La sonrisa que se hizo pueblo

Romina
Militante de Tejer-ConstruIR.

Para aquellas y aquellos que, en su porfía,
siguen soñando y construyendo una sociedad mejor,
entre pasajes, asambleas y vida compartida

Al principio fue silencioso.
No como una explosión, ni como una caída, sino como esas grietas pequeñas que aparecen en las paredes y que una aprende a ignorar. Así era la vida: cada problema tenía nombre propio, dirección exacta, y una sola responsable para resolverlo.

—Arréglatelas— le decían

La casa se llenaba de cuentas, de preocupaciones, de decisiones que siempre parecían urgentes y siempre parecían solitarias. Si algo faltaba, era porque una no alcanzaba. Si algo dolía, era porque una no había sabido sostener. Así, cada dificultad era una isla, y cada isla, una culpa.

Durante mucho tiempo, después de la maldita dictadura, creyó que así era el mundo.

Hasta que un día salió.

No fue una salida épica. No hubo discursos ni revelaciones. Solo salió. A dejar una carta, a preguntar por un dato, a intentar resolver —otra vez— algo que no podía seguir esperando. Y en ese gesto mínimo, casi sin darse cuenta, ocurrió algo extraño: la vecina la miró distinto.

—A mí me pasa lo mismo —dijo.

Y esa frase, tan simple, abrió una grieta más grande que todas las anteriores.

Porque entonces ya no era solo su problema.
Era un problema compartido.

Después vino otra, y otra. Una conversación en la reja, un comentario al pasar, una coincidencia repetida tantas veces que dejó de parecer coincidencia.

Una tarde, mientras el sol caía despacio sobre las casas, se quedaron conversando más de la cuenta.

—Oye… ¿no que con este gobierno íbamos a estar más seguros? —dijo una, casi en voz baja.

La otra se encogió de hombros.

—No sé… pero con esto de la bencina dicen que se nos viene más duro todavía.

Hubo un silencio corto.

—Igual… no puede ser que siempre sea más duro para los mismos —agregó la primera.

Y ahí, sin darse cuenta, habían cruzado una línea invisible.

Porque las historias empezaron a parecerse demasiado como para seguir siendo individuales.

Las deudas, los arriendos imposibles, los hijos, el cansancio, las promesas que nunca llegaban desde arriba. Todo eso que antes habitaba en silencio dentro de cada casa, empezó a salir, a cruzar las paredes, a encontrarse en la calle.

Y ahí, entre palabras torpes y mate compartido, comenzó a nacer algo nuevo.
O tal vez, algo muy antiguo.

No fue inmediato. Al principio daba miedo. Porque salir de la casa no era solo abrir la puerta, era también soltar esa idea tan instalada de que cada una debía arreglárselas sola. Era reconocer que no era fracaso personal, sino una forma de vida que había sido impuesta, repetida, naturalizada.

Pero una vez que esa idea empezó a resquebrajarse, ya no hubo vuelta atrás.

Se organizaron para lo más urgente: una reunión, una lista, una visita, una conversación más grande. Después vinieron otras cosas: discutir, disentir, aprender a escucharse.

Una de esas tardes, en la sede, mientras alguien trataba de ordenar la palabra entre varias voces cruzadas, pasó lo de siempre.

—Ya están hablando estas comunistas… —tiró uno desde el fondo, medio en broma, medio en serio—. Yo solo quiero mi casa.

Algunas se rieron. Otras hicieron como que no escucharon.

—Y está bien po… si por eso estamos acá —respondió una, tranquila.

Sillas que se movían. Un termo que pasaba de mano en mano. Unas ricas sopaipillas hechas con las manos de la vecina Eli.

—Pero igual —agregó otra, con una sonrisa leve—, sola no te la van a dar.

El comentario quedó ahí, flotando. No como pelea, sino como algo que incomodaba un poco.

Porque en esa misma sala convivían dos tiempos.
El apuro legítimo por la casa propia, por resolver lo urgente, por dejar de esperar.
Y esa otra insistencia, más lenta, más porfiada, que decía que no bastaba con llegar cada una a su puerta.

Que había algo más.

A veces se notaba la tensión.
A veces cansaba.
A veces parecía que no iban a entenderse nunca.

Pero entonces pasaban cosas pequeñas.

Alguien que llegaba callada y empezaba a opinar.
Otra que ofrecía ayuda con un trámite.
Un grupo que se quedaba después de la reunión, conversando, riéndose incluso.

Y ahí aparecía de nuevo.

Esa sonrisa.

No una sonrisa ingenua, ni ligera. Era una sonrisa terca, persistente, casi obstinada. La sonrisa de quienes, a pesar de todo, siguen creyendo.

Pero no era cualquier sonrisa.

Era esa que se reconoce entre iguales. La que identifica al pueblo, a nuestra clase. La que aparece incluso cuando no debería, como si se negara a desaparecer.

Porque no hay crisis ni precariedad donde no asome.
A veces en una talla en medio del cansancio.
En la olla común, cuando alcanza justo.
En la movilización, entre gritos y pasos apretados.
O en la rifa improvisada al final de la asamblea, cuando ya nadie tenía ganas… pero igual se quedan.

Esa sonrisa que no niega lo difícil, pero lo enfrenta.
La que se llena de esperanza no porque todo esté bien, sino porque algo se está construyendo.

Esa sonrisa se fue pasando de una a otra, como si fuera contagiosa. Como si llevara dentro una memoria antigua: la de un pueblo que, incluso fragmentado, nunca dejó de reconocerse en el otro.

Y entonces, lo que empezó como una suma de problemas individuales, se transformó en otra cosa. En una fuerza. En un nosotros.

La casa propia dejó de ser un sueño solitario para convertirse en una lucha compartida. La vecina dejó de ser solo la vecina y pasó a ser compañera. Y la calle —esa que antes solo se cruzaba apurada— se volvió espacio de encuentro, de discusión, de organización.

Ahí, en ese tránsito pequeño pero profundo, se empezó a dibujar otro mundo.
No uno perfecto. No uno terminado.
Pero sí uno posible.

Porque aunque les habían dicho que no había alternativa, que todo estaba dado, que la historia había llegado a su límite, algo seguía latiendo. Algo que no se deja encerrar ni domesticar del todo.

El imán de la solidaridad.

Ese que, tarde o temprano, vuelve a juntar lo que fue separado.
Ese que aparece cuando las vidas se reconocen en otras vidas.
Y esos que empujan, una y otra vez, hombres y mujeres que militan con la voz firme, que militan con la entrega de sus tiempos, tercas a insistir en lo evidente:

Que la vida buena no puede ser un privilegio.
Que la dignidad no se negocia.
Que el futuro no está cerrado.

Y así, entre reuniones, desacuerdos, aprendizajes y pequeñas victorias, la sonrisa siguió creciendo.

Ya no era de una sola.
Era de muchas.

Y en esa sonrisa —incesante, colectiva— empezaba a tomar forma algo que durante mucho tiempo pareció imposible:

La idea, concreta y viva, de que un mundo nuevo no solo se imagina, sino que se construye, paso a paso, cuando dejamos de estar solas y solos.

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