
Núcleo de Comunismo Negativo Permanente
«A veces creo que el punk está muerto, pero otras veces lo siento más vivo que nunca. Depende de qué tan fuerte suene la caja registradora.»
Crass
«Mientras más veo el mundo, más deseo destruirlo. No como un nihilista, sino como alguien que quiere volver a armarlo.»
The Pop Group
1. Introducción: entre el ruido y el gesto.
Hay algo en la figura del joven que excede su propia edad. Un algo que vibra en el lenguaje, en las calles, en las portadas de revistas, en los gestos de rebeldía que se convierten en estampados de camisetas. La juventud ha sido transfigurada: ya no es solamente una etapa vital, sino un significante ideológico, una imagen espectral capturada por la lógica del capital para ser consumida, reproducida, estetizada y domesticada.
El capitalismo tardío, consciente de su propia crisis estructural, ha encontrado en la juventud no sólo una fuente inagotable de renovación simbólica sino, sobre todo, una cantera de formas vaciadas de contenido, listas para ser rentabilizadas. El joven, entonces, ya no es sólo una figura biológica o cronológica: es una forma de mercancía, un fetiche cultural que atraviesa la industria musical, el cine, las modas urbanas y las tecnologías de la subjetividad.
Lo juvenil se vuelve universal como estilo, como aspiración, como simulacro de vitalidad. Pero en ese proceso se pierde algo: la radicalidad. Aquello que en otro momento fue potencial transformador, hoy es disfraz. El joven deviene icono, y el icono se vuelve inofensivo. O peor: útil.
La tesis que aquí se despliega parte de una intuición fundamental: que el joven ha sido fetichizado por el capitalismo para absorber su potencia antagonista y reproducirla como mercancía. Su rebeldía es tolerada en tanto pueda ser estetizada, domesticada y monetizada, mientras circule dentro de los márgenes de lo simbólicamente aceptable. No es la edad lo que define la amenaza, sino el quiebre con la forma-mercancía.
El capital no teme al joven en sí mismo, ni al adulto, sino a la negatividad que se niega a ser codificada. Tanto el joven como el adulto son mercancías en la medida en que sus gestos, deseos y resistencias pueden ser capturados y devueltos como espectáculo o consumo. El antagonismo que persiste, que no se convierte en estética rentable ni en biografía ejemplar, es el que desborda los límites de la tolerancia: ahí operan los aparatos represivos —la moral, la psiquiatría, la cárcel— como dispositivos de normalización. La rebeldía es permitida mientras sea funcional al orden; cuando insiste en su negación radical, se vuelve verdaderamente peligrosa.
2. Genealogía de la juventud como mercancía.
La idea de juventud como categoría histórica no es nueva, pero sí lo es su conversión masiva en forma-mercancía. En otros tiempos, el joven era apenas una figura en tránsito: un aprendiz, un sujeto a medio formar, un cuerpo disponible para el trabajo o la guerra. Con la consolidación del capitalismo industrial y, más aún, con el auge del capitalismo cultural en el siglo XX, la juventud se transformó en un mercado, una estética, una narrativa.
El rock, el cine, la publicidad y la televisión inventaron una juventud deseable, inestable, bella, contestataria. Las rebeliones simbólicas de los años 60 fueron domesticadas rápidamente por la industria cultural, como ya advertía Adorno, transformando el gesto radical en consumo dócil. La disidencia fue mercantilizada, las comunas convertidas en folclor, los peinados punk vendidos en supermercados.
Como señaló Guy Debord, «el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediada por imágenes». La juventud, en tanto imagen, no sólo representa una relación con la mercancía, sino que la encarna: es deseada, perseguida, imitada. En la cultura del espectáculo, el joven es el actor y el producto, la promesa y la trampa.
Anselm Jappe lo dirá con precisión al retomar a Marx: «en el capitalismo, incluso el tiempo es forma-mercancía. Y el tiempo de la juventud, intensamente estetizado, se vuelve más rentable mientras más fugaz». Así, se intensifica una lógica biopolítica en la cual el cuerpo joven es puesto a circular como valor. Pero este valor no reside en el trabajo ni en la producción directa, sino en la capacidad de significar algo que se compra, que se vende, que se desea.

