LA CASA DE TODOS

Carlos Henrickson Villarroel

I

La casa de todos se hace de huesos humanos,
muchos miles de toneladas de huesos

-Lircay, la Santa María de Iquique,
la San Gregorio, Ránquil, hasta el Seguro

Obrero, y Pisagua en varias cosechas-
que expertos nacionales e internacionales

de lo mejor ayudan a ensamblar tan bien
que pareciera hecha de la sola calavera

de un cetáceo gigantesco. Cual todo
en la vida biológica todo bello ser

tiene por debajo un monstruoso, inhumano
endoesqueleto, que parece venir de otro mundo.

Todo el saber de Tiwanako, los polígonos
de Vitruvio, el más apasionado brutalismo,

los caracoles de los 80, se confunden
en un único estilo que abre los umbrales

del porvenir. Ya piensan en hacer una secuela
de Alien en la casa de todos: dijeron

que se parecía a los modelos de Giger,
así que no había nada más que hacerle.

Van a incluir un tren con una locomotora
hecha de calavera de ballena en la película.

Dará vueltas por la casa, en un rectángulo
alineado perfecto norte-este-sur-oeste;

el protagonista no podrá salir de lo rápido
que anda la máquina, y por las hogueras

que bloquean el acceso a los andenes.
Adentro habrá un sabio tipo Gandalf

que recita Ein Volk, ein Reich, ein Führer,
antes que la escena se vaya a negro,

y después a otra línea argumental.
La producción sabe ya que el film

no dejará contento a nadie. Por suerte
es financiado con fondos públicos

del Ministerio de la Cultura y las Artes;
en el proyecto ya se ha incluido, de antemano

el arriendo, durante un par de semanas,
como locación, incluyendo retribución

monetaria a la comunidad, de
la casa de todos.

II

La poesía es el alma de la casa
de todos. Al entreabrir los ojos
se ve a las y los vates entre el humo:

hay barbones, pelados, maníacos
sexuales, profesores y profesoras
en su retiro nunca bien pagado,

feministas y defensores animales,
libertarios de todo signo, anarquistas
y patriotas, funcionarios públicos,

empleados bancarios. Es cosa
que no se cree, pero en el amor
a la poesía, señores, en el sublime

valor de la Palabra todos coinciden.
La casa asegura el suministro
de un coctel sin fin, que obliga

a inaugurarla de manera continua,
y ay la fluidez del discurso, la
selva lírica, el torbellino del verbo

originario, la clave del misterio,
el fondo del Ser de la Nación
en el redentor canto del Vate.

Todos ellos se miran y se aman,
y no necesariamente algo sexual,
hay mucha devoción virginal, afán

de pureza, de vuelta al origen,
de espaldas a la carroña de la modernidad,
la ciudad, el cemento. Hay mucho árbol,

hay mucho jardín. Desde el ventanal
se ve el mar, desde la terraza
del segundo piso la alba montaña.

Cada uno de los discursos rezuma
sentimiento y heroísmo, savia telúrica:
en la casa de todos son obligatorias

las palabras tierra, igualdad, rabia, sangre,
dignidad, las palabras alto-ahí, ley-de-
seguridad, las palabras ‘tan-disparando,

la palabra mierda, las palabras concha-
de-su-madre.

III

No llegan buses a la casa de todos.
Queda en la punta del cerro, no se ve
desde abajo, la vía no tiene señales.
Hay dos posibilidades de presentarse

allí, que siempre hayas estado dentro,
o que hayas estado tomando siete
horas entre cerveza, vino y fuerte,
y los pasos te conducen solos y dóciles,

miras los frutales de la entrada, y entras
por el ruido y las voces y adentro hay
luces laser, y tocan rock glam de los 80.
Parece que todos estuvieran aburridos,

pero al minuto siguiente todos se ven
felices, eufóricos, ebrios de goce, para
que un minuto pase y todos de nuevo
bajan las alas de su entusiasmo, callados

miran vacía la pupila. Sería fácil decir
que están muertos, o raptados por
un antiguo y misterioso embrujo, pero
esto no es una película gringa. Es solo

que no se les puede entender. O nacieron
en este lugar demente, o bien llegaron
ebrios como tú, y a ti tampoco se te entiende
para nada, y por eso llegaste a tu casa,

la de ellos, la casa de todos.

IV

Todo coincide y convive al mismo tiempo,
Lautaro cabalga con sus valientes sobre
los divanes de los bienaventurados suicidas
cada cual con su docena de vírgenes; hay

ángeles con liras y arpas, y hay guerreros
que creen que es el Walhalla, cuando
en verdad tú ves una pradera africana
y los sonrientes de toda raza y nación

entre aves, leones y corderos bajo el sol
de una eterna primavera. Pero en esta casa
no es el león quien muerde, es el cordero

el que cría dientes, y cada fin de semana
se manda su festín, masacra y destruyendo,
desangrando a las víctimas de toda especie

y género. Recién ahí sabemos que no se trata
de otra vida, porque se mueren, de verdad
se mueren. Y se quedan ahí, apestando,
a ras de suelo, y menos mal que uno
termina acostumbrándose a cualquier cosa

en la casa de todos.

V

Qué hermoso cómo, pero
mira las banderitas, mira

cómo saltan bailan, cómo
se pasa acá, carajos, todos

tanto tiempo en el desprecio
de la Ley, y resulta que’s

lo mejor qu’hay. El articulado’s
‘ta bueno, oye, pásame un par

de normas, que m’está entrando
agua al bote. Ah cómo me gusta,

señor, la juri-dici-dad, pásame
otro adjetivo, consagremos

derechos, garantías esenciales,
pucha que está buena la codi-

fica-ción, qué’s la raja la Ley,
obedecerla nos lleva a convertirnos

en sujetos plenos de derecho,
en síntesis vivas de razón de estado
y libertad natural, en pueblo consciente

de su enlace natural con una entidad
territorial definida que permite
la convivencia sana, el desarrollo

personal, el fortalecimiento de
las instituciones democráticas,
etcétera.

VI

Menos mal que hay Código, que hay
leyes, que nos pueden hacer soñar,
transportarnos a la Bastilla, al acto

originario en que corre el viento
de la Historia, y un señor alza los ojos
y la mano al cielo y nuestra vida, entera,

cambia. Qué belleza el abstracto
dibujo de las bancadas, que dispone
en gráfico las voluntades concertadas

de la Nación. Esto ya no puede ser
más bello; las hogueras de ayer
en la esquina han devenido antorchas

que desfilan a través de las avenidas abiertas
por donde (ahora sí) puede pasar
el hombre libre, ya hecho hermano

e hijo de su pueblo. Porque esto no era
así antes (¡ahora sí!), ya no hay abismos
que separen los edificios, las casas

con jardín o sin jardín, la calle
con sus carpas o su cubierta de cartones.
Todo se ha solucionado. El burgués

comparte su sopaipilla fría con mostaza
con el migrante que le ofrece su atún
grillado con pastel de tubérculos

de la estación, grandes, grandes mesas
a lo largo de la patria. Todo es tan sublime,
como que se escucha Parsifal de fondo,

y preparamos todo, ojos entrecerrados
y alzada el alma, para el degüelle final
el que nos traerá de una vez, y de vuelta,

por siempre,
el Reino.

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