
Jaime Navarrete Vergara1
“El hombre más importante del país”
Alejandro Lipschütz (1883-1980) fue uno de los marxistas más importantes del siglo XX en Chile, aunque hoy permanece, como dirían Horacio Tarcus o Michael Löwy, como un “marxista olvidado”. Paradójicamente, su amigo, el poeta y Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda, llegó a definirlo como “el hombre más importante del país”.
Aunque suele ser recordado a partir de una imagen que lo retrata durante la década de 1960 —ya con más de ochenta años, sentado, con traje y su característica barba blanca—, lo cierto es que no se conocen con profundidad las contribuciones críticas de Lipschütz, así como también su plena vigencia y actualidad.
Su principal contribución al marxismo chileno consistió en ampliar el campo de problemas teóricos y políticos, incorporando la cuestión indígena, el colonialismo, el racismo y la nación como dimensiones constitutivas de la lucha por el socialismo en América Latina. En ese sentido, no abandonó algunas perspectivas del llamado “marxismo clásico”, sino que las reformuló a partir de las condiciones históricas específicas del continente.
Su contribución al desarrollo de un “marxismo indoamericano” hoy resulta central para pensar algunos de los desafíos fundamentales de la transformación social en Chile, América Latina y el mundo. Al reconstruir sus huellas político-intelectuales, también nos damos cuenta de algunas de las posiciones de la izquierda frente a los problemas de la raza y el colonialismo, particularmente, frente al llamado “problema indígena” del siglo XX.
De Europa a América Latina
Nacido y criado en Letonia (entonces provincia del Imperio ruso) a fines del siglo XIX, Lipschütz estudió en Alemania, en la Universidad de Gotinga. No obstante, profundamente conmovido por los sucesos del Domingo Sangriento en San Petersburgo —represión perpetrada por la monarquía rusa contra obreros y campesinos organizados—, interrumpió sus estudios y se incorporó al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), en la tendencia bolchevique. A partir de entonces, participó activamente en la revolución de 1905, desempeñándose en las tareas de agitación y propaganda entre obreros y trabajadores de Riga, capital de Letonia, su ciudad natal. El propio Lipschütz señaló que esta experiencia lo llevó a transitar desde un “marxismo científico” hacia un “marxismo revolucionario”. Desde muy temprano manifestó una comprensión del marxismo como “filosofía de la praxis”, en cierto modo, como una teoría para la acción.
Tras estos convulsos procesos sociales y políticos, Lipschütz debió exiliarse en Alemania, volviendo a terminar sus estudios en biología y medicina. Un tiempo después, se graduó y desde entonces se dedicaría a la labor científica, particularmente en las áreas de la biología experimental, la fisiología de la alimentación y la endocrinología sexual. Trabajó en importantes institutos universitarios y laboratorios europeos, especialmente en Estonia, Suiza y Alemania. En ningún momento su trabajo científico le impidió mantener y manifestar una preocupación por los problemas de la humanidad. Lipschütz fue, ante todo, un humanista radical.
Además, articuló de manera constante su labor científica con los problemas del socialismo. Karl Kautsky por ejemplo —uno de los principales líderes de la socialdemocracia y del marxismo occidental—, solicitaba regularmente sus colaboraciones para Die Neue Zeit, la revista socialista más importante de la época. En ese espacio, Lipschütz desarrolló reflexiones sobre los problemas alimentarios de la clase trabajadora, así como sobre las perspectivas socialistas de la investigación científica.
En 1926, Lipschütz llegó a Chile contratado por la Universidad de Concepción para dirigir el Instituto de Fisiología, dependiente de la Facultad de Medicina. Tras una década de trabajo académico en dicha ciudad, se trasladó a Santiago, con el objetivo de dirigir el Instituto de Medicina Experimental, vinculado al Servicio Nacional de Salud, cargo que ejerció hasta finales de la década de 1960. En Chile, logró continuar con sus investigaciones científicas, pero también comenzó a desarrollar una reflexión sistemática sobre el concepto de raza y la situación de los pueblos indígenas en América. Esta preocupación se vinculaba directamente con su visión marxista y, por tanto, tendría serias implicancias políticas.
