Las formas del capital y las perspectivas programáticas hoy

Javier Zúñiga

Introducción

En el escenario político actual se presentan múltiples diagnósticos. La crisis ecológica, la precarización del trabajo, la desigualdad persistente y la transformación tecnológica aparecen como problemas diferenciados, abordados desde lenguajes o campos políticos que rara vez se comunican entre sí. La política oscila entre la administración, muchas veces defectuosa e impotente, de estos fragmentos y la búsqueda de respuestas inmediatas que no alcanzan a recomponer una visión de conjunto. En ese contexto, reaparece una pregunta que ha cruzado el pensamiento de izquierda al menos los últimos veinte años: cómo pensar la sociedad y sus conflictividades como una totalidad sin borrar su complejidad.

Al respecto, para ser sintético, quisiera simplemente sugerir un retorno a los clásicos, en particular a una obra de Marx. No es, por cierto, el único camino posible en la coyuntura y acaso tampoco el más urgente, pero creo que podría entregar algunas claves de interpretación que alimenten reflexiones estratégicas y programáticas. En particular mi invitación propone una serie de entradas de lectura al primer tomo de El capital de Karl Marx en esa dirección. No se trata de restituir un sistema teórico cerrado ni de ofrecer un marco interpretativo único. La apuesta es más acotada y, a la vez, quizás más ambiciosa: recuperar ciertos ejes que permitan utilizar ese texto como herramienta para interrogar el presente, en particular desde el punto de vista de la práctica y educación política y la investigación crítica.

Forma valor

El primero de estos ejes concierne a la forma valor. La lectura de El capital permite adentrarse en una dimensión de la vida social que no se reduce a la economía en sentido estrecho. El valor no designa simplemente una magnitud que se expresa en los precios, en el intercambio de mercancías, sino una forma social que articula los trabajos en una sociedad donde estos se realizan de manera privada e independiente. La conexión entre los productores no ocurre mediante una decisión colectiva consciente, sino a través de la equiparación de sus productos en el intercambio.

Esta forma de mediación implica una consecuencia fundamental. Lo que aparece en la superficie social no es un velo que encubre una verdad más profunda que bastaría con revelar. La apariencia misma participa de la organización de la vida social. Los precios, el dinero, el salario, la igualdad formal entre el poseedor de capital y el poseedor de fuerza de trabajo, entre otras, no son ficciones que distorsionan una realidad subyacente. Son formas eficaces que permiten que esa realidad funcione. La crítica entonces no puede limitarse a denunciar un engaño, una corrupción, una simple ideología. Requiere comprender las condiciones bajo las cuales esas formas adquieren validez y se reproducen.

En ese marco, el fetichismo de la mercancía adquiere un sentido más preciso que el simple encubrimiento del secreto detrás de la mercancía. No remite a una ilusión de la conciencia, sino a un modo específico en que las relaciones sociales se presentan y operan. Las relaciones entre personas se expresan como relaciones entre cosas, y esa forma no es accidental. Permite que una sociedad de productores privados coordine sus actividades sin una instancia central que las organice. La objetividad de estas relaciones no depende de la creencia de los individuos. Se impone a ellos como una estructura práctica, efectiva históricamente. No lo sabemos, pero lo hacemos.

La consecuencia política de este enfoque presente en El capital es que si las formas sociales poseen esa consistencia, la crítica no puede descansar en la denuncia moral ni en la identificación de responsables individuales. Tampoco basta con oponer una voluntad transformadora a un conjunto de actores considerados dominantes. El capital no se agota en la figura de los capitalistas. Designa un movimiento de valorización que organiza prácticas, instituciones y relaciones. Las personas participan de ese movimiento en tanto portadoras de funciones sociales. La transformación de esas relaciones requiere entonces intervenir en las condiciones que hacen posible su reproducción, no solo en quienes las encarnan.

Este punto ofrece una línea argumentativa para pensar las limitaciones de ciertos enfoques contemporáneos. La tendencia a personalizar el poder o a reducir la crítica a la denuncia de élites pierde de vista la densidad de las formas sociales. Al mismo tiempo, la confianza en soluciones puramente voluntaristas desconoce la inercia de estructuras que no dependen de decisiones individuales. La lectura de El capital introduce una exigencia de rigor que desplaza estas simplificaciones.

Temporalidades sociales

Un segundo eje se abre en torno a la temporalidad social. El análisis del valor remite de manera inmediata al tiempo de trabajo. Sin embargo, este no puede entenderse solo como una medida cuantitativa. Se trata de una forma social que organiza la actividad humana. El tiempo socialmente necesario presente en el valor de las mercancías establece una equivalencia entre trabajos distintos, reduciéndolos a una magnitud común. Esta operación no es meramente conceptual. Se realiza en la práctica social y estructura la producción y la circulación.

La generalización de esta forma temporal produce efectos profundos. Actividades cualitativamente diferentes se vuelven comparables bajo un mismo patrón. El trabajo se presenta como gasto de energía humana indiferenciado. La riqueza social se mide en función de esa abstracción social. La vida cotidiana se organiza en torno a ritmos que responden a esta lógica. La jornada laboral, la intensificación del trabajo y la disponibilidad permanente o la ubicuidad de la atención no constituyen fenómenos aislados. Expresan una forma de temporalidad que tiende a imponerse como dominante.

