¿Sólo la tecnología nos hará libres? Entre la opresión y la libertad: el dilema de la inteligencia artificial

Nico Castañeda

“Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”
Platón, Fedro

“Más bien, los jardines de las letras, según parece, los sembrará y escribirá como por entretenimiento; y al escribirlas, atesora recordatorios, para cuando llegue la edad del olvido, que le servirán a él y a cuantos hayan seguido sus mismas huellas. Y disfrutará viendo madurar tan tiernas plantas, y cuando otros se dan a otras diversiones y se hartan de comer y beber y de todo cuanto con esto se hermana, él, en cambio, pasará, como es de esperar, su tiempo distrayéndose con las cosas a las que me refería.”
Platón, Fedro

¿Acaso se puede tapar el sol con un dedo y aludir que es de noche? Como cuando se dan discusiones sin tradición teórica, como el “tecnofeudalismo”, y así, incautos de izquierda se comen la novedad del momento. El capital siempre ha buscado distanciarse de la realidad, con su lógica de expandirse indefinidamente mientras se reproduce como lo mismo. El valor se crea a partir de la explotación de la fuerza de trabajo (trabajo humano). No obstante, esta relación se vuelve cada vez más tensa. La creciente automatización y la acumulación de capital generan una paradoja: mientras la riqueza total aumenta, la importancia del trabajo humano en la producción disminuye. Si se busca discutir si estamos en una transición a un nuevo modo de producción, la pregunta basal es: ¿Las nuevas tecnologías de hoy en día producen valor o siguen transfiriendo (son capital constante)? Las elucubraciones acerca de la nube, extractivismo de datos en redes sociales (rentismo en abstracto), corporaciones monopólicas a nivel global, militarización y exterminio de población excedente, es más bien la condición fundamental del desarrollo del capital, que no es nada más que una agresión explícita contra las masas.

Llamar «feudo» a una plataforma digital solo porque cobra una «renta» es un retroceso teórico que confunde la forma en que se redistribuye la riqueza con el modo en que esta se genera. Desarrollemos esta idea bajando a la lógica pura de Karl Marx y su Teoría del Valor-Trabajo. La respuesta basal: Las tecnologías NO producen valor, lo transfieren; las nuevas tecnologías (IA, algoritmos, servidores en la nube, etc.) son capital constante. Son, por definición, trabajo muerto.

Una inteligencia artificial o un servidor de Meta no pueden ir a huelga, no consumen bienes para reproducir su fuerza de trabajo y, crucialmente, no pueden ser explotados para generar más valor del que costaron. Un algoritmo de optimización transfiere su propio valor (el tiempo de trabajo socialmente necesario que costó programarlo y el hardware donde corre) de manera fragmentada a las mercancías que ayuda a producir. El capital constante no respira. Solo el trabajo humano vivo tiene la capacidad única de crear más valor en el proceso de producción del que cuesta su propia fuerza de trabajo en el mercado.

Quienes defienden el «tecnofeudalismo» argumentan que las Big Tech ya no operan bajo la lógica del capital, sino de la renta de la tierra (como los señores feudales). Pero esto ignora cómo funciona la fusión del capital financiero y monopolista. Los datos no son valor en sí mismos: los datos masivos (big data) extraídos de las redes sociales son la materia prima del siglo XXI. Pero el petróleo bajo la tierra no tiene valor hasta que el trabajo humano lo extrae y lo refina. Con los datos pasa igual: requieren el trabajo vivo de miles de ingenieros de datos, etiquetadores de contenido (muchas veces precarizados en el Sur Global) y científicos de la computación para convertirse en un activo útil (un perfil publicitario ejecutable, un modelo predictivo).

La «Renta Digital» es Plusvalía Redistribuida: cuando Amazon o Apple cobran una comisión del 30% en sus tiendas digitales, no están operando fuera del capitalismo. Están utilizando su posición de monopolio industrial para apropiarse de una porción de la plusvalía total generada por otros capitalistas y trabajadores del sistema. Es una transferencia de valor intra-capitalista, no un nuevo modo de producción.

Al automatizar desenfrenadamente, los capitalistas individuales aumentan la Composición Orgánica del Capital (la proporción de masa de maquinaria respecto a la fuerza de trabajo). Al hacer esto, buscan obtener una ganancia extraordinaria temporal destruyendo a la competencia. Sin embargo, la lógica sistémica del capital los atrapa en su propia trampa: la Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia. Si se reduce el trabajo humano a niveles mínimos mediante la automatización total, la fuente misma de la plusvalía se estanca y retrocede. El capital crea una riqueza material inmensa (valores de uso), pero destruye la sustancia que sostiene su propio sistema: el valor de cambio medido en tiempo de trabajo.

