EL FUEGO BAJO TIERRA:Poder Popular, Lucha de Clases y Campo Revolucionario

Por Cristián F.
Fundación Miguel Enríquez (FME)

I. Un resultado esperado, un desafío nuevo

En diciembre de 2025, José Antonio Kast ganó la presidencia de Chile con el 58% de los votos. Para quienes llevamos años analizando la correlación de fuerzas real del país, el resultado fue un golpe duro pero no una sorpresa. Fue la consumación visible de un proceso que llevaba tiempo gestándose: la cristalización de una ofensiva reaccionaria que el movimiento popular no logró detener, en parte porque estaba ya demasiado desarticulado, en parte porque una fracción significativa de la izquierda eligió administrar las energías de la revuelta en lugar de profundizarlas.

Chile no es un caso aislado: es el último eslabón visible de una cadena continental que incluye a Milei en Argentina, el trumpismo como horizonte ideológico global y la expansión de redes ultraconservadoras transnacionales que operan con financiamiento, cuadros y marcos discursivos elaborados. La reacción ya no responde defensivamente al avance popular. Es un proyecto ofensivo, coordinado, con base social real y agenda de largo plazo.

Nombrar esto con claridad no es pesimismo: es el primer gesto político serio. El campo revolucionario tiene una tendencia a oscilar entre la euforia de los períodos de ascenso y el estupor de los golpes. Ninguno de los dos estados favorece el análisis. Lo que el momento exige es algo más difícil: leer la derrota táctica sin internalizarla como destino, entender qué falló sin convertir la autocrítica en parálisis, y construir desde las condiciones reales y no desde las que quisiéramos tener.

Hay una pregunta que el campo revolucionario rara vez se formula con la honestidad que merece: ¿en qué medida los golpes o derrotas que sufrimos vienen del adversario y en qué medida las producimos nosotros mismos? La intervención imperialista es real. La traición del reformismo es real. Pero también es real la tendencia a gastar más energía en la propia afrenta interna que en construir poder efectivo, a repetir certezas heredadas en lugar de revisarlas a la luz de la experiencia, a confundir la solidez teórica con la rigidez dogmática. El pensamiento que no se cuestiona a sí mismo termina siendo ideología: ropaje que justifica lo que ya se cree en lugar de herramienta para entender lo que ocurre.

II. De la revuelta a la domesticación institucional

El octubre de 2019 fue una irrupción. Durante semanas, el pueblo chileno demostró una capacidad de movilización, creatividad política y rabia acumulada que nadie esperaba. Las plazas ardían. Las asambleas territoriales germinaban en cada esquina sin pedir permiso a ningún partido. Había en ese momento algo que Guy Debord reconocería sin dificultad: la irrupción de la vida real sobre el espectáculo. Debord describió el espectáculo no como un conjunto de imágenes sino como una relación social entre personas mediatizada por imágenes, una forma de separación total que convierte la existencia vivida en representación contemplada1. Octubre fue, por unos días o semanas, la negación práctica de esa separación: gente que dejaba de ser espectadora de su propia vida y se constituía en protagonista colectiva de ella.

Una parte importante del campo revolucionario nunca tuvo ilusiones respecto al proceso constituyente que siguió. El Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución, firmado en noviembre de 2019 por casi toda la izquierda institucional, fue exactamente lo que parecía: un mecanismo diseñado para canalizar la energía popular hacia un cauce controlado y extinguirla sin transformar la estructura político-económica. Fue la reinstauración del espectáculo sobre la irrupción: devolver al pueblo el papel de espectador luego de haberlo desempeñado brevemente como fuerza principal. No fue traición en el sentido de una desviación inesperada: fue la lógica propia de una izquierda moderada que desde hace décadas ha sustituido la lucha de clases por la acumulación de cargos institucionales.

Lo dijimos entonces y los hechos nos dieron la razón. La energía de octubre no cabía en una convención constitucional. Necesitaba organización territorial, formación militante, articulación de un proyecto político independiente del Estado. En cambio, se la invitó a convertirse en mero voto; invitación secundada por algunas franjas y colectivos también supuestamente del campo revolucionario.

