Quilicura, zona de sacrificio

Nico Castañeda

De ningún modo podemos permitir que un territorio públicamente contaminado y colapsado de basuras pueda continuar mancillando el territorio limpio y ordenado de la nueva era de los Estados Unidos de América. El presidente tiembla con solo pensarlo. Solo pensar en ello le obliga a recurrir al oxígeno.
La broma infinita. David Foster Wallace

Madrugada del día miércoles 5 de agosto del 2026, se inicia un incendio en Panimex, empresa dedicada a la elaboración y almacenamiento de productos químicos ubicada junto a la Ruta 5 Norte, en el sector de Quilicura. El fuego se originó en el área de producción, propagándose hacia sectores con almacenamiento de productos químicos y cilindros de gas, lo que provocó una serie de explosiones y una columna de humo de gran extensión que llegó a los vecindarios colindantes, en consecuencia. La toxicidad del siniestro obligó a suspender las clases en la comuna. Este incendio no es un caso aislado dentro de la comuna, durante el 17 de noviembre de 2014 y el 12 de junio de 2017, la misma fábrica de químicos se incendió, sin contar otros siniestros a industrias similares: 28 de agosto de 2007 Petrizzio, el 4 de septiembre de 2013 Degraf, 31 de agosto de 2016 Trendy, 19 de enero de 2018 tres bodegas de químicos fueron las afectadas, 29 de noviembre de 2021 Gruporevex por nombrar algunas. Ahora la interrogante es ¿Por qué ocurre esto regularmente? ¿Por qué existen lugares como Puchuncavi o Quilicura, «zonas de sacrificio» para que el capital pueda operar a costa de la vida y la naturaleza?

John Bellamy Foster explica que Marx utilizó el término Stoffwechsel (metabolismo o intercambio de materias) para describir la relación mediada por el trabajo entre la sociedad humana y la naturaleza. En condiciones de reproducción natural sostenida, existe un flujo circular: la sociedad extrae nutrientes y recursos de la tierra, consume sus frutos y devuelve los desechos metabólicos al suelo, permitiendo que la naturaleza regenere sus propios ciclos biogeoquímicos.

La fractura ocurre cuando la lógica del modo de producción capitalista interrumpe este ciclo de retroalimentación natural. Las zonas de sacrificio en Chile no son «accidentes», «fallas de regulación» ni «externalidades negativas» de un mercado desregulado, sino la manifestación geográficamente localizada de la fractura metabólica y sus desplazamientos. En estos territorios habitados, donde el Estado ha permitido la concentración desmedida de industrias pesadas altamente contaminantes priorizando el rendimiento económico por sobre la salud pública y la integridad ecológica, no existe formalmente la figura legal de «zona de sacrificio». El marco normativo chileno utiliza los conceptos de zona saturada o zona latente según los límites de contaminantes permitidos, ya que reconocer formalmente un «sacrificio» violaría las garantías constitucionales.

En Chile destacan cinco grandes polos industriales costeros históricos, a los que frecuentemente se suma la comuna de Til Til en la Región Metropolitana (y podríamos también agregar Quilicura como comuna de industria y almacenamiento químicos dentro de la ciudad de Santiago):

1.- Quintero – Puchuncaví (Región de Valparaíso): Alberga el Complejo Industrial Ventanas (fundición de cobre, termoeléctricas a carbón, terminales químicas y petroleras). Ha sido escenario de intoxicaciones masivas de escolares, derrames de hidrocarburos y varamientos de carbón.

2.- Coronel (Región del Biobío): Zona fuertemente impactada por vertederos de cenizas de carbón y plantas termoeléctricas.

3.- Huasco (Región de Atacama): Afectada por la concentración de peletizadoras de hierro y centrales termoeléctricas.

4.- Mejillones (Región de Antofagasta): Centro de almacenamiento de sustancias peligrosas y generación eléctrica a base de carbón.

