Mariana Torres
Proponemos que tanto la política como el psicoanálisis nos son fundamentales para la época actual. En primer lugar, porque ambos nos revelan aspectos fundamentales de la realidad material, y en segundo lugar, porque ambos nos entregan una puerta de entrada, nos facilitan nuestro trabajo de leer e intervenir a la altura de lo que la época propone, es decir, nos invitan a «atrevernos a pensar», y por lo tanto, a «decidir».
Para resumirlo en una frase, tanto la política como el psicoanálisis comparten dentro un campo de batalla -estamos comprometidos en un mismo mundo queramos o no-, y este mundo es un conflicto en el que hay que decidir.
El psicoanálisis descubre una condición subjetiva que atraviesa tanto al mundo como a las individualidades demostrando, a partir de la clínica, sus puntos en común. La clínica localiza una condición subjetiva donde se hilan las fibras de un malestar, por un lado, radicalmente íntimo, pero, a su vez, demuestra algo que es transversal, es decir, efectivamente compartido.
Esto explica que celebremos este encuentro entre ambos pensamientos: el psicoanálisis tiene mucho que decir para nuestra toma de posición en la política, ya que el sujeto del psicoanálisis demuestra una frontera productiva entre lo íntimo y lo extraño; descubre que en la cotidianidad individual se delatan nada más que padecimientos del mundo y que aquello que el mundo nos propone lo hallamos en los padecimientos inconscientes más íntimos. Este sería un primer axioma que une la política al psicoanálisis: la ideología del mundo delata cuestiones centrales del malestar inconsciente, y el malestar inconsciente delata algo de la ideología del mundo.
Hagamos un ejemplo, si pensamos con respecto a lo que el capital nos muestra, vemos que hay un conjunto de patrones ideológicos que tocan la fibra transversal en la forma de vivir de las personas. Como Žižek afirma en varias ocasiones, aunque parezca banal, hoy contamos con la existencia de mercancías en común que algo nos delatan del mundo: café descafeinado, leche sin lactosa, Tinder, inteligencia artificial, reels, etc. ¿Qué es lo que delatan? Que frente a la alteridad de que un café afecte a un hipertenso, se venda café descafeinado; que frente a un intolerante a la lactosa se quite la lactosa; que frente a alguien que le teme al conflicto propio del encuentro amoroso -donde nuestro egoísmo pierde por expropiarnos con la íntima y singular experiencia de la alteridad del Otro- Tinder busque por nosotros al estereotipo del amor: una media naranja que no roce con los intereses individuales, sino que, por el contrario, sintonice, y por lo tanto, tan sólo una a semejantes con quienes consumir la vida y sus cuerpos, omitiendo la alteridad propia de encontrarse.

O la inteligencia artificial, que con Open AI, Deepseek, automatización, etc., muestran un descubrimiento sumamente útil, pero que delatan un punto en común: no sólo proporciona ayuda con información y trabajo concreto, sino que también piensa y actúa por mí. La problemática que aquí aparece no es sólo porque nos ahorre la alteridad de esforzarnos en pensar o trabajar -eso es, dentro de todo, su gran beneficio-, sino que, al omitir nuestro esfuerzo, arriesgamos atrofiar nuestra propia toma de posición.
O, en otras palabras, tanto como puede facilitar información o trabajo, también borra del mapa «la implicación que hay detrás» de la información o de aquel trabajo –cuestión que aplica no sólo por atrofiar el ejercicio de implicarnos, sino que fácilmente instala implicaciones que no decidimos nosotros, sino que el mundo las impone–. En pocas palabras: decide por nosotros peligrando omitir el trabajo de tomar posición, la alteridad de pensar una implicación que, por ejemplo, desvíe al timón de la época. O finalmente, en el caso de los reels, que proporcionan emociones, experiencias, información, etc., funcionando como un sucedáneo de vida autómata envés de la alteridad de poner el cuerpo a las desarmonías propias de la experiencia vívida.
A partir de estos ejemplos, en síntesis, podemos localizar que hoy existe una eliminación del encuentro con el “otro” que es heterogéneo a mi yo, entregando objetos que amortigüen ese encuentro, protegiéndome de toda diferencia comprometedora.
Por otra parte, y en consecuencia, es el otro quien se compromete por mí, y ese otro no es más que el capital.
Por ejemplo, en el área de la salud la circulación del capital se hace efectiva en las fichas clínicas y prestaciones definidas, no en la atención del personal de salud; en las universidades la efectividad del capital pasa por el cumplimiento de las competencias y el trabajo burocrático antes que en la cátedra misma de un profesor, o en las rrss la efectividad del capital pasa por el reel con más visitas, etc.
Podemos resumir con que los individuos del capital no deciden con sus actos, sino que compiten con representar lo mejor posible lo que el capital decide (que es por donde pasa la moneda). De la misma manera en que ni siquiera somos usuarios o consumidores, sino que somos consumidos y usados, y es cómodo.
Ahora bien, si pensamos en lo que delata el malestar personal sobre el mundo nos encontramos con un conjunto de problemáticas. Por ejemplo, el déficit atencional en la juventud y la ausencia de descubrimientos que capten su atención, literalmente es un déficit de atención.
El mundo de hoy, el mundo del capitalismo, no nos propone nada más allá que el interés individual, por lo tanto no hay nada que interrumpa, no hay nada que desvíe la mirada por fuera de la perspectiva de cada individuo. Aquí hay dos significantes que orquestan: el «interés» y lo «individual».