Esa dominancia, no obstante, no implica homogeneidad absoluta. En la vida social coexisten múltiples temporalidades. Persisten ritmos que no se ajustan completamente a la medida del valor, ya sea en prácticas comunitarias, en actividades de cuidado o en dinámicas ecológicas. Estas temporalidades entran en tensión con la forma abstracta del tiempo social del capital, de la valorización del valor. La fricción entre ellas constituye un campo de conflicto que atraviesa tanto la producción como la reproducción de la vida y se requiere poner atención a cómo esto está constituyendo uno de los ejes de la situación política actual.

Por ejemplo, la relación con la naturaleza permite apreciar con claridad este problema. La lógica de la valorización tiende a subordinar los procesos naturales a sus propias exigencias. Los ciclos ecológicos, con sus ritmos específicos, son reorganizados en función de la producción de valor. Esta subordinación no se limita a la explotación de recursos. Implica una transformación profunda del metabolismo entre sociedad y naturaleza. La crisis socioambiental puede leerse desde esta perspectiva como el resultado de una temporalidad que abstrae la materialidad sobre la cual se sostiene.

Pensar políticamente en este terreno exige ampliar el campo de intervención política y el ámbito de las reflexiones teóricas. La disputa actual no se reduce a la distribución de ingresos o a la propiedad de los medios de producción o solamente al entendimiento estrecho de las contradicciones entre capital y trabajo. Atraviesa en cambio la organización del tiempo social. La reducción de la jornada laboral, la redefinición de los ritmos de trabajo y la protección de los ciclos naturales forman parte de un mismo problema. Intervenir en estas dimensiones supone cuestionar la forma en que el valor estructura la temporalidad de la vida social y natural.

Trabajos sociales

El tercer eje concierne a la configuración del trabajo social y a las posibilidades de articulación política. La lectura de El capital nos muestra que el trabajo no constituye una realidad homogénea. Existen formas diversas que cumplen funciones distintas en el proceso social. El trabajo que produce valor, el trabajo que sostiene la reproducción de la vida y aquel que aparece como excedente en relación con las necesidades del capital conforman un campo heterogéneo.

Esta heterogeneidad no implica tampoco una dispersión absoluta o una relativización de la importancia de cada tipo de trabajo. Lo que El capital nos plantea es simplemente que todas estas formas de trabajo se encuentran organizadas por el mismo proceso social. Incluso aquellas que no producen valor participan de las condiciones que hacen posible su existencia. El trabajo reproductivo, por ejemplo, sostiene la fuerza de trabajo. La población sobrante para el capital presiona sobre el mercado laboral y afecta la dinámica de los salarios. Con todo, la unidad no se presenta de manera inmediata en la experiencia de los sujetos, pero se encuentra en la estructura que los vincula.

La relación entre capital, trabajo, Estado y reproducción social puede pensarse en este marco. No se trata de esferas separadas que interactúan externamente. Cada una de ellas expresa dimensiones de un mismo proceso. El Estado interviene en la regulación del tiempo de trabajo, en la organización (o no) de los sistemas de cuidado y en la gestión de la población (migración, pensionados, cárceles, etc.). Estas intervenciones no se sitúan fuera del capital. Forman parte de las condiciones que permiten su reproducción.

Desde el punto de vista político, este enfoque plantea un desafío. La fragmentación de las luchas refleja la diversidad de posiciones dentro del proceso social. Sin embargo, una estrategia que se limite a esa fragmentación corre el riesgo de reproducirla. La cuestión consiste en pensar formas de articulación política y social que reconozcan la heterogeneidad sin perder de vista la unidad que la sostiene. Esta unidad no se impone como una identidad dada, no es voluntarista, subjetivista o cualquier otro derivado. Se construye en la medida en que las distintas posiciones logran reconocerse como parte de un mismo proceso social y orientarse en función de esa comprensión: es factible reconocer como punto de partida el capital, pero no como una entelequia discursiva, sino como un sustrato social concreto que configura nuestras experiencias de clase.

Las condiciones de emergencia de un sujeto antagonista al capital no pueden situarse entonces fuera de este marco. No provienen de una exterioridad pura ni de una voluntad que se afirme al margen de las relaciones existentes. Esas condiciones de emergencia se juegan en la capacidad de intervenir en las formas que organizan la vida social. Ni más ni menos. La articulación política adquiere así un carácter específico, hoy ya no tiene mayores rendimientos para la izquierda articular por articular o unir por unir. Este camino, considero, no consiste en sumar demandas, sino en establecer entre ellas conexiones que permitan actuar sobre las determinaciones sociales comunes.

Cierre

Leer El capital en el presente adquiere más sentido todavía cuando nos gobiernan fuerzas de extrema derecha y el campo de la izquierda está difuso e incluso sin horizontes. Leer esta obra no como fuente de respuestas definitivas, sino como ejercicio que permite formular problemas con mayor precisión. Porque estamos en un momento en que la militancia, la producción intelectual y la reflexión crítica buscan recomponer una mirada de conjunto sobre la sociedad, volver sobre estas categorías no responde a una inquietud erudita. En cambio, volver a los clásicos, así como a cualquier obra que nos permita pensarnos y esclarecernos, responde a la necesidad de comprender las formas que organizan la vida social y que, al mismo tiempo, delimitan el campo de lo posible.

La discusión sobre el valor, el tiempo y la organización del trabajo no pertenece a un registro académico separado de la práctica. Se inscribe en cambio en las tensiones de una época que exige repensar las condiciones de articulación política y los horizontes de transformación. En ese terreno, la lectura de El capital puede operar como una herramienta tal vez compleja de leer en primera instancia, pero su lectura colectiva y creativa nos puede acompañar en la apertura de nuevos caminos.

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