Acerca del sujeto. Apuntes de un materialismo dialéctico

Gastón Acevedo y Christian Troncoso. Militantes en Organización Acontecimiento.

La cuestión acerca del sujeto y del sujeto revolucionario, tiene lugar fundamental en la construcción programática de la política de orientación comunista hoy. Para desglosar este ausente asunto, será necesario partir por el principio de todos los principios, es decir, que sólo hay dos vías: la vía capitalista y la vía comunista. Estas vías constituyen, a su vez, las dos orientaciones de cualquier trayecto político en curso. La vía capitalista es aquella de la repetición de lo peor del mundo. Pongamos en escala esta repetición. La grotesca acumulación de las riquezas mundiales en unas pocas manos, producto de la propiedad privada de los grandes medios de producción, alcanza hoy en día niveles comparables con las máximas acumulaciones del siglo pasado, pero con una velocidad de acumulación mayor. En 2024, la riqueza de los milmillonarios (personas que poseen mil millones de dólares o más en riqueza neta) se incrementó en dos billones de dólares, es decir, en 12 meses aumentaron su riqueza en 39 mil teletones[1], equivalente a 39 mil años de teletones ininterrumpidas. Si esta torta se repartiera en el mundo, serían 200 años de teletones para todos los países.

Esta acumulación se ve acompañada de una profundización de las grandes diferencias entre el trabajo intelectual y manual, al mismo tiempo que se desencadena una proliferación de identidades, como la identidad nacional (sea fascista o de izquierda) o la identidad en el diagnóstico de eso que llaman “salud mental”. Así mismo, la propia política está afectada, o, más bien, atrapada en el uso de la agencia política vinculada casi exclusivamente al Estado y, con esto, la política definida únicamente con el elemento del poder, donde la justicia aparece reducida a una situación con “menos injusticias”. Vale decir, con esto, las tareas de la organización política se orientan en disminuir este nivel de marcaje del justiciómetro, idealmente mantener una tendencia a “cero”: menos injusticias equivaldría a una “vida más justa”.

Lejos de esta organización por el interés, la vía orientada en la idea del comunismo es lo que se observa cuando se sostiene una afirmación de estos cuatro principios (acumulación por propiedad privada de los grandes medios de producción, grandes divisiones, proliferación de identidades y política entendida como mera agencia estatal).

La vía comunista se hace visible en momentos precisos. Por ejemplo, cuando la gestión del excedente social se organiza por y para todas y todos -como en las empresas recuperadas donde los trabajadores deciden colectivamente qué producir y cómo distribuir las ganancias-. O cuando la división entre trabajo manual e intelectual no se usa como excusa para la resignación, sino que impulsa organizaciones sindicales donde el obrero y el ingeniero luchan como iguales, rompiendo las jerarquías que el capital impone. También aparece cuando las fragmentaciones del capital -por ramas, sectores, contratos- no logran impedir una unidad que parecía imposible.

Pensemos en los repartidores de apps que, pese a no compartir patrón ni lugar de trabajo, se reconocen en la misma explotación algorítmica y actúan juntos. Por último, surge cuando ante el monopolio estatal de «lo político», emergen organizaciones populares que no esperan permisos ni cupos. Organizaciones que apuestan todo a ese momento de despertar que las fundó: ese instante en que se rompe lo que «uno pensaba que era normal» y se abre un nuevo horizonte. En suma, ese momento en que se marca aquello que “uno pensaba” y las consecuencias de un nuevo pensamiento en la vida militante.

Pensado así, la cuestión de la idea del comunismo como orientación a la situación actual nos permite retomar una discusión ya olvidada en la “izquierda”: el marchitamiento (disolución) del Estado.

Resulta que luego de los “socialismos reales” del siglo pasado y lo que dejó esa ola en la situación actual, el proyecto de transformación de la propia situación pasó de un nivel realmente revolucionario a un mero nivel transicional que aperturaría un “futuro libre”, por medio de, por supuesto, un no menor sacrificio militante, ese “hombre nuevo” que tanta militancia espera individualmente ser. Dejando así al sujeto socialista como un acto que media al comunismo a partir del Estado.