La juventud se convierte entonces en un “modo de ser” al que todos quieren aferrarse, incluso quienes ya no son jóvenes. Lo juvenil se transforma en estilo de vida, en dieta, en algoritmo, en experiencia estética programada. Se fetichiza el gesto rebelde al punto de disolver su contenido histórico: ya no importa contra qué se rebelan, sino cuán bien luce esa rebeldía en una historia de Instagram o en una pasarela.
En el marco del capitalismo tardío, la figura del boomer —transformada en insulto generacional— funciona como un síntoma del presente sin historia. La juventud, elevada a ideal normativo, se convierte no solo en mercado objetivo sino en el único lenguaje simbólicamente válido: un lenguaje que desprecia la acumulación de experiencia, que borra la memoria de los procesos colectivos y que margina al sujeto que ya no puede sostener la estética de la productividad o el deseo de innovación constante. En este escenario, el joven ya no es sujeto de cambio por su potencia colectiva, sino porque encarna la novedad que el capital fetichiza.
Así, se establece una fractura cultural: se venera lo nuevo por el solo hecho de serlo, mientras se desestima toda continuidad con las luchas sociales del pasado, despreciando a quienes las encarnan. Los adultos y adultos mayores son expulsados del circuito simbólico y productivo; no son rentables, no generan contenido, no “rinden”. El desprecio se reviste de ironía —“ok boomer”— pero en el fondo expresa una lógica de desecho profundamente funcional al capital.
En esta lógica, las redes sociales operan como vitrinas donde la juventud se escenifica permanentemente, pero esa juventud no es real sino estetizada: cuerpos, poses, discursos que borran la historia en nombre del presente perpetuo. La construcción de un nuevo lenguaje —que podría ser subversiva— es absorbida por la lógica de la novedad mercantil, negando su inscripción histórica. El joven es impulsado a sentirse único, creador absoluto, mientras el capital reproduce su ciclo eterno de olvido: sin historia, sin memoria, sin conflicto.
3. El joven como fetiche y el límite simbólico del antagonismo.
«Estoy listo para la guerra, estoy listo para morir.
Soy un hombre libre, y el gobierno es una mentira.»
-Dead Prez, “I’m an African”
«El gobierno quiere silencio, pero nosotros gritamos más fuerte.
El sistema nos dispara, pero aprendimos a devolver el golpe.»
-Public Enemy, “Fight the Power”
La figura del joven rebelde, tal como aparece en la industria cultural, funciona como un dispositivo de neutralización. El capitalismo no sólo tolera la rebeldía juvenil: la prefigura, la estetiza y la distribuye como mercancía.
El joven, entonces, es fabricado como imagen de una transgresión que nunca debe concretarse. Su insatisfacción se vuelve vendible, su rabia se transforma en identidad, su insumisión en un estilo. Se trata de un sujeto potencialmente revolucionario, pero atrapado en la forma espectacular que lo define como eternamente insatisfecho pero también eternamente funcional al orden.
Este proceso comienza con el vaciamiento simbólico de la juventud. El capital convierte al joven en objeto de deseo, en mito de vitalidad, pero lo priva de toda agencia real. Lo convierte en consumidor de rebeldía, no en agente transformador. Es así como se impone una forma de rebeldía programada, compatible con la lógica de la mercancía, inofensiva para el orden existente. La juventud se vuelve entonces una pose repetible, exportable, banalizable.
Y sin embargo, esta forma espectral de rebeldía no se limita al joven. El adulto también es sujeto de este fetichismo. En la adultez, la rebeldía es considerada patológica, impropia, incluso peligrosa. El adulto rebelde es sancionado, medicalizado o castigado: la moral, la psicología, la psiquiatría y la cárcel funcionan como aparatos represivos para quienes no abandonan el impulso de transformación.
El joven es convertido en fetiche, sí, pero el adulto es convertido en amenaza. Ambos, en distintos registros, encarnan las tensiones de una sociedad que tolera sólo aquellas diferencias que puede mercantilizar.
En este sentido, el joven y el adulto no son figuras opuestas, sino parte de una misma lógica de control. El capitalismo permite el juego de la rebeldía solo mientras este pueda ser reducido a un gesto estético, a un producto intercambiable. Pero existe la posibilidad de quiebre, una posibilidad que habita en ambos cuerpos, en ambas subjetividades.
Cuando la rebeldía excede la forma, cuando se organiza, cuando construye comunidad, cuando rechaza ser mercancía y rompe con la lógica del espectáculo, emerge el antagonismo real.