Vemos que el interés, por ejemplo, en la educación y el trabajo, está dirigido a la cárcel del dinero: «con la plata baila el mono», por lo que aprendemos pura información indiferente, que acaba siendo memorizada, con tal de lograr un puesto en el mercado.
Por otra parte, el significante «individual» tan sólo se limita a dos cuestiones: o lograr, a duras penas, el placer de sobrevivir (con un trabajo, un sitio donde vivir y en el mejor de los casos, endeudarse con gastos médicos, inmuebles, alimentos, etc.) o, si te va bien, sobrevivir de placer (en riquezas, consumo, etc.).
Vivimos, entonces, en un interés individual que atrofia el pensamiento a partir de su propia virtud: nuestro déficit atencional es análogo al superávit individual, a la defensa al yo y que todo constele a sí mismo sin que se capte la atención a los hallazgos comprometedores más allá de nuestra burbuja de consumo. En definitiva: enaltezcamos nuestra individualidad, y seamos indiferentes al encuentro con alteridades no coincidentes.
Otro ejemplo es ansiedad y su estrecho vínculo con la forma capitalista de vivir: se nos ofrecen objetos de interés que prometen placer, pero estos en el fondo son vacíos, se consumen, y al mismo tiempo, invitan a seguir consumiendo, se acaban sin darnos otra cosa más que fijarnos en ellos de forma incesante: la adicción a reels, videojuegos, el último celular, un café de starbucks, drogas, etc.
Otro ejemplo es el ideal maníaco que el capital impone: se nos exige ser los mejores representantes del capital, ser eficientes, empresarios de nosotros mismos, mejorar continuamente, etc, pero en el fondo de este horizonte no hay nada: la promesa de una vida resuelta, de completar nuestras aspiraciones, etc, se limita en el ideal aplastante de que nada le falte a nuestra libertad individual.
El problema es que, como nos enseña el psicoanálisis, si nada nos falta, no hay deseo.

La depresión no es más que eso: la ausencia de un deseo, pero en el sentido psicoanalítico del término: el deseo no como algo que yo quiero (el capital puede darnos muchas cosas que queramos) sino que el deseo como algo que no coincide conmigo e interroga mis condiciones preexistentes.
El deseo es falta, pero no es la falta de algo que el mundo provee, sino que es eso que le falta al mundo mismo, y que cuando me encuentro con ello, me sorprende, me invita a implicarme más allá de la inercia prescrita por el mundo.
El deseo es la posibilidad de que haya algo más allá de mi mundo, la posibilidad de que a la altura de lo que ordena mi mundo pueda aparecer otra cosa: la posibilidad de un encuentro heterogéneo a mí y a lo que la época prescribe (Un encuentro amoroso, un hallazgo científico, un descubrimiento artístico, una revolución política, etc) Por este motivo, quienes sostienen una causa, vale decir, un conflicto más allá que su burbuja individual, pueden encontrar otra alternativa que no sea esta cárcel yoica desconcentrada, incierta, desorientada.
La libertad del capital, o en otras palabras, la vida bajo la perspectiva individual es en realidad una cárcel delimitada por la matriz del dinero.
Es una condensación y desplazamiento de cualquier implicación comprometedora bajo la poda del dinero, acorralando cualquier interés por descubrimientos inéditos hacia la atrofia del interés individual. Los descubrimientos, por el contrario, no son individuales, son para todos. Las leyes de la física, los avances en la medicina, el trabajo de la ingeniería, los encuentros amorosos, las amistades reales, las sublimes obras artísticas, el acceso a necesidades dignas para toda persona, el justo despliegue de las y los trabajadores contra toda vulneración a la multiplicidad de cuerpos y lenguas, etc. Todo descubrimiento, en la medida en que es revolucionario, es de todos, es común, es decir, genérico. Debemos militar por el deseo, contra la atrofia inerte del capital.
Pero, ¿qué es militar el deseo?
Como afirma Paul Celan, no es otra cosa que: “en las inconsistencias apoyarse”. Las revoluciones (ya sean científicas, políticas, artísticas, amorosas, etc) no son efectos estructurales de lo que hay, no son producto del estado de las cosas, sino que son aquellos descubrimientos que no coinciden con lo que hay pero que las sostenemos porque nos interpelan, porque nos implican.
Por lo tanto, descubrir algo nuevo nos deja en falta, o bien, nos hace darnos cuenta que algo hace falta. Y militar el deseo no es más que eso: sostener aquellas faltas que sugieren algo nuevo.
El deseo es una puerta de entrada con la que podemos captar la atención hacia la irrupción efectiva de lo nuevo: frente a la falta de vivienda, salud, educación, dignidad, podemos pensar en su posibilidad, frente a la falta de justicia, podemos pensar lo justo.
Frente a la falta de una verdadera vida, podemos pensar que merece ser una verdadera vida.

Referencias.
Fisher, Mark. Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, (Buenos Aires: Caja negra, 2022).
Badiou Alain. Filosofía y política: una relación enigmática, (Buenos Aires: Amorrortu, 2014).
Badiou, Alain. La Hipótesis Comunista. Santiago: Ediciones Macul, 2022.
Lacan, Jacques. El reverso del psicoanálisis.
Celan, Paul. “Estancia del tiempo”. Obras completas. Madrid: Trotta, 1999.