Si partimos desde ahí, olvidamos que un verdadero principio es, nada más y nada menos, que el marchitamiento del Estado. Tomar el Estado para su propia disolución. Disolución que hoy se posibilita a partir de continuar esos puntos de construcción sobre una novedad que se puede jugar en cualquier hipótesis política de intervención de la situación. De cierta manera, la idea del comunismo no se juega en la promesa del futuro esplendor, sino que en la propia intervención de ese presente muerto.

Es la diferencia entre esperar que algún día no haya hambre, y organizar hoy una olla común donde las decisiones las toman todos los que cocinan y comen. Es la activación concreta de una idea que afirme los cuatro principios del comunismo:

1) ante la acumulación de riquezas, ¡arrebato de la propiedad privada de los grandes medios de producción!;

2) ante las grandes diferencias, ¡trabajo polimorfo!,

3) ante la proliferación de identidades, ¡proletariado mundial!; y, por último,

4) ante la construcción de Estado o del partido-Estado, ¡marchitamiento del Estado!

¿Cómo se ven estos principios en la práctica? El trabajo polimorfo aparece cuando en una cooperativa el contador también participa en la producción y el obrero en las decisiones financieras, o cuando las y los trabajadores gestionan colectivamente sus propios fondos de pensiones.

El proletariado mundial se materializa cuando los trabajadores de apps se organizan simultáneamente en Santiago, São Paulo y Ciudad de México, reconociendo que enfrentan al mismo patrón algorítmico, ¡o cuando movilizamos acciones contra el genocidio en Gaza!

No hay que perderse en la impotencia ante la aparente magnitud de la tarea comunista. Es cierto: la fuerza necesaria para arrebatarle la propiedad privada a los grandes medios de producción puede parecer titánica, y esa sensación nos empuja fácilmente hacia la queja virtual o la militancia resignada. Pero la cuestión no es lamentarse por lo que no tenemos, sino identificar cómo estos principios comunistas ya están operando en nuestras escalas concretas de intervención.

No debemos olvidar que atravesamos tiempos particulares. Ya no son aquellos donde existían, tangibles y a escala mundial, dos proyectos en disputa. Hoy existe solo un proyecto hegemónico: el capitalismo, sea este democrático o totalitario (incluso totalitario por elección democrática).

Todo el paraguas de acción política parece mantenerse interno al capital. Pero seamos claros: incluso dentro de esta hegemonía aparecen novedades políticas. Son esos momentos donde lo imposible se hace posible, aunque sea localmente. La tarea del militante comunista es identificar estas novedades en sus propios espacios y trabajar sus consecuencias con intensidad máxima. Así, quien se orienta por la idea del comunismo debe centrar su atención en esos pisos reales donde algo nuevo ha emergido.

No importa si es en una asamblea barrial donde se decidió colectivamente sin jerarquías, en un sindicato que rompió la división entre bases y dirigencia, o en una toma estudiantil que inventó nuevas formas de organización. Lo crucial es identificar qué imposible se hizo posible ahí -qué ruptura con lo normal capitalista ocurrió- y trabajar para expandirlo, para llevarlo a la mayor escala que las fuerzas permitan.

Que el problema de la unidad política no nos desaliente en nuestra escala de intervención.

Debemos dar pasos sobre esos pisos reales donde se organizó una novedad en tanto imposible de la situación. La propia organización sobre esta novedad será un punto de trabajo en torno al problema de la unidad. En otras palabras, ya hay unidad en el proceso mismo en que se trabajan las consecuencias de esa novedad. En cierto sentido, las tareas de la unidad están en lanzar redes organizativas lo suficientemente amplias y con principios lo suficientemente claros -«rojas» en su orientación comunista- para que activen a gran escala una unidad política real.