Ese es el momento donde la juventud deja de ser juventud funcional, y la adultez deja de ser obediencia programada. En esa grieta, aparece el sujeto social capaz de transformarse a sí mismo y a su Mundo.
Tanto el joven como el adulto son figuras atravesadas por la lógica fetichista del capital: uno como promesa de rebeldía fácilmente estetizada, el otro como residuo de una negación que se supone vencida. Pero en ambos persiste la fisura. El joven, cuando rechaza su rol de mercancía y se reapropia de su tiempo, de su deseo, de su cuerpo, desajusta el engranaje del espectáculo. El adulto, cuando no se resigna a ser funcional, cuando resiste a la clausura del sentido en la rutina o la moral del sacrificio, se transforma en memoria viva del conflicto. En ambos, la posibilidad de quiebre existe: frágil, intermitente, pero real. Porque en ambos anida la experiencia, el deseo, el lenguaje y la historia que el capital no puede terminar de domesticar.

4. La juventud y la máquina espectacular.
La maquinaria espectacular no solo produce imágenes: produce sujetos, temporalidades y afectos. En su lógica de representación total, el espectáculo se apropia de la juventud como categoría simbólica, cultural y política. No es casual que el joven sea el emblema de todas las promesas incumplidas del capitalismo tardío. En él se deposita el porvenir, la innovación, el cambio, pero solo como posibilidad siempre desplazada, siempre frustrada. La juventud se convierte, así, en una zona intermedia entre la promesa de transformación y la permanencia del orden. Un umbral.
Este umbral es también un campo de batalla. La imagen del joven rebelde, promovida por las industrias culturales, es la forma más refinada del control ideológico. Lo que parece subversivo está diseñado para no serlo. Desde el punk convertido en logo hasta el rap domesticado en marca, todo gesto contestatario es rápidamente absorbido por la lógica del capital. El joven es llamado a diferenciarse, a resistir, a gritar, pero dentro de los límites del consumo. Se le permite imaginar la revolución, mientras se le vende su simulacro.
Pero no todo es captura. En los márgenes de esa máquina, donde las formas no son del todo legibles ni rentables, emergen experiencias radicales. Desde los movimientos sociales que desbordan la política institucional hasta las expresiones culturales que rehúyen el espectáculo, el joven puede devenir otra cosa. Puede dejar de ser imagen para devenir sujeto. Esa transformación, sin embargo, exige una ruptura: no solo con la forma-mercancía, sino con el propio deseo moldeado por el capital.
Por eso, el espectáculo no solo estetiza la rebeldía, sino que la cronometra. Impone una temporalidad donde la juventud debe pasar rápido, donde el joven debe crecer, madurar, adaptarse. El adulto, como figura de lo integrado, es el destino del joven que abandona la lucha. Pero si ese tránsito se interrumpe, si la juventud se prolonga en forma de antagonismo adulto, entonces el sistema responde con dureza. Ya no se trata de venderle rebeldía, sino de neutralizarla. Ahí opera el castigo.
La máquina espectacular no se limita a mostrar: fabrica. Fabrica sujetos, sentidos, límites. Pero siempre hay exceso. Siempre hay fuga. En ese margen —indefinido, movedizo, impredecible— puede nacer lo nuevo. No como novedad mercantil, sino como interrupción de lo dado. Y es ahí donde la juventud deja de ser mercancía para convertirse en peligro. Y el adulto deja de ser obediencia para devenir disidencia.
5. Biopolítica, deseo y disciplinamiento del cuerpo joven.
La administración del cuerpo joven en el capitalismo tardío no se limita al espectáculo; se extiende a través de dispositivos de control más profundos, que operan desde lo íntimo, lo biológico, lo pulsional. El biopoder —como lo enuncia Michel Foucault— no se ejerce simplemente prohibiendo, sino gestionando la vida, produciendo subjetividades funcionales, optimizando cuerpos, regulando placeres. Así, el joven no es solo un sujeto en formación, sino un cuerpo deseado, intervenido y codificado por múltiples aparatos: la publicidad, la medicina, la psicología, la educación, el deporte, los medios, la moda, las redes.
El cuerpo joven se transforma en mercancía no sólo por su capacidad de ser vendido —como mano de obra, imagen o deseo—, sino por constituirse en sí mismo como un objeto fetichizado. No se trata únicamente de que el cuerpo se exhiba, sino de que encarne las promesas del capital: vitalidad, rendimiento, belleza, rebeldía controlada, creatividad productiva. En ese marco, la juventud deviene uno de los campos más rentables para la industria cultural y farmacológica, así como un terreno de captura para los dispositivos empresariales de la vida.