Formado como biólogo y médico, Lipschütz se enfrentó en esta época –principios del siglo XX– al llamado “darwinismo social”. Esta corriente consistía, en lo fundamental, en un conjunto de ideas con pretensión científica que promovía en todo el mundo la “aplicación” de las teorías de Charles Darwin sobre la evolución biológica a los problemas de la sociedad. En estos debates, el concepto de “raza” ocupaba un lugar central. Sobre la base de la falsa premisa de la superioridad racial, algunos médicos y biólogos se abocaron a demostrar la supuesta posibilidad de “mejorar la raza” en sus respectivos países. En el caso latinoamericano, sobre todo, la noción de “raza” remitía principalmente a la existencia de los pueblos indígenas.

Las preocupaciones indigenistas de un marxista singular
La preocupación continental por la situación de los pueblos indígenas en América cristalizó institucionalmente en el Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en México en 1940. La instancia buscó articular diagnósticos y formular propuestas programáticas frente a los principales desafíos que afectaban a las poblaciones indígenas del continente. Lipschütz participó en este encuentro atraído por la magnitud y complejidad de tales problemas, pero también encontró allí un espacio desde el cual intervenir en los debates internacionales a partir de una perspectiva propia, situada en Chile y, más ampliamente, en la experiencia histórica latinoamericana.
Su contribución al indigenismo continental se profundizó durante las décadas siguientes. En el III Congreso Indigenista Interamericano, realizado en Cuzco en 1948, participó en la elaboración y discusión de algunos de los documentos centrales del encuentro, varios de ellos orientados a debatir el carácter que debían asumir las legislaciones indígenas y los límites de las políticas estatales de “protección”. Para Lipschütz, el problema no podía reducirse a perfeccionar los mecanismos mediante los cuales los Estados incorporaban o tutelaban a las poblaciones indígenas: implicaba interrogar las relaciones históricas de poder que habían producido su subordinación.
A su regreso a Chile, en 1949, fundó el Instituto Indigenista de Chile, desde donde contribuyó activamente a promover los estudios sobre los pueblos indígenas y el desarrollo de la antropología social. En 1952, fue invitado por la UNESCO a colaborar en un estudio sobre los problemas de la “raza”, el racismo y el colonialismo. En ese contexto escribió “24 puntos sobre raza”, texto en el que articuló la biología y la sociología en una perspectiva antropológica que cuestionaba las concepciones racialistas predominantes. Algunos años después, en 1956, publicó La comunidad indígena en América y en Chile, obra que condensó buena parte de sus preocupaciones antropológicas y expresó, al mismo tiempo, su compromiso político con las luchas indígenas del continente.
En Lipschütz, el problema indígena adquirió, por tanto, una dimensión inequívocamente política. Las cuestiones relativas a la raza, el colonialismo y la subordinación de los pueblos indígenas no podían comprenderse al margen de la historia, pues remitían a relaciones concretas de poder, apropiación territorial y dominación. Se trataba, en última instancia, de una historia política de la formación de las sociedades latinoamericanas. Desde su perspectiva, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, las repúblicas latinoamericanas surgidas de los procesos de independencia frente al dominio español comenzaron a consolidar proyectos de expansión territorial y construcción nacional que amenazaron crecientemente la autonomía de los pueblos indígenas. La formación de la “nación” no constituyó, así, un proceso políticamente neutro: estuvo acompañada por la incorporación forzada de territorios, la subordinación de comunidades y la progresiva erosión de sus formas propias de organización política y social. En este sentido, Lipschütz identificó la persistencia del colonialismo bajo nuevas formas republicanas, cuya lógica de dominación no desapareció con la independencia, sino que adquirió mecanismos y lenguajes diferentes a lo largo del siglo XX.