La izquierda gubernamental de Boric completó el ciclo: militarizó el Wallmapu con el mismo decreto de excepción que había criticado, adoptó el lenguaje xenófobo de la derecha en materia migratoria, prometió cambios y entregó continuidad. Mientras tanto, la pobreza llegó al 22,3% según la Casen de 2025; un niño de cada dos experimentó inseguridad alimentaria2. El reformismo no traiciona por maldad; sigue su naturaleza, porque su posición de clase lo empuja inexorablemente hacia la conciliación cuando la presión popular se debilita.

III. El poder popular y la crítica del programatismo

El concepto de poder popular ha sido vaciado por el uso retórico. Se lo aplica a casi cualquier cosa: una feria solidaria, un colectivo de arte, un programa gubernamental con nombre bonito. Recuperar su contenido político preciso exige confrontarlo no solo con la tradición revolucionaria latinoamericana, sino también con las críticas más agudas que el pensamiento revolucionario ha formulado al marxismo programático clásico.

La perspectiva comunizadora, cuya elaboración más sistemática encontramos en Théorie Communiste y en la revista Endnotes, plantea una crítica fundamental al llamado “programatismo”: la concepción según la cual la revolución consiste en que el proletariado toma el poder, afirma su identidad como clase trabajadora y administra la transición hacia el comunismo desde el Estado conquistado3. Para la teoría de la comunización, esa concepción reproduce precisamente lo que dice combatir: mantiene intacta la separación entre los productores y los medios de producción, fija la identidad proletaria como horizonte positivo en lugar de disolverla, y aplaza indefinidamente la abolición de las relaciones de producción capitalistas. Es precisamente ahí donde reside la explicación del inevitable retorno capitalista en todas las transiciones realmente existentes, y no en el simplismo analítico de la “desviación burocrática” que argumenta el marxismo-leninismo.

Esta crítica es incómoda para la tradición mirista, y precisamente por eso vale tomarla en serio. No para abandonar esa tradición, sino para enriquecerla. Miguel Enríquez planteó que la acumulación de fuerzas del pueblo solo puede asegurarse en el desarrollo de organismos de masas que construyan un poder popular alternativo al orden burgués e independiente del gobierno4. La pregunta que la comunización le hace a esa formulación es: ¿alternativo e independiente en qué sentido? ¿Independiente del gobierno de turno, pero aún inscrito en la lógica de la forma-Estado, la forma-valor y la relación salarial? ¿O verdaderamente exterior al orden del capital en sus dimensiones más profundas? Ciertamente, el mirismo jamás resolvió este debate.

No respondemos esa pregunta con una fórmula. La respondemos con la práctica concreta. Pero formularla es ya un avance teórico necesario. El poder popular que buscamos no es la autogestión del trabajo asalariado ni la administración popular de la miseria: es la construcción de relaciones sociales que prefiguren la abolición de la mercancía, el salario y el Estado. Como señala Endnotes en su análisis de los ciclos de lucha contemporáneos, las revueltas del siglo XXI tienden a desbordarse más allá de las identidades de clase fijas, operan desde la reproducción social tanto como desde la producción, y apuntan a una transformación de la vida en su totalidad que el marxismo programático clásico no sabía cómo articular teóricamente5.

Aquí la tradición situacionista aporta una categoría crucial: la revolución de la vida cotidiana. Raoul Vaneigem lo formuló sin rodeos: la miseria de la vida cotidiana no es el complemento del espectáculo político sino su fundamento mismo6. La dominación capitalista no opera solo en la fábrica y en el Estado; opera en el tiempo libre colonizado por el consumo, en las relaciones afectivas mercantilizadas, en la separación de las personas de su propia experiencia vivida. Una política revolucionaria que no toca la vida cotidiana, que no transforma las relaciones entre militantes, el modo de habitar el territorio, las formas de cuidar y ser cuidados, es una política que deja intacto el núcleo de la dominación.