¿Qué pasa cuando el capital ya no necesita el trabajo vivo de las masas porque ha automatizado los procesos, pero sigue necesitando realizar el valor en el mercado? Se genera la población excedente absoluta o el «ejército industrial de reserva» llevado al extremo. El capital ya no puede absorber productivamente a la fuerza de trabajo sobrante, por lo que esta masa humana se convierte en una amenaza directa para la propiedad privada y el Estado capitalista muta su infraestructura hacia la contención violenta y el control punitivo.

Querer ver «tecnofeudalismo» donde hay capitalismo avanzado es el equivalente conceptual a tapar el sol con un dedo. Las corporaciones de la nube no son castillos feudales; son la expresión máxima de la concentración monopolística del capital descrita por Lenin, empujada por las dinámicas de la automatización que Marx analizó en los Grundrisse (el famoso Fragmento sobre las máquinas). No estamos ante el fin del capitalismo por vías medievales; estamos ante el capitalismo en su estado más puro, agresivo y desesperado por sostener la tasa de ganancia a costa de la humanidad misma.

Tomando en cuenta este escenario donde el capital automatiza la producción pero estrangula su propia fuente de valor, ¿Cómo crees que afectará esta dinámica a la capacidad de la clase trabajadora global para organizarse, considerando que el capital digital busca atomizar y volver invisibles los espacios tradicionales de la fábrica o el centro de trabajo?

Para Yuk Hui, la Modernidad Occidental impuso una noción de técnica que se pretende universal. Desde esta perspectiva, la tecnología es vista como una línea de progreso única que va desde las primeras herramientas de piedra hasta la Inteligencia Artificial motivada por la pura eficiencia, la computación y la lógica de la escala global.

Desde esta perspectiva se entiende entonces que el capital necesita que el mundo entero sea legible, medible y cuantificable para poder extraer plusvalía. Los algoritmos de las Big Tech, la estandarización de la nube y el extractivismo de datos son la expresión técnica de lo que Marx llamó la subsunción real del trabajo en el capital. La técnica moderna es el dispositivo perfecto para acelerar la rotación del capital y reducir el tiempo de trabajo necesario a escala planetaria. La «tecnosfera» de la que habla Hui es, en realidad, el capital constante automatizado envolviendo al globo.

Aquí es donde Hui lanza un desafío directo a la tradición marxista ortodoxa. Históricamente, gran parte del marxismo (especialmente el de matriz soviética) pecó de productivismo tecnofílico. Se asumía que las fuerzas productivas (la tecnología capitalista) eran intrínsecamente buenas y progresistas, y que el único problema eran las relaciones de producción (la propiedad privada).

Hui, en sintonía con la Escuela de Frankfurt, pero con un giro geopolítico, advierte que la tecnología capitalista lleva el virus de la enajenación en su propio diseño. No se puede usar el Gestell (el armazón técnico de dominación y cálculo) para liberar a la humanidad, porque esa tecnología fue creada específicamente para separar al ser humano de su entorno y de su comunidad. Si el comunismo se limita a gestionar de forma masiva los mismos servidores de Amazon o los mismos algoritmos de control social de Meta, solo estará administrando la misma alienación bajo otro nombre.

Hui define la cosmotécnica como la unificación del orden cósmico y el orden moral a través de las actividades técnicas. Su solución ante el colapso del capitalismo tecnológico (el Antropoceno) es la fragmentación de la tecnología: recuperar y desarrollar «cosmotécnicas» locales (como la filosofía del Dao en China, o los saberes ancestrales en el Wallmapu y América Latina) que piensen la relación con la naturaleza de otra manera. ¿Es posible crear una «cosmotécnica alternativa» mientras las infraestructuras materiales sigan en manos de BlackRock o Alphabet?

Para el materialismo, la metafísica local no puede florecer si el estómago y la tierra están expropiados por el capital. La fragmentación técnica de la que habla Hui corre el riesgo de convertirse en una estética folclórica o en nichos de consumo («tecnologías éticas», cooperativas de software marginales) si no se destruye primero el poder del Estado burgués y la propiedad privada de los medios de producción.

A pesar de la tensión, hay un punto de encuentro luminoso. En los últimos tomos de El Capital, Marx desarrolla el concepto de la falla metabólica (Stoffwechsel): la ruptura del intercambio dinámico y natural entre el ser humano y la tierra, provocada por la industrialización capitalista que exprime el suelo y hacina a los trabajadores en las ciudades. La cosmotécnica de Yuk Hui puede entenderse como la caja de herramientas filosófica para sanar esa falla metabólica en el siglo XXI. Una cosmotécnica comunista no buscaría la expansión indefinida del valor abstracto, ni la aceleración del capital constante para prescindir del ser humano. Al contrario, subordinaría el desarrollo tecnológico a los límites ecológicos, biológicos y comunitarios.

La tecnología dejaría de ser un instrumento de explotación de la fuerza de trabajo y pasaría a ser un mediador metabólico que libere tiempo humano para la vida, la poesía y la contemplación, reintegrando la técnica al «cosmos» (la naturaleza).

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