
Bernardo Jorquera. Partido Solidaridad para Chile.
Durante las semanas más intensas de la Revuelta Popular de octubre, cuando la calle ardía y la rabia se mezclaba con una esperanza colectiva inédita, la sola idea de construir un partido político era vista como una traición al espíritu del momento.
Las asambleas territoriales florecían y la desconfianza hacia toda forma de representación vertical encontraba eco en quienes, por primera vez, se aventuraban en la lucha social. En ese clima, la noción misma de dirección era rechazada: toda vanguardia parecía sospechosa, todo liderazgo; una reedición de las jerarquías que se querían enterrar.
Pero mucha agua ha corrido desde entonces.
Hoy, tras una derrota que remeció a las izquierdas —y de la cual, me atrevo a decir, aún no nos reponemos—, volvemos a preguntarnos por el partido. La experiencia de los movimientos sociales en la Convención Constitucional, que no logró articular una síntesis común, sumada al impacto de la implosión de La Lista del Pueblo, llevó a muchas y muchos a mirar con otros ojos la necesidad de una herramienta política más sólida. Una herramienta que, aún en medio de un contexto adverso, pudiera ofrecer algo de dirección, de horizonte, de coordinación estratégica para enfrentar la ofensiva reaccionaria y reconstruir un campo popular fragmentado.
Fue en ese clima donde comenzó a circular con más fuerza la idea de construir un “partido de nuevo tipo”. No se trataba de repetir las viejas formas que La Revuelta había impugnado con tanta fuerza: verticalismo, burocracia, representaciones sin base. Pero tampoco bastaba con la política de la pura espontaneidad o el ritualismo horizontal. La apuesta era ambiciosa: combinar radicalidad programática, democracia interna y capacidad real de conducción. Ser algo distinto al Frente Amplio o al Partido Comunista, no solo por fuera del gobierno, sino también por la forma en que se relaciona con el conflicto social y con sus propias bases.
En 1915, mientras la mayoría de los partidos socialdemócratas europeos apoyaban el esfuerzo bélico de sus burguesías nacionales —abandonando todo internacionalismo obrero—, Lenin escribió: “díganle a los obreros la verdad”.[1] No era un gesto retórico, sino una consigna política radical: frente a la traición de las direcciones tradicionales, era necesario reconstruir una relación franca y directa con las masas. La autoridad revolucionaria no se declama, se construye. Y no se construye desde la superioridad moral ni desde la torre de marfil del saber político, sino mirando a las y los nuestros a los ojos, escuchando sus dolores, compartiendo su vida cotidiana, enraizándose en sus conflictos reales. La dirección política, para Lenin, debía ser una práctica viva de fusión con la clase, no un derecho autoasignado por iluminados.

En «Un paso adelante, dos pasos atrás”, Lenin arremete contra el espíritu de círculo que dominaba a una parte de la intelectualidad revolucionaria rusa. Denuncia el comportamiento de ciertos sectores que, en lugar de construir dirección desde la experiencia colectiva de la clase, operaban como pequeñas camarillas ilustradas, más preocupadas de conservar espacios de influencia que de fundirse con las necesidades reales del movimiento. A estos grupos, Lenin les reprocha que su “psicología individualista”[2], propia del intelectual de círculo, chocaba con la exigencia de una intervención abierta ante el partido. El conflicto no era con el conocimiento en sí, sino con la pretensión de imponer liderazgo desde afuera, sin recorrer los caminos del territorio ni los ritmos de la base organizada. La vanguardia, para Lenin, no podía decretarse: debía construirse en la práctica común con militantes que, hoy, desde diversas formas de organización social, cultural y política, siembran dirección política en el terreno fértil de las luchas populares.
A diferencia de la lectura de Toni Negri, que pone el énfasis en la potencia creativa de la multitud, a partir del “autonomismo” de la clase obrera, si bien, nuestra perspectiva parte por valorar esa crítica al partido como forma jerárquica fosilizada, creemos que ese diagnóstico, aunque pertinente frente a ciertas experiencias de partidos burocráticos o autorreferenciales, no basta para enfrentar el dilema de la dirección política en contextos de crisis. Negri nos invita a desconfiar de toda forma centralizada, pero no resuelve cómo se construye articulación estratégica, ni cómo se genera una voluntad colectiva que permita a los sectores subalternos disputar el rumbo del proceso político.
No se trata de restaurar la forma partido como fetiche organizacional, sino de entenderla como un campo de disputa, una forma abierta, en construcción, que debe ser constantemente tensada por la vitalidad social desde abajo. La dirección no se impone, ni desde un comité central, ni desde la espontaneidad absoluta: se construye en el conflicto, en la práctica conjunta y en el reconocimiento de legitimidad que surge de esa experiencia común.
En ese punto, la crítica a Negri no es su desprecio por el partido, sino su falta de respuesta concreta sobre cómo se construye dirección sin caer en la dispersión o en la captura institucional. De ahí que retomemos el problema no desde una nostalgia de aparato y tampoco desde una añoranza voluntarista de la exclusiva “autonomía” de las y los trabajadores, sino desde una exigencia política: cómo ensamblar potencia plebeya con proyecto común.
Frente a este dilema irresuelto, la reflexión de Álvaro García Linera sobre la potencia plebeya ofrece una clave fundamental. Para él, la energía transformadora de los pueblos no desaparece por falta de voluntad, sino por no encontrar una forma organizativa que la sostenga, proyecte y acumule. La potencia plebeya no se agota en el gesto destituyente o en la movilización espontánea: necesita encarnarse en estrategias, en relatos compartidos y en formas de conducción política legítima. El partido, entonces, no es el fin ni el punto de partida, sino el resultado de una sedimentación histórica de luchas, vínculos, sentidos comunes y formas organizativas que no se decretan, sino que se forjan en la experiencia.
No se trata de volver al partido como aparato cerrado, sino de repensarlo como una herramienta en disputa, como el lugar donde se teje una dirección colectiva que no se impone desde arriba ni se finge desde el afuera, sino que emerge de la articulación entre lo que el pueblo produce y lo que el proyecto común necesita.
Así, el problema no es el partido en sí, sino su desconexión de la fuerza social que lo nutre: el riesgo no es organizar, sino hacerlo sin anclaje, sin escucha, sin legitimidad.
La tarea sigue siendo construir partido, pero hacerlo con humildad, con memoria y con una base material en el territorio.

[1] Vladímir Ilich Lenin, La bancarrota de la II Internacional (Buenos Aires: Ediciones El Socialista, 1915), 11.
[2] Vladímir Ilich Lenin, Un paso adelante, dos pasos atrás: Una crisis en nuestro Partido, en Obras Completas, tomo 8 (Moscú: Editorial Progreso, 1982), 286.