Desde esta lectura, la cuestión indígena no podía resolverse únicamente mediante políticas de integración, protección o reconocimiento cultural. Requería, por el contrario, reconocer a los pueblos indígenas como sujetos colectivos con capacidad de decisión sobre sus propios asuntos y con derechos políticos y territoriales específicos. Lipschütz se convirtió así en un activo promotor de sus demandas de autonomía y autodeterminación, desplazando el eje del debate desde la mera “protección” estatal hacia el reconocimiento de la capacidad política de las propias comunidades. Esta orientación encontró una formulación conceptual particularmente significativa en su distinción entre la “ley de la tribu” y la “ley de la gran nación”, elaborada a partir de una reflexión sistemática sobre la experiencia histórica indígena y sus relaciones con los procesos de construcción nacional en América Latina.
Para Lipschütz, la “ley de la tribu” remitía al orden social de la comunidad agraria indígena, es decir, a un sistema específico de normas sociales y culturales que incluía tradiciones, costumbres, formas de organización comunal, regímenes de propiedad y trabajo, así como determinados mecanismos de autoridad interna (política y religiosa). Estas normas, frecuentemente calificadas como “primitivas”, eran concebidas por él como formas racionales y legítimas de organización económica, social y cultural. Por el contrario, la “ley de la gran nación” aludía al derecho del Estado moderno y, en particular, a las herencias coloniales que pesan sobre los pueblos indígenas, especialmente bajo la forma de la república liberal y la democracia capitalista, a través de relaciones estructurales de explotación y dominación.
En efecto, Lipschütz sostuvo que la dialéctica entre la “tribu” y la “gran nación” expresaba un conflicto fundamental en las repúblicas latinoamericanas. La “ley de la tribu” se encontraba permanentemente amenazada por la “ley de la gran nación”, que se imponía mediante múltiples mecanismos de dominación, entre ellos, la desarticulación de las formas propias de organización económica, social y cultural de las comunidades indígenas. Frente a ello, su propuesta consistía en afirmar la vigencia de la “ley de la tribu” en el marco de la “gran nación”. Esto implicaba, en términos políticos concretos, la defensa de la integridad de la comunidad indígena, entendida como base material de la reproducción cultural.
En síntesis, sus preocupaciones otorgaron un sello distintivo a su propia reflexión marxista.

Un marxismo de rostro indígena
Hasta mediados del siglo XX, buena parte del marxismo chileno tendía a interpretar la realidad social principalmente desde la contradicción entre capital y trabajo. La cuestión indígena aparecía subordinada al problema campesino o considerada como un fenómeno destinado a desaparecer con el desarrollo capitalista.
Lipschütz rompió radicalmente con esa visión. Él sostuvo que los pueblos indígenas no constituían un vestigio del pasado, sino que eran sujetos históricos que continuaban siendo objeto de relaciones específicas de dominación colonial. En Indoamericanismo y Raza India (1937) señaló que la explotación económica no agotaba la comprensión de la dominación indígena: ésta también se organizaba mediante mecanismos raciales, culturales y políticos.
En tal sentido, rechazó la oposición entre los problemas de la lucha de clases y el problema indígena. Para Lipschütz, ambas dimensiones se encontraban históricamente articuladas. La condición indígena no constituía únicamente una posición económica, sino que también una forma específica de subordinación producida por la conquista, el colonialismo y, posteriormente –durante los siglos XIX y XX–, por la formación de los Estados nacionales latinoamericanos.
Por ello, la revolución socialista debía incorporar simultáneamente la lucha contra la explotación de clase y contra las formas de opresión colonial y racial. En este punto existió una evidente afinidad con el peruano José Carlos Mariátegui, aunque Lipschütz desarrolló estas ideas desde una preocupación antropológica mucho más sistemática. Él sostuvo tempranamente que la noción de raza carecía de fundamento biológico y, más bien, constituía una construcción histórica e ideológica destinada a legitimar relaciones de dominación.