Y la vida cotidiana más colonizada, la que carga con el trabajo reproductivo invisible que sostiene todo lo demás, es la de las mujeres y las disidencias. Una organización que reproduce jerarquías de género en su interior, que trata la lucha antipatriarcal como materia secundaria o como área especializada, está reproduciendo en su propio cuerpo la lógica que dice combatir. La emancipación no puede ser parcial: una revolución que libera la clase pero no los cuerpos, que socializa la producción pero no desmonta el patriarcado, no es una revolución sino un cambio de administración.

Aquí está, entonces, la clave teórica que intuimos y buscamos: el poder popular es simultáneamente medio y fin, pero su contenido no puede limitarse a la acumulación de fuerza para la toma del poder. Tiene que ser la construcción presente de relaciones sociales que excedan la lógica del capital: formas de producción no mercantil, de cuidado no patriarcal, de decisión no jerárquica, de vida no espectacular. No como utopía aplazada sino como práctica cotidiana que modifica la realidad en la que ocurre.

IV. La ofensiva reaccionaria: espectáculo y hegemonía

El gobierno de Kast no es solo un giro electoral. En el nivel económico, apunta a completar lo que Pinochet inició: destrucción de los mediocres resguardos del Estado social, profundización de la precarización del trabajo, desmantelamiento de derechos colectivos. En el nivel represivo, el discurso de “orden y seguridad” es la cobertura para la criminalización de la protesta, la persecución del movimiento mapuche y la restricción sistemática del espacio político. Dicho de otro modo: más Estado policial y estrategia de contrainsurgencia.

Pero la operación más eficaz de la ultraderecha contemporánea es ideológica, y conviene leerla en dos dimensiones: gramsciana y debordiana a la vez. En términos gramscianos, la derecha ha construido hegemonía cultural relativa entre sectores que objetivamente deberían estar del otro lado7. Logró que el miedo a la inseguridad, miedo real, producido por las condiciones del capitalismo periférico, fuera canalizado contra los migrantes, los mapuche, los “comunistas”, en lugar de contra el sistema que produce esa inseguridad.

En términos situacionistas, esa operación es posible porque el espectáculo ha colonizado tan profundamente la experiencia social que la política se consume como imagen antes que como práctica. La rabia popular no desaparece: se espectaculariza. Se convierte en indignación que circula en redes, en identificación emocional con figuras que encarnan el rechazo al “sistema” sin tocarlo. Kast, Milei y Trump no son fenómenos de irracionalidad popular: son la gestión racional del malestar que el propio capital produce, procesado a través de la lógica del espectáculo.

Romper esa doble operación no ocurre con declaraciones de principios ni con contraimágenes en redes sociales. Ocurre con presencia orgánica en los territorios, con la construcción de experiencias que excedan la lógica de la representación, con la demostración práctica y cotidiana de que la vida organizada colectivamente es cualitativamente distinta de la vida administrada por el capital. Ocurre también desde un horizonte que reconoce que la dominación tiene cuerpos específicos sobre los que se ejerce con mayor brutalidad y territorios que despoja con mayor impunidad. La lucha del pueblo mapuche por la defensa de la tierra y el territorio no es un caso regional de lucha de clases: es una impugnación frontal del fundamento mismo sobre el que se asientan la propiedad privada y el extractivismo que la sostiene.

V. El adversario avanza y el movimiento popular tiene trabajo que hacer.

La primera tarea es cuidar lo que existe. No toda organización sobrevive a un ciclo de ofensiva reaccionaria, y las que sobreviven no lo hacen por azar: lo hacen porque alguien decidió que valía la pena pelear por su continuidad cuando todo empujaba hacia la dispersión. Concentrar fuerzas, establecer articulaciones mínimas, proteger los espacios de formación y los vínculos militantes no es conservadurismo: es la condición de cualquier acción futura. Daniel Guérin lo sabía cuando documentó la resistencia del movimiento obrero francés frente al fascismo: la organización que sobrevive a la derrota no es la más heroica sino la más disciplinada en proteger su capacidad de actuar8. Aquí no se trata de mantener estructuras por inercia burocrática, sino de preservar los nudos desde los cuales se puede volver a tejer.