Tenemos hoy en día un problema respecto a la unidad política porque hay mucha tentación fragmentaria. Y lo problemático no es lo fragmentario en sí mismo, sino que la propia política apueste a un potencial alcance fragmentario. Si el proletariado no tiene patria es justamente porque tiene un alcance que atraviesa esos fragmentos de patria, de nación, de Estado, etcétera.

La unidad no da espacio a los intereses particulares. El interés es problema del capital.

Quizá lo más palpable de este problema fue cómo se organizaron los espacios de articulación política como mera sumatoria de intereses. Lo que organizamos en los Encuentros de Asambleas Territoriales surgidos del octubre chileno de 2019 son un ejemplo claro:  cada organización llegaba con su lista de demandas particulares, y la «unidad» se construía sumando fragmentos, no buscando aquello que les era común.

Esta lógica de la sumatoria -donde cada quien defiende su parcela- explica en parte la posterior derrota en la votación por una «nueva constitución». ¿Qué pasó ese octubre donde vimos emerger una unidad real? Por primera vez, lo que antes existía sólo de forma local o parcial -el «somos el 99%» era todavía una consigna abstracta- pasó a construir un cuerpo común concreto. En las calles, en las asambleas, en las ollas comunes, se vivió una unidad que no era suma de partes sino afirmación de lo común. Ese momento solo valdrá por sus consecuencias: por aquellas organizaciones que continúan afirmando espacios donde la igualdad no es una demanda sino una práctica. La igualdad -imposible según las reglas del capital- se sostuvo y se sostiene en múltiples espacios donde lo común se organiza sin fragmentarse en intereses particulares.

Las consecuencias de aquello organizado hasta el golpe del ‘73 las recordamos en las acciones que hoy continúan esos puntos novedosos que se sostuvieron en esa secuencia política. En cierto sentido, sobre esa continuación de novedades es que podemos ser contemporáneos de aquello por lo que se luchó. De otra manera, solo nos relacionamos falsamente con esas fechas. Tal como hoy puede suceder con el 18 de octubre, que si bien sus consecuencias fueron débiles, cambió la vida de miles de personas que, organizadas igualitariamente en un espacio, produjeron en sí mismas una novedad radical, un momento en que la unidad apareció, se organizó concretamente, aún cuando se pueda afirmar su falta de programa en tanto orientación militante, lo que se observa al no devenir de situación revolucionaria la revolución.

En otros términos, octubre fue un sitio -un momento donde lo imposible pareció posible- pero no llegó a ser un acontecimiento, es decir, no logró instituir duraderamente esa nueva posibilidad. Como cuando en una asamblea territorial se vive la igualdad real por unas semanas, pero luego no se encuentran las formas de sostenerla y expandirla.

Detengámonos aquí. Si octubre nos enseñó algo, es que la unidad no se decreta: se construye en la lucha concreta, organizando así una dignidad en acto.

En las distintas organizaciones populares que en sí mismas ejercían una igualdad, así como nuevas formas de gestionar la propiedad contra la propiedad privada de los grandes medios de producción y reproducción, o también en la creación de espacios en que la toma de decisiones incluía a cualquiera de la organización, luchando así contra la división del trabajo. Si el 18 de octubre marcó algo, fue una unidad que hasta ese entonces era sólo esquematizada por fracciones de clase, fragmentos de trabajo, sectores, ramas, etcétera, fue un momento en el que se produjo una unidad real, trabajada en distintas asambleas populares.

Si el 18 de octubre es un sitio al cual remitirnos para pensar una política revolucionaria, no será en tanto sumatoria de demandas, sino que en aquello que atravesaba las distintas demandas: ¡la dignidad! Y, la construcción de un momento digno se posibilita en la organización de una igualdad y no simplemente como una demanda de una suerte de “dignidad” como nuevo estándar para nuevos sellos de calidad de las mercancías “populares”. Debemos continuar sobre esas hipótesis que se nos aparecieron el 18 de octubre.