Como recuerda Anselm Jappe, en el capitalismo el fetichismo no se reduce al objeto, sino que permea las relaciones sociales mismas: el cuerpo joven aparece así como portador de valor, no por lo que hace, sino por lo que representa en el imaginario social. Su potencia no está en su ser, sino en su promesa. Y esta promesa se convierte en deuda: de consumo, de éxito, de plenitud. La mercancía cuerpo se oferta no solo al mercado del trabajo o del entretenimiento, sino al mercado del deseo.
El disciplinamiento ya no es sólo represión; se vuelve seducción, captura, autoexplotación.
La rebeldía es permitida en tanto no cuestione la estructura, como estética o narrativa de época. La ropa “transgresora”, los tatuajes, el lenguaje “subversivo”, pueden ser perfectamente integrados como valor agregado en una economía que necesita signos de autenticidad para seguir vendiendo. El cuerpo del joven se convierte entonces en campo de batalla: lugar de inscripción de normas, pero también de posibilidad de ruptura, de fuga, de reapropiación de lo vivido.
En este sentido, el joven no es simplemente víctima del fetichismo, sino también sujeto contradictorio: puede, en su misma exposición, devenir antagonista. Cuando el cuerpo excede su forma mercancía —cuando se desvía, enferma, se retira, se enamora, se niega a producir o a mostrarse—, interrumpe el ciclo. El cuerpo entonces deviene trinchera, no sólo porque resiste, sino porque se vuelve lugar de invención, de práctica no codificada, de afecto no administrado.
La mercancía cuerpo joven puede romperse. Y en esa grieta, como en todo momento histórico de ruptura, emerge lo improductivo, lo no funcional, lo que no encaja: el deseo de comunización. No como programa, sino como experiencia que niega la equivalencia. No como utopía lejana, sino como gesto presente que se rehúsa a ser gobernada.
Los discursos biomédicos, escolares, laborales y publicitarios configuran una pedagogía de la obediencia, donde lo “saludable”, lo “productivo” y lo “deseable” operan como criterios de legitimidad. Se nos enseña a desear lo que nos disciplina.
La juventud se convierte así en una fase de entrenamiento para el rendimiento, la competencia, la visibilidad constante. Se fetichiza su potencia mientras se neutraliza su amenaza. Todo lo que no encaja —la disidencia afectiva, el ocio improductivo, la rabia sin forma— es patologizado, criminalizado o estetizado.
Frente a esta maquinaria, emerge también el contra-movimiento de cuerpos que no se rinden: cuerpos que desobedecen, que gozan en los márgenes, que sufren pero no ceden. Ahí donde el poder busca administrar la vida, el deseo puede devenir insurrección. No como afirmación identitaria ni como autoayuda rebelde, sino como fuga, como interrupción del guión.
6. El antagonismo como posibilidad histórica y deseo encarnado.
“Voy a decirles a todos ustedes, fascistas, quizás se sorprendan. La gente en todo el mundo se está organizando. Van a perder. Ustedes, fascistas, van a perder.”
-Woody Guthrie
“¡Patea la represión hasta que reviente, maldito bastardo!”
-MC5
La historia de los asaltos del proletariado es también la historia de su represión, su fetichización y su derrota. Pero cada asalto, cada estallido de insubordinación, deja grietas en la continuidad del orden social. Desde la Comuna de París en 1871 —donde por primera vez los obreros no solo tomaron el poder municipal, sino que comenzaron a abolir las condiciones materiales del capitalismo— hasta la Revolución Española de 1936 —donde campesinos y obreros colectivizaron tierras y fábricas, creando formas de vida comunal fuera del Estado—, lo que emerge no es una mera nostalgia, sino una genealogía de posibilidades truncadas, pero no canceladas.

En América Latina, las revueltas de Bolivia, Chile, Argentina y Colombia han encarnado no sólo demandas políticas, sino la furia acumulada contra siglos de colonización, explotación y domesticación. En África, las insurrecciones anticoloniales no fueron solo luchas por independencia nacional: muchas de ellas plantearon horizontes radicales de autonomía, autogestión y colectivización que fueron aplastados tanto por el imperialismo como por las nuevas élites locales. En todos estos momentos, no fue solo la juventud la que encarnó la revuelta: los proletarios —obreros, pobladores, campesinos, mujeres, migrantes— también encarnaron el antagonismo sin nombre, con cuerpos agotados pero no vencidos.
