Los que sobran

David Aniñir

Los Prisioneros cerca del liceo. Imposible olvidar ese rito iniciático con el rock en vivo. Letras inmediatas de la banda ícono del Chile malherido, la patota insubordinada de los 80’. Una época de víctimas desaparecidas, muertes, cómplices y testigos.

Estudiábamos en el liceo municipal B-79 de Quinta Normal.

Un hito notable de la adolescencia por aquel entonces era cursar un año de Media y desertar por motivos de sobra. Para, años más tarde, laburando en la contru, retornar en la modalidad dos por uno. Todo un logro académico encarnado en la educación chilensis.

Los Prisioneros a cuadras del liceo, era algo imperdible, digno de contar a tus probables nietos, sobrinas, ahijadas y relatarles empoderado:

¡Nosotros poh, los que sobrábamos en el baile de un Chile jaguar, devenido a alegre, y a democrático, todo neoliberal y con travestismos de clase! ¡Nosotros estuvimo´ ahí poh, poniendo el cuerpo y vimoh a loh Prisioneros!

Y entonces, los mocosos escépticos te quedarían mirando admirando como al héroe de tus propios recuerdos.

Anteriormente con mi amigo Alberto Fernández, el Hormiga «ese que se puso la corbata a los 17» habíamos ido al gimnasio Yazudhoca. Ahí solían tocar los Tumulto, los Freak Back, los Arena Movediza y cuántos más. Un peluseo en los desbordes del incipiente under poblacional, que yo no había visto jamás. Ahí empecé a escuchar guitarras eléctricas de verdad que me abría los circuitos perceptivos y me trituraban la cabeza. En la zona emocional, le dicen.

Con el tiempo aquellos espacios se convirtieron en el combustible perfecto a nuestra incursión por las grietas del rock. Nosotros pateando piedras, la perra y el futuro esplendor de este paisaje. Y Los Prisioneros encarnaban todo ese desencanto.

En el estadio de calle Jujuy con Salvador Gutiérrez la evasión consistía en dar un salto al muro y ya estabas adentro. Era escaso el control. Otros se quedaban definitivamente sobre el muro, en zona extreme, fumando. Éramos un público eufórico, en precatarsis y con aspavientos libertarios. Siempre en sospecha y agujas con la repre de Pinochet.

Los cuadernos en la mano, más que por onda, era por falta de recursos.

En el interior del estadio estaba instalada una escalera, por eso eludir la entrada era tan papa. El chancho estaba tira´o y con el Pato Azócar, el chico Daniel y el Juanito Cofré que le decíamos el Chuleta, nos destacábamos por los excesos experimentales que íbamos explorando con las pastillas y sus variables, los cogollos, el copete. Puras mezclas suicidas. La cream de la cream, el jugo.

Juanito agarró nuestros cuadernos y se fue a la pobla, a diez minutos en micro para volver con el menú completo pa’ la mente: la marihuana, fiada porque éramos habitúe del fuckin narco que ya nos daba crédito y, las pastillas eran con monto asegurado.

Dando ejemplo de buena conducta y pa’ que después no nos dieran color, fue a avisar a la casa que llegaríamos tarde. Es que en la casa nos weviaban, pues ya cachaban nuestras correrías.

Nosotros lo esperamos arriba del muro, mientras veíamos a la banda telonera y cómo el estadio se iba llenando y nuestra ansiedad se iba satisfaciendo y nos volvía el alma al cuerpo. El Chuleta llegó sin uniforme escolar, medio aperfumado y ma’ producido. Era el peinetadel grupo. Tan pronto sorbimos las grajeas y nos fumamos algo, saltamos el muro y nos fuimos a ubicar en primera fila.

Nunca hubo fila.

Al rato, salió el Jorge González, el Claudio Narea y el Miguel Tapia con “La Voz de los ´80” de una.

Tenían la misma cara de pelusas wenos pa´ la manfinfla. Y nosotros ahí, con nuestras barbillas recién afeitadas en el tremendo estadio iluminado frente a nuestros héroes vivos, rancios y rebeldes, viviendo los primeros síntomas marihuanis con esa risa tonta, esa risa ingenua, pero risa, al fin y al cabo.

Éramos miles de jóvenes vacilando a Los Prisioneros.

¡Salimos más que contentos! Transpirados, sedientos, rojos y muy volados. Con la sarri de este porte. El rock latino, como le llamaron, en su genuino espíritu. El rock no solo sonando en «la lora», sino en experience. La dicha para nuestros 15 años era simplemente lisérgica.

A la salida, la jauría soberbia, entre weveo y weveo, empezó con los habituales cánticos contra el tirano. En medio de los pacos que debían resguardar el orden supuesto, la muchachada con la adrenalina y el rock en el cuerpo, se fue alistando pa’ dejar la cagada.

Tras las consignas; «iba a caer y va caer», “a puro pan y a puro té, así nos tiene Pinochet”, «el pueblo unido jamás será vencido» y el «date una vuelta en el aire Pinocho conchatumadre, date una vuelta pal la`o, Pinocho reculiao», comenzó el apedreo de los furgones policiales.

En la avenida Salvador Gutiérrez se encendieron neumáticos y hasta hubo enfrentamientos.

Muchos ya habían participado en las marchas del centro.

En las concentraciones, se escuchaba tanto el canto lana artesa de Illapu, como a Los Prisioneros.

En la pobla los milicos allanaban reluciendo sus caras pintadas de negro para la ocasión.

Una vez, un helicóptero aterrizó a una cuadra de nuestra casa y dejó a un centenar de uniformados en la cancha de fútbol. 

Nosotros los vimos, con mi hermano. Yo, desde el gran árbol de ciruelo que nos sombreaba en verano y el Colo, arriba del techo. Pudimos ver al Mono, el hermano del Juan Bigote que corría y se escabullía por el pasaje, mientras lo perseguían los milicos, en la otra esquina, sacaban al vecino sangrando de un cachazo en la cabeza y otro paco le disparaba a mi vieja y a la señora Elena, porque habían salido a la calle a buscarnos.

Mi vieja pegó un grito a chuchá limpia y con su amor de madre sureña nos hizo bajar del techo y el árbol de una.

Esa misma jornada, mataron de un balazo en la cabeza al Francisco, el hermano menor de la Paola. Se había trepado al muro de la escuela igual que nosotros, por la pura curiosidad de ver el allanamiento.

Esa generación prendía en los conciertos de Los Prisioneros. Resultaba ser el acelerante en las escaramuzas contra «los tombos», «los botones», «la yuta”. Las bombas lacrimógenas y los disparos, más que asustarnos, solo nos enardecían.

Treinta años más tarde, mi hermano Titi me confesó que él también había estado en ese concierto. Tenía su propia historia de cómo había sido ese día.

Al final, con tanta repre y lacrimógena, retobamos y nos perdimos.

Cada quien, emprendió solo y jubiloso el regreso a casa, con la camisa escolar celeste mojada de transpiración y en las cabezas, la pulsión de una canción que se escucha como la bravata envalentoná y chora de un país que había pensado en despertar.

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