El sujeto revolucionario es el sujeto de esa continuación de la discontinuidad, sea esto en octubre de 2019, del movimiento feminista, o de los distintos movimientos medioambientales, estudiantiles, o cualquiera en que se levantasen fuerzas sosteniendo una dignidad efectiva que, por ser digna, choca inmediatamente con los intereses del capital.

Una rápida constatación de las fuerzas que se organizan en torno a la orientación comunista, nos muestra que la situación es totalmente desigual: la oligarquía y sus fuerzas capitalistas mantienen una organización internacional de magnitudes no observables en el campo de la organización popular.

Bajo este marco, el mundo actual nos repite que sólo hay una forma de ser, la capitalista: debemos adaptarnos, buscar la mejor correlación de fuerzas internas al capital, el mejor puesto, un buen sueldo o el mejor grado de estudio, entre otros proyectos capitalistas que seguimos a diario. El problema aquí no es acerca del consumo de tal o cual mercancía, al estilo de consumirla o no, sino que su problema reside en su apuesta de unidad política: una apuesta que busca su potencia a partir del equivalente general del capital, y que es en definitiva en lo que deviene; pasamos de los huevos de «gallina libre» al «café pro-Palestina», muy cómodos consumiendo café y huevo, mientras vemos un genocidio en vivo.

Dada esta situación, la tentación del Estado nos desenfoca la vista en los gustitos posibles, las migajas del capital. Disponiendo de una suerte de sujeto democrático que mantiene su apuesta en la gestión de las demandas populares. No interesa ningún tipo de novedad que este movimiento de masas traiga, sino que lo central es aquello gestionable por medio del aparato estatal.

El trabajo militante de continuación a estas discontinuidades es lo que podemos entender como “libre asociación”, y que podemos además plantearlo como un método de marchitamiento del Estado, en cuanto que las fuerzas se disponen en el trabajo de aquellas novedades a la situación. La cuestión del aparato estatal es más bien una cuestión secundaria hoy en día. No se trata del infantil ‘yo no voto, me organizo’, sino de entender que el Estado se marchita cuando las organizaciones populares resuelven directamente sus problemas.

Cuando una coordinadora de vivienda construye casas sin esperar subsidios, o cuando las asambleas territoriales gestionan el agua sin recurrir al municipio, ahí es cuando concretamente las fuerzas no están en el Estado, es otro encauce o, más bien, otra vía. Usarlo o no dependerá de las circunstancias, pero sin perder de vista que cada problema tomado colectivamente es un paso hacia la disolución del Estado.

Para finalizar, las dos vías aperturan el campo a buscar marcar filas entre las fuerzas de orientación capitalista y las de orientación comunista, y tomar una posición real al respecto, de llevar esas consecuencias a los espacios donde militamos esta idea.

La posibilidad de escalabilidad de las distintas políticas en curso es un trabajo central en cualquier organización, por lo que el tratamiento de estas novedades desplegados en distintos espacios, deben crear espacios de discusión de esos elementos reales de la política, para desplegar localmente una orientación política para toda la militancia, donde los distintos trayectos políticos se disponen a encontrar y continuar esos elementos transversales a los distintos fragmentos.

La pregunta no es si somos lo suficientemente revolucionarios, sino, más bien, si en nuestros espacios de militancia -sea grande o pequeño- estamos trabajando para que lo imposible continúe sus consecuencias hoy.

El sujeto revolucionario no es el que espera el gran día, sino el que construye cotidianamente ese día, esa vida.


[1] Oxfam Internacional, fecha de revisión. Fecha de acceso: 06 de julio de 2025 https://www.oxfam.org/es/letters-and-statements/la-riqueza-de-los-milmillonarios-se-incremento-en-dos-billones-de-dolares-en . Más allá de que la Teletón debe terminar, nos servimos de este dato “cotidiano” para traer la escala mundial a una escala local.

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