Lo que une a estas experiencias no es la toma del poder en sentido clásico, sino los momentos en que la vida misma se desborda del valor. Desde las cocinas colectivas hasta los consejos obreros, desde las comunas barriales hasta los territorios liberados: la comunización como praxis implica abolir la mercancía, el trabajo asalariado, el Estado y el patriarcado en el acto mismo de la insurrección. No se trata de gestionar mejor lo existente, sino de interrumpir su reproducción, de dejar de ser lo que el capital necesita que seamos.
Así, el antagonismo se vuelve deseo encarnado: no deseo publicitario ni subjetividad programada, sino hambre de lo imposible, de una vida que no pueda ser reducida a salario, deuda o número.
En ese sentido, la revuelta no es el patrimonio exclusivo de la juventud, ni su romanticismo una etapa a superar. Es el lenguaje truncado de una historia que insiste, que aún no ha sido dicha del todo.
Porque la figura del joven y del proletario contienen ambas la herida del fetiche —la imposición de ser lo que no se es, la separación forzada del deseo y la acción—, pero también la potencia de su fisura. El capital los modela para neutralizarlos, pero es en esa tentativa de domesticación donde también se filtra lo irreductible. La revuelta, entonces, no es solo un gesto reactivo: es afirmación negativa, es irrupción sin promesa, es memoria que se niega a ser archivo. Es la vida ensayando formas que aún no tienen nombre, pero que ya han comenzado a vivirse en los intersticios del presente.
La revuelta, entonces, no es solo un gesto reactivo: es afirmación negativa, es irrupción sin promesa, es memoria que se niega a ser archivo. Es la vida ensayando formas que aún no tienen nombre, pero que ya han comenzado a vivirse en los intersticios del presente.
En esa insistencia, la juventud —más que una categoría fija— aparece como un campo vibrante de posibilidad. No como idealización biográfica ni como reserva simbólica, sino como intensificación del conflicto, como memoria encarnada en tensión con el presente. Lo joven no se clausura en el tiempo: se expande como negatividad en acto, como potencia de interrupción de lo dado.
Es allí donde se abre la necesidad de pensar más allá del joven y la memoria, donde la negatividad misma se vuelve afirmación.
7. La mercancía de la revuelta: el ciclo de la absorción.
Toda lucha que irrumpe contra el orden dominante porta un doble filo: la posibilidad de abrir una grieta y la amenaza de ser sellada por el mismo sistema que pretendía desgarrar. El capital no solo explota cuerpos y recursos, también captura símbolos, resignifica gestos, reinventa el antagonismo como moda, como estética, como mercancía. Esa es su astucia: no necesita destruir lo que se le opone; le basta con mimetizarlo, vaciarlo, volverlo funcional.
El movimiento social, en su potencia, se presenta como negación viviente del orden existente. Es negación de la explotación, del patriarcado, del racismo, de la dominación estatal. Pero esa negación, si no se sostiene en la ruptura con las formas de vida que el capital impone, es arrastrada a su lógica. Así, los cantos de insurrección devienen eslóganes publicitarios. Las imágenes de barricadas se venden en camisetas. La furia se convierte en contenido. La revuelta es transmutada en espectáculo.
Este proceso no es lineal, sino dialéctico. El capital necesita de la revuelta para regenerarse. Su crisis no lo debilita sin más: lo fuerza a transformarse, a inventar nuevas formas de captura. Así, lo que ayer fue impensable —la disidencia sexual, el feminismo popular, el antirracismo radical, el anticolonialismo— hoy puede habitar el centro comercial, la serie de moda, el discurso institucional. No porque haya vencido, sino porque fue absorbido en su forma, no en su contenido.
Pero ese ciclo no se cierra fácilmente. Porque lo capturado no está muerto. En cada estética domesticada hay una fisura, un resto que no encaja. En cada consigna cooptada late una posibilidad de reapropiación. La historia de los movimientos sociales no es solo la de su derrota, sino también la de su insistencia: la revuelta vuelve, se transforma, muta sus lenguajes y sus cuerpos. A veces reaparece como ironía, otras como sabotaje, como colectivización, como fuga. Nunca idéntica, nunca totalmente digerida.
