
Mujeres Tejer-Construir
Cada 8 de marzo el calendario oficial intenta teñir de celebraciones vacías ésta fecha, que emana de sangre y lucha. No es una jornada de festejos, sino de memoria, rebeldía y organización. Conmemoramos el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, día que nos recuerda la lucha de las obreras textiles de 1908, que mueren a manos del patronaje por exigir derechos laborales. Al rescatar esa memoria, no solo miramos al pasado, denunciamos que en la actualidad sigue operando la misma estructura capitalista patriarcal bajo nuevas formas.
El capitalismo ha mutado. Actualmente se presenta con un rostro digital y sustentable, globalizado, haciendo uso de la perspectiva de género a su conveniencia política y económica de rentabilidad. Se muestra como avance la inserción de mujeres en industrias estratégicas como la minería y en puestos de liderazgo, sin embargo, para las mujeres de la clase, especialmente para nuestras compañeras racializadas, indígenas y migrantes, el lugar de opresión de clase permanece intacto. Seguimos siendo el sector más desprotegido de una cadena de explotación, con sueldos más bajos, mayor informalidad laboral y altas tasas de pobreza. Esto ocurre porque el capitalismo se sostiene sobre una división sexual del trabajo, que asigna a las mujeres la responsabilidad de la reproducción cotidiana de la vida: el trabajo doméstico, los cuidados y las tareas que permiten que la fuerza de trabajo exista, se mantenga y vuelva a producir al día siguiente. Es nuestro trabajo no remunerado en el hogar y nuestras labores de cuidados, uno de los pilares del funcionamiento de este sistema.
En el contexto nacional, el gobierno autoproclamado feminista de Gabriel Boric, impulsó el Registro Nacional de Cuidadoras, presentado como un reconocimiento a las tareas de cuidado realizadas históricamente por las mujeres. Sin embargo, el reconocimiento sin recursos ni transformaciones estructurales, termina siendo apenas una medida simbólica. En la práctica, esta lógica no se diferencia sustancialmente de la aplicada por gobiernos anteriores, que han abordado la cuestión de los cuidados mediante estrategias focalizadas como bonos, subsidios o credenciales de acceso preferente a servicios. Este conjunto de medidas asistenciales entrega apoyos limitados, pero mantiene intacta la estructura que descarga sobre las mujeres la responsabilidad principal de sostener la vida cotidiana. De este modo, el peso de los cuidados, la vejez, la enfermedad y la crianza de la clase trabajadora, continúa siendo asumido de manera individual y doméstica, mientras el problema social de la reproducción de la vida permanece confinado al ámbito del hogar.

Por otro lado, el avance de la ultraderecha conservadora y antifeminista consta de una larga trayectoria de amenazas que apuntan, en línea con los gobiernos fascistas de la región, la refutación de la pertinencia de un Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, la relevancia de destinar recursos a programas de prevención de la violencia de género, entre otras condiciones mínimas para la mujer de la clase popular. Estas ideas de cuestionamiento se sostienen en el burdo argumento de que no son avances propios de una sociedad más democrática, sino de la mal llamada “Ideología de género”.
Paradójicamente, esta postura busca esconder la ideología de la clase dominante. El entrante gobierno de José Antonio Kast, bajo discursos de odio, promueve ideas ultraconservadoras y fascistas, donde los cuidados son una obligación moral de las mujeres, quienes deben estar predestinadas al espacio privado de los hogares y la familia, sin agencia sobre nuestros cuerpos y proyectos de vida.
Ante este panorama, la organización y la propuesta popular constituyen nuestra principal trinchera. No podemos esperar que la institucionalidad burguesa ni los gobiernos de turno, resuelvan los problemas que enfrentamos las mujeres populares, cuando responden a intereses de clase opuestos a las necesidades del pueblo.
La transformación sólo podrá surgir de nuestra capacidad de reconocernos como parte de la clase trabajadora y, de comprender al movimiento de mujeres como una dimensión inseparable de sus luchas. En esa dirección, resulta fundamental avanzar en un programa político que enfrente los problemas que atraviesan a nuestro pueblo, que transforme las condiciones que sostienen la explotación y la opresión de las mujeres, que reconozca y socialice el trabajo de cuidados, y que garantice la plena autonomía de las mujeres sobre sus cuerpos.
Porque la organización y resistencia es y ha sido históricamente nuestra herramienta política. Solo a través de la organización popular y el reconocimiento de lo colectivo como estrategia de lucha, podremos construir esa sociedad distinta que soñamos.
Este 8 de marzo y todos los días, que nuestra voz no sea solo un eco de la memoria, sino un grito de guerra contra el capitalismo patriarcal.
¡Por la socialización de la vida y la organización de la clase trabajadora!
¡Mujer pobladora a construir una sociedad socialista!