Décadas antes de que la idea de “racismo estructural” adquiriera amplia difusión en las ciencias sociales, él ya había planteado en El indoamericanismo y el problema racial en las Américas (1944) cómo las clasificaciones raciales funcionaban como instrumentos de explotación colonial. Desde una perspectiva marxista, el racismo no era simplemente un prejuicio cultural, sino un mecanismo político de reproducción del orden social.
Mientras gran parte del marxismo latinoamericano pensaba la nación como un espacio relativamente homogéneo, Lipschütz insistió en que los Estados latinoamericanos habían sido construidos sobre procesos internos de colonialismo, es decir, procesos específicos de dominación sobre los pueblos indígenas del continente.
Su conocida oposición entre la «ley de la tribu» y la «ley de la gran nación» no expresaba una nostalgia comunitaria, ni mera romantización culturalista, sino una crítica radical al Estado nacional construido sobre la negación de los pueblos indígenas. Desde esa perspectiva, la democratización del Estado requería reconocer la diversidad nacional existente al interior de América Latina. Por ello, desde la década de 1950, Lipschütz comenzó a abogar por la creación de autonomías políticas y territoriales para los pueblos indígenas en Chile, llegando incluso a manifestar el deseo de crear incluso una República Autónoma Mapuche.
La originalidad de Lipschütz no consistió simplemente en aplicar el marxismo a la cuestión indígena. Su aporte fue más profundo: mostró que el propio marxismo debía transformarse para comprender adecuadamente la realidad chilena y latinoamericana. Si Mariátegui había sostenido que el socialismo debía ser una creación heroica y no simplemente “calco y copia” del modelo europeo, Lipschütz demostró que la lucha de clases en América Latina estaba inseparablemente atravesada por el colonialismo, el racismo y el problema nacional. En ese sentido, contribuyó decisivamente a construir un marxismo latinoamericano más atento a las especificidades históricas del continente.
Fue por todo ello –y mucho más– que, su amigo, el poeta Neruda, llegó a definirlo también como “el más universal de los chilenos”.

Para un “socialismo indoamericano”
El marxismo indoamericano de Lipschütz se expresó, ante todo, en una forma de acción política. En 1945 se había incorporado a las filas del Partido Comunista de Chile (PCCh), organización con una sólida presencia en la clase obrera industrial y en el movimiento sindical. Desde las décadas de 1940 y 1950, el PCCh había comenzado a sostener una relación con sectores del pueblo mapuche. Durante la primera mitad del siglo XX, mucho de ellos se vieron inmersos en las nuevas relaciones de explotación capitalista, tanto en las minas del carbón como en los fundos y empresas agrícolas del sur del país, particularmente en las regiones del Biobío y La Araucanía. En este contexto, el Partido Comunista había logrado echar raíces orgánicas en algunas comunidades, apoyando sus demandas por la recuperación de las tierras usurpadas y la modificación de la ley indígena.
En 1964, la izquierda chilena agrupada en el Frente de Acción Popular (FRAP) y liderada por Salvador Allende suscribió un compromiso político con importantes sectores del movimiento mapuche. El denominado “Pacto de Cautín” reconoció la existencia de la usurpación de tierras y la necesidad de reformar la legislación indígena, entre otras demandas fundamentales. Lipschütz participó activamente en este proceso, colaborando con destacados dirigentes del movimiento mapuche.
En este sentido, Lipschütz se opuso de manera rotunda a la llamada “ley indígena” en Chile y otros países de América Latina. Esta era una ley, en términos estrictos, orientada a la división de la propiedad indígena. Así, gran parte de la legislación indígena vigente buscaba facilitar la subdivisión territorial de las comunidades, con el objetivo de promover la formación de propietarios individuales. Este proceso tenía, además, implicancias identitarias: al abandonar la propiedad comunitaria —en el caso chileno, sustentada en los “títulos de merced” otorgados por el Estado—, los sujetos indígenas podían perder su reconocimiento como tales. Frente a ello, Lipschütz planteó la necesidad no de fragmentar, sino de fortalecer la comunidad agraria indígena, mediante la protección del territorio, la restitución de tierras, el acceso a tecnologías, insumos y créditos, y el reconocimiento de sus propias formas de organización.