La segunda tarea es la más urgente y la más difícil: volver al territorio con los pies descalzos. No con el programa bajo el brazo, no con la certeza de quien llega a enseñar, sino con la disposición de quien llega a aprender y a poner el cuerpo junto al que ya está poniendo el suyo. El zapatismo lo formuló con una precisión que ningún texto teórico supera: el primer acto revolucionario del EZLN fue callar y escuchar. Durante años, antes del alzamiento, los cuadros urbanos aprendieron a callarse frente a las comunidades indígenas, a entender que no llegaban a liberar sino a acompañar una lucha que ya existía antes de que ellos llegaran9. Ese gesto, aparentemente simple, es en realidad la ruptura más radical con el vanguardismo: reconocer que el pueblo no necesita ser educado en su propia opresión porque la vive, y que la organización revolucionaria no tiene valor en sí misma sino en la medida en que potencia lo que ya existe desde abajo.

Basificarse en el territorio significa estar en la población cuando no hay movilización, no solo cuando hay barricadas. Significa construir el vínculo en la cotidianidad, en el problema del agua, en la feria, en el espacio donde se juntan las mujeres que ya están organizando sin llamarlo política. El movimiento sin esas raíces es un ejército sin tierra: puede ganar batallas pero no puede sostener nada.

La tercera tarea es reconocer y articular lo que ya existe sin pretender dirigirlo. Las ollas comunes, las cooperativas, las radios comunitarias, los huertos urbanos, las redes feministas de cuidado, las comunidades mapuche que defienden el territorio con el cuerpo interpuesto entre la máquina y el bosque: estas no son experiencias menores ni preludio de algo más importante. Son ya, en su práctica cotidiana, la demostración de que es posible organizar la vida fuera de la lógica del capital y del Estado. No necesitan que nadie las declare revolucionarias. Necesitan articulación, reconocimiento mutuo y la inteligencia política de quien sabe que la convergencia de luchas no se decreta desde arriba sino que se construye desde la práctica compartida.

La cuarta tarea es la formación, pero entendida de una manera radicalmente distinta a la instrucción doctrinaria. No se trata de transmitir un cuerpo de verdades sino de desarrollar la capacidad colectiva de leer la realidad, de hacer preguntas que incomoden, de pensar sin red. Eso requiere rigor conceptual, sí, pero también honestidad brutal frente a los propios fracasos. La formación que no incluye la autocrítica del movimiento que la produce es adoctrinamiento, no pensamiento crítico. Las herramientas son muchas: Marx para entender la producción capitalista, Guérin para entender la autogestión obrera, Vaneigem y Debord para entender la dominación en la vida cotidiana, la tradición de la comunización para cuestionar el programatismo, el feminismo materialista para entender la reproducción social como campo de lucha. No como biblioteca de citas sino como instrumental para entender qué está pasando y qué hay que hacer.

VI. El tiempo largo de lo concreto

El movimiento revolucionario en Chile hoy está golpeado. Golpeado, no destruido. La diferencia no es retórica: es estratégica. El movimiento destruido no existe más. El golpeado existe, duele, y tiene que decidir qué hace con ese dolor. Puede convertirlo en amargura sectaria o puede convertirlo en claridad. La amargura cierra; la claridad abre.

Reagruparse no es volver a lo que había antes como si nada hubiera pasado. Es reconstruir con lo aprendido en la derrota, que siempre enseña más que la victoria. Significa reconocer que algunas certezas eran ilusiones, que algunas formas organizativas agotaron su ciclo, que algunas alianzas se sostuvieron más por comodidad que por convergencia real. Y significa también reconocer lo que resistió, lo que se mantuvo cuando todo empujaba hacia la dispersión, lo que probó ser más sólido de lo que parecía.