5.- Tocopilla (Región de Antofagasta): Ciudad históricamente acorralada entre el mar y generadoras termoeléctricas que alimentaron la minería del cobre del norte grande.

En las zonas de sacrificio chilenas se extrae, procesa o quema energía pesada para sostener el engranaje de la megaminería y la agroexportación (que abastecen al mercado global), o para alimentar el consumo de las grandes urbes.

Los nutrientes, minerales y energía fluyen hacia los centros globales de capital, mientras que los residuos metabólicos no reciclables (cenizas de carbón, metales pesados, dióxido de azufre, residuos químicos) se quedan y acumulan localmente en los suelos, aguas y cuerpos de los habitantes de estas zonas. Es la máxima expresión del imperialismo ecológico.

Para que el resto del país mantenga estándares de vida urbanos o índices de crecimiento macroeconómico sin «colapsar» ambientalmente, el costo se encapsula deliberadamente en comunas marginadas. Para esto se desplaza la degradación ambiental desde las zonas donde se concentra la toma de decisiones económicas y políticas hacia territorios periféricos habitados por comunidades vulnerables.

En Quintero, Coronel o Tocopilla, tomándolos de ejemplo, la ruptura de la capacidad autorregenerativa de los ecosistemas marinos y terrestres se traduce directamente en una fractura metabólica corporal: índices desproporcionados de cáncer, enfermedades respiratorias crónicas, presencia de metales pesados en la sangre de niños y alteraciones genéticas. El cuerpo de la población trabajadora de la zona de sacrificio pasa a ser el depósito final donde decantan los residuos de la acumulación industrial.

Foster enfatiza que el capitalismo transforma la naturaleza de «condición material de la existencia» en un simple «medio gratuito de producción y vertedero». En Chile, la existencia de comunas sacrificables demuestra la subordinación de la naturaleza y de la vida humana al imperativo de la tasa de ganancia: la bahía de Quintero, el litoral de Coronel o comunas periféricas como Quilicura dejan de ser concebidas como ecosistemas de reproducción de la vida comunitaria para convertirse en infraestructura logística al servicio del capital.

En la crítica de la economía política marxista, la tasa de ganancia tiende a caer debido al aumento de la composición orgánica del capital: las empresas invierten cada vez más en tecnología, maquinaria e infraestructura (capital constante) en relación con la fuerza de trabajo que genera valor (capital). Para contrarrestar esta tendencia interna a la crisis y mantener la rentabilidad, el capital recurre a mecanismos de compensación (causas contrarrestantes), entre los cuales destacan dos vitales para el análisis ecológico:

1.- Reducir el costo de los elementos del capital constante (abaratar las materias primas, los insumos industriales y la energía).

2.- Externalizar costos (transferir los gastos de reproducción de la naturaleza y de la sociedad fuera de la contabilidad de las empresas)

Como teoriza John Bellamy Foster, el capitalismo rompe los ciclos biogeoquímicos de autorregeneración de la Tierra porque opera bajo una lógica lineal de extracción acelerada y de deposición de residuos, incompatible con los tiempos lentos de la naturaleza. Desde el punto de vista de la tasa de ganancia, respetar los tiempos de regeneración ecológica o pagar la restauración completa de los ecosistemas aumentaría drásticamente los costos del capital constante, lo que hundiría la rentabilidad. Por ello, el capital produce una fractura en el metabolismo social y natural: extrae materias primas (minerales, madera, combustibles fósiles) por debajo de su costo real de reproducción y devuelve a la biosfera residuos contaminantes sin asumir el costo de su depuración.

La fractura metabólica no es solo un efecto ambiental; es un mecanismo económico para amortiguar la caída de la tasa de ganancia. Frente a este panorama, si durante el siglo XX las luchas de los trabajadores y las clases populares se vieron enfrentadas mayoritariamente dentro de los márgenes de la contradicción capital/trabajo, hoy en día el mismo capital ha empujado esta contradicción hasta los límites de la dialéctica capital/vida.

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