Aún más importante, él luchó por definir la implementación de nuevos mecanismos administrativos y estatales orientados a dotar de autonomía cultural, territorial y política a los pueblos indígenas. En este aspecto, él se convirtió en un verdadero promotor de la autodeterminación de los pueblos indígenas.
Cuando Salvador Allende y la Unidad Popular (UP) triunfaron en las elecciones presidenciales de 1970, Lipschütz se puso al servicio del nuevo proceso político. Allende recogió las inquietudes y demandas del pueblo mapuche e impulsó su discusión en diversas asambleas comunales y territoriales. En mayo de 1971, el gobierno de la UP envió esta iniciativa al Congreso Nacional. Si bien la discusión parlamentaria se vio obstaculizada en el Senado por la oposición de la derecha local, el proceso demostró que la «vía chilena al socialismo» podía abordar, con voluntad política, el problema indígena. Lipschütz participó activamente en esta tarea, asesorando al Ejecutivo en la discusión del proyecto de ley indígena, instancia en la que sus reflexiones antropológicas fueron fundamentales.
La legislación contemplaba la restitución de tierras usurpadas a las comunidades, la creación del Instituto de Desarrollo Indígena y la ampliación del acceso a créditos, además de diversos beneficios derivados de la reforma agraria. Asimismo, promovía el acceso a la educación, la salud y otros derechos sociales básicos. En efecto, en 1972 se promulgó una nueva Ley Indígena, que representó una conquista histórica para el movimiento mapuche del siglo XX. De este modo, el gobierno de la Unidad Popular avanzó hacia una política radical de justicia social para los pueblos indígenas del país, afectando severamente los intereses de la clase terrateniente de la región.
En este mismo contexto, Lipschütz se atrevió a dar los primeros pasos hacia la creación de una Universidad Mapuche, inspirada en las ideas del propio Neruda. Se trataba de una propuesta verdaderamente radical dentro del indigenismo continental, orientada a concebir una nueva forma de educación para los pueblos indígenas y a responder, especialmente, a las demandas educativas de la juventud. La universidad debía, además, integrarse en una planificación más amplia, mediante programas de educación tecnológica agraria destinados al desarrollo de las comunidades. Tan importante como ello fue que Lipschütz concibiera esta institución como un espacio destinado a promover la revitalización del mapudungun, la lengua del pueblo mapuche, junto con otras de sus tradiciones culturales.
Hacia 1973, el pueblo mapuche había alcanzado resultados históricos: la restitución de aproximadamente 200.000 hectáreas de tierras solo en la región de la Araucanía; su incorporación a la reforma agraria y a diversos programas sociales en salud, educación y vivienda; la creación del Instituto de Desarrollo Indígena; la promulgación de una nueva legislación; y, de manera especialmente relevante, niveles inéditos de participación política en uno de los períodos más intensos de transformación social en la historia del Chile del siglo XX.
Aunque el golpe de Estado de 1973 interrumpió abruptamente este proceso y destruyó los vínculos entre la izquierda chilena y sectores del pueblo mapuche, la experiencia previa había abierto posibilidades históricas para el desarrollo de una política indígena y, en particular, para la proyección de corrientes indigenistas de orientación marxista. En este marco, Lipschütz se consolidó como un actor clave. Para un sector del pueblo mapuche de las décadas de 1960 y 1970, el profesor y “sabio” Alejandro Lipschütz se había transformado progresivamente en un wenüy, es decir, un amigo. Fue, en definitiva, este carácter militante de su apuesta político-intelectual el que terminó por conferir un sello singular a su perspectiva marxista indoamericana.

- Historiador. Militante de Izquierda Libertaria Chile. El texto fue presentado en Santiago de Chile durante la Escuela de Formación Política organizada por la Fundación Rosa Luxemburgo (Cono Sur), el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschütz y el Diplomado en Pensamiento Crítico Latinoamericano de la Universidad de Chile, los días 22, 23, 24 y 25 de julio recién pasado.
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