra) nos viene a evocar en las postrimerías de una primavera escandinava.
Como mi teléfono móvil no funciona, una amiga que no veía hace años y que esperaba no sé qué junto a su grupo me facilitó el suyo. Pude, entonces, ubicar al amigo de las entradas.
Una vez dentro del estadio, en el sector detrás del arco en donde se encontraba la mayoría de la barra chilena, intenté ubicar a los compañeros con los cuales se suponía que desplegaríamos algunos lienzos y vocearíamos ciertos cánticos denunciando al gobierno de Chile y su política neoliberal y represora. Imposible. Estaba, cuarenta y cinco minutos antes del pitazo inicial, completamente lleno dicho sector.
Con mi grupo, quedamos en la parte más alta de la gradería, lo que representaba, en cierta medida, una ventaja, puesto que me permitía tener una panorámica no solo del partido, sino de lo que ya, a esas alturas, me parecía lo verdaderamente interesante: el público.
Por cierto, el estadio fue completamente rojo (color de la camiseta de Chile), hasta escasos minutos antes de iniciarse el pleito; momento en que los suecos completaron el mosaico que serviría de marco a los contendientes.
Un hombre con su mujer e hijos, enarbolando sus cuatro entradas, logra abrirse paso hasta el corazón de la torcida chilena. Reclama por sus asientos numerados a unos acalorados y compactos barristas. Que se ubique en otro lado, le dicen. Que estamos en Suecia, que aquí se respetan las localidades, replica el padre de familia. Que se equivoca, que este pedazo de estadio, ahora, es territorio liberado, sentencia el barrista mientras agita al viento su polera.
Sale la selección chilena al campo de juego. El estadio está repleto. La euforia alcanza su punto más alto.
Gritos, cánticos, casi la histeria. Voy asimilando con cierto retardo los acontecimientos. Demasiados factores conjugándose. A mi lado, la familia completa de mi amigo; cuñado sueco incluido. Éste y su hijo, mitad chileno, mitad sueco son los únicos que desafían a la masa roja saltando y gritando ¡gooool! Cuando nos encajan el 1 a 0. Observo los rostros descompuestos de los hijos y hermanos de mi amigo. Les afecta más que a mí; en circunstancias que los más viejos llevan casi treinta años por estas tierras y sus hijos son todos nacidos aquí. Me siento al borde de la traición a la patria.
En la cancha, los jóvenes de abajo tienen contra las cuerdas a uno de los representantes del primer mundo que está a punto de debutar en el mundial. Tanto es así que Chile hace el gol del empate. La locura se desata. Esto no parece un partido amistoso, intrascendente. En la cancha y en las graderías se está jugando algo más, no sé qué, pero es importante, al menos para los presentes.
El partido termina empatado; no obstante, los suecos se van cabizbajos, rapidito, jugadores y público.
El equipo chileno se queda un largo rato. Saludan a las barras de los cuatro puntos cardinales. La masa no quiere irse. Cuando logramos salir del estadio, nos percatamos de que la fiesta va para largo. Uno va saludando a esos amigos que no veía hace tiempo, pero al final termina saludando a medio mundo.
Bombos, cajas y cuanto sirve para meter bulla, acompañan a los festejantes. Insisto: nadie quiere irse. Es como si por unos instantes no hubiese diferencias de ningún tipo y lo único importante fuese celebrar ese encuentro.
Estoy pensando en esto cuando alguien me toca el hombro, alguien con quien,precisamente, tengo diferencias políticas.
—¡¡Hola!!-, me saluda efusivo y afónico. -Cómo estai?
—Bien, bien…¿y tú?- respondo.
—Bien, también… Sabis, lo único que me queda claro es que la integración no funciona-, me dice despidiéndose, para luego seguir su camino rumbo al carnaval.
Y ahí me quedé yo, intentando comunicarme por teléfono y reflexionando acerca de la patria, la integración y por qué los teléfonos celulares no funcionan cuando uno está en medio de una masa.