La dialéctica no es reconciliación.
No hay síntesis armónica en este proceso, solo contradicción constante. El joven que ayer fue símbolo de libertad hoy es target de mercado. El barrio que resistía el despojo es ahora marca urbana. Pero el deseo que movilizaba esos cuerpos no desaparece: se esconde, se camufla, espera su momento.
En esa tensión se juega lo político: no en la pureza de la consigna, sino en la capacidad de interrumpir la lógica que todo lo convierte en mercancía. La lucha, entonces, no es solo por el contenido, sino por la forma de vivir, de decir, de habitar el mundo. Por salir del ciclo que todo lo captura, incluso la rabia.
Porque mientras haya quien recuerde que el fuego no era solo un símbolo, sino una necesidad, la mercancía no tendrá la última palabra.
8. Juventud como mercancía histórica: de la promesa rebelde a la integración cultural.
La figura del joven no nace con la biología, sino con una necesidad histórica del capital: crear una subjetividad moldeable, deseante y disponible para el consumo. No siempre existió el joven tal como hoy lo entendemos. Fue en el siglo XX —y en especial tras la Segunda Guerra Mundial— cuando emergió con fuerza este sujeto-mercancía, diferenciado tanto del niño como del adulto, interpelado por la industria cultural como consumidor privilegiado. En esta figura se condensaron la novedad, la ruptura simbólica y una estética propia, que pronto serían canalizadas por los mecanismos del espectáculo y el mercado.
Aparecen entonces los primeros íconos juveniles convertidos en modelo de deseo: James Dean, con su rebeldía sin causa convertida en culto visual; Elvis Presley, como sinécdoque blanca de una música negra domesticada para las masas blancas; los Beatles, como sinfonía del inconformismo manso. La industria del entretenimiento no sólo produce mercancías culturales: produce cuerpos, gestos, modos de habitar el mundo. La juventud deviene así un lenguaje hegemónico, una coreografía globalizada que se renueva para no dejar de vender.

En este proceso, el espacio del consumo también muta: lo que era compartido —el tocadiscos en el living, la radio familiar, la televisión como centro doméstico— se fragmenta. La tornamesa se vuelve portátil, personal; la televisión migra a las piezas; la experiencia musical se encierra entre audífonos.
El joven comienza a habitar un mundo mediado por objetos que prometen libertad, pero que delimitan con precisión el campo de lo posible. No es una retirada hacia lo íntimo, sino una administración de la soledad, una individualización del deseo gestionada por dispositivos culturales.
En paralelo, el modelo se internacionaliza. Lo que comenzó como un joven blanco, heterosexual, anglosajón, se expande como forma abstracta.
El capital aprende a segmentar: incorpora mujeres, disidencias sexuales, cuerpos racializados, sin alterar la lógica profunda de su dominación. No se trata de una inclusión real, sino de una integración formal como consumidoras y consumidores de identidades empaquetadas. Las subjetividades se convierten en nichos de mercado; las luchas, en estéticas disponibles; las memorias, en branding emocional.
En Europa, este proceso va de la posguerra al desencanto: del existencialismo a la publicidad. En Latinoamérica, los vientos de la revolución son rápidamente contenidos por la telenovela, el pop-rock tropicalizado y el ideal del éxito neoliberal. Cada territorio reconfigura al joven desde sus tensiones locales, pero siempre bajo una lógica dominante que impone un ritmo de consumo, una aspiración a pertenecer, una estetización de la marginalidad.
La juventud no desaparece en este proceso, pero es desfigurada: se vuelve mercancía de sí misma. Su negatividad es absorbida, estetizada, rentabilizada. El mercado produce la imagen del joven rebelde para neutralizar la posibilidad de rebeldía. La promesa de futuro que antes implicaba transformación se convierte en el loop infinito del presente estetizado: moda, música, cuerpos e identidades rotando sin fin en vitrinas digitales. Así, el joven es menos un agente histórico que una interfaz cultural: conecta deseo con mercancía, insatisfacción con espectáculo, antagonismo con marketing.
9. Más allá del joven y la memoria: la negatividad como afirmación.
La figura del joven como sujeto político no puede ser reducida a una categoría identitaria ni a un mero estadio biológico. En él resuenan los ecos del pasado derrotado y las promesas traicionadas del porvenir. La juventud, como construcción social, ha sido funcional a la lógica del capital en tanto fetiche de renovación permanente, pero también ha alojado formas de interrupción, fisuras y deseos inasimilables.