En el monte Chiapaneco, el zapatismo pasó diez años construyendo organización sin que nadie lo supiera, sin declaraciones públicas, sin gestos heroicos visibles. La historia no los recordaría como los que resistieron en silencio durante una década: los recordaría por el 1 de enero de 1994. Pero el primero de enero fue posible porque existieron los diez años anteriores⁹. Eso es el tiempo largo: la capacidad de sostener la práctica cuando los ciclos son adversos, de construir profundidad cuando la superficie está cerrada, de preparar lo que vendrá sin saber exactamente cuándo ni cómo vendrá.

En cada asamblea territorial, en cada olla común, en cada escuela de formación, en cada espacio que el pueblo sustrae a la lógica del capital y devuelve al control colectivo, se está haciendo exactamente eso: construir en el tiempo largo. No como preparación para un futuro glorioso que nadie puede garantizar, sino como la única forma de vida que tiene sentido en el presente. La comunización no como promesa aplazada sino como práctica cotidiana que transforma las relaciones sociales en el acto mismo de vivirlas de otra manera.

Esta praxis no tiene un centro. No tiene un partido que la conduzca ni un programa que la defina de antemano. Se manifiesta en la convergencia de luchas que se reconocen a sí mismas como partes de un mismo movimiento sin que nadie se los indique desde arriba. Su coherencia no proviene de una ideología compartida sino de la práctica compartida, de la acción que une lo que el discurso separa.

La ofensiva reaccionaria creyó que con ganar las elecciones bastaba. No entiende que el fuego más peligroso no es el que arde en las plazas sino el que se mantiene bajo la tierra cuando las plazas se vacían. Ese fuego no se apaga con decretos ni con represión, porque no está en ningún lugar en particular: está en las relaciones entre las personas, en los hábitos de solidaridad que se construyen en la adversidad, en la memoria de lo que fue posible y en la convicción de que puede volver a serlo.

Ese fuego somos. Y mientras arda, el tiempo trabaja a nuestro favor.

  1. Debord, Guy, La sociedad del espectáculo, tesis 4, París: Buchet-Chastel, 1967. Edición en castellano: Valencia: Pre-Textos, 1999. ↩︎
  2. Encuesta CASEN 2025, Ministerio de Desarrollo Social y Familia, Gobierno de Chile. ↩︎
  3. Théorie Communiste / Corriente, Federico (trad. y pról.), De la ultraizquierda a la teoría de la comunización. Más allá del programatismo, Lazo Ediciones, 2022. ↩︎
  4. Miguel Enríquez, cuestionario respondido en Chile Hoy, N° 50, Santiago, mayo de 1973. Reproducido en: Naranjo, Pedro (ed.), Miguel Enríquez y el proyecto revolucionario en Chile, LOM Ediciones, Santiago, 2004. ↩︎
  5. Endnotes, Comunización y teoría de la forma-valor, Endnotes N° 2, 2010. Traducción al castellano disponible en endnotes.org.uk. ↩︎
  6. Vaneigem, Raoul, Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, París: Gallimard, 1967. Edición en castellano: Barcelona: Anagrama, 2008. ↩︎
  7. Gramsci, Antonio, Cuadernos de la cárcel (selección), México: Era, 2000. ↩︎
  8. Guérin, Daniel, El fascismo y los grandes negocios, París: Gallimard, 1936. Y especialmente: La lucha de clases en el apogeo de la Tercera República, París: Gallimard, 1936. Edición en castellano: Fascismo y gran capital, Madrid: Fundamentos, 1973. ↩︎
  9. Le Bot, Yvon, El sueño zapatista. Entrevistas con el Subcomandante Marcos, el Mayor Moisés y el Comandante Tacho, Barcelona: Anagrama, 1997. Y: Subcomandante Marcos, Relatos de El Viejo Antonio, EZLN, 1998. ↩︎
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