
Jorge Alis
Ser lo que somos… o pelear por lo que podríamos ser.
Ahí está la grieta. Ahí empieza todo.
Porque nos enseñaron a aceptar.
A adaptarnos.
A no incomodar.
Nos dijeron: “tranquilo, así funciona el mundo”.
Y en ese “así funciona”… nos domesticaron.
Seguimos siendo oprimidos, pero con WiFi.
Controlados, pero entretenidos.
Cansados, pero productivos.
Y mientras más fuerte gritan “libertad”…
más perfecta se vuelve la jaula.
La esclavitud ya no tiene cadenas visibles,
ahora es sutil…
es un reflejo en el espejo.
Es esa voz que te dice: no te metas, no cambies, no luches.
Nos dividieron.
Nos fragmentaron.
Nos hicieron creer que el otro es el enemigo.
Y así… triunfaron.
Como si lo hubiera anticipado Pitágoras…
el orden perfecto no está en el caos,
está en cómo organizan el control.
Sistema.
Burocracia.
Pobreza estructural.
No es casualidad.
Es diseño.
Matan la rebeldía cuando somos jóvenes,
la censuran, la ridiculizan, la agotan.
Después nos entregan al cansancio…
a la rutina…
a la resignación.

Un sistema que no necesita rejas,
porque ya nos enseñó a no escapar.
Y desde arriba…
como drones…
nos observan.
Se alejan, toman distancia…
y se ríen.
Se ríen de los pobres.
De la desigualdad.
De nosotros.
Se ríen…
y nosotros seguimos trabajando.
Se ríen…
y nosotros seguimos compitiendo entre nosotros.
Se ríen…
y nosotros seguimos creyendo que el problema es el de al lado.
Entonces la pregunta vuelve:
¿para qué es el cielo?
¿para qué es el mar?
¿para qué este sol que nos alumbra…
si ni siquiera somos capaces de abrazarnos?
Porque quizás la verdadera opresión
no es lo que nos hacen…
sino lo que dejamos de hacer entre nosotros.