Recuperar la memoria no es fijarla en un relato, sino confrontarla con la potencia de su negatividad. En ese sentido, la juventud no representa un deber ser, sino un campo de batalla donde se enfrentan la captura simbólica y la fuga.
En las luchas del pasado —la Comuna de París, el mayo francés, las revueltas estudiantiles latinoamericanas, los movimientos contraculturales africanos aplastados por el desarrollismo colonial y luego neoliberal— lo joven no fue tanto una identidad como un síntoma de desborde, una temporalidad en disputa.
10. Juventud sin historia: presente eterno y desmemoria organizada.
El capitalismo no sólo captura cuerpos y deseos, sino también el tiempo. En su lógica, la juventud se convierte en sinónimo de presente absoluto, donde toda posibilidad de genealogía o herencia colectiva es negada. El joven es impulsado a imaginarse como creación ex nihilo: sin historia, sin pasado, sin clase. Esta ruptura con la tradición no implica liberación, sino desarraigo; no autonomía, sino moldeabilidad.
En ese marco, el desprecio hacia los adultos y adultos mayores no es un fenómeno espontáneo, sino una construcción cultural funcional a la lógica del valor. El adulto que encarna una experiencia histórica, un trayecto de luchas, un saber no mercantilizable, es representado como residuo, como ser que ha caducado. La categoría boomer, devenida insulto generacional, funciona como metáfora de esa desposesión: una operación ideológica que convierte la vejez en fracaso simbólico y a la memoria en estorbo.
La rebeldía juvenil, lejos de ser cultivada como potencia transformadora, es encapsulada como tendencia. El joven se convierte en producto de sí mismo: diseña su imagen, su relato, sus gestos, en función de una visibilidad que se agota en la lógica del like y la reproducción. Las redes sociales son la plataforma privilegiada de esa escenificación de la juventud como mercancía, donde se consuma la estetización de la existencia. Pero esta imagen sin historia deviene en una subjetividad ahistórica, incapaz de reconocerse como eslabón de una cadena interrumpida de antagonismos.
Una posible línea de fuga reside en la recuperación de la memoria colectiva como acto político.
No para regresar nostálgicamente a un pasado idealizado, sino para reconectar las prácticas actuales con la trama larga de las luchas. La juventud puede devenir sujeto revolucionario sólo en la medida en que recupere su historia negada, reconociéndose como continuidad, no como excepción.
11. Adultos desechables y cuerpos improductivos.
En esta arquitectura del espectáculo, el capital establece un criterio brutal pero eficiente: aquello que no produce valor debe ser desechado. Así, la adultez —y especialmente la vejez— se convierte en lo que el sistema percibe como una amenaza pasiva: cuerpos que ya no rinden, voces que ya no venden, saberes que no se pueden monetizar. El adulto mayor no sólo es desplazado del mundo del trabajo, sino también del universo simbólico: no representa futuro, no representa deseo, no representa mercancía.

Esta lógica del descarte —que se expresa en políticas públicas, medios de comunicación y narrativas culturales— no es sino la versión tardía del darwinismo social reciclado por el neoliberalismo: sobrevive quien produce, quien consume, quien se mantiene “útil”. Lo improductivo es patologizado, medicalizado o invisibilizado.
No sorprende entonces que la salud mental de los adultos mayores, y especialmente de aquellos sin redes o ingresos, se degrade sistemáticamente en sociedades que los tratan como error estadístico o peso muerto.
Al borrar a los adultos de la representación social, el capital desactiva también su potencial crítico. Porque en ellos persisten memorias, fracasos, insurrecciones, formas de vida no del todo capturadas. La adultez, cuando no se subordina a los mandatos de rendimiento y competencia, puede convertirse en reserva de saberes subversivos. Por eso también es domesticada, ridiculizada o, en el extremo, institucionalizada.
Reinsertar al adulto y al adulto mayor en la narrativa de lo posible —no como ejemplo de productividad, sino como sujetos históricos— es un acto radical. No se trata de reconciliar generaciones bajo el signo del consenso, sino de reintegrar las memorias rebeldes como parte activa de los antagonismos presentes. El problema no es la edad, sino la clausura del tiempo como dimensión política.
12. Hacia una reconstrucción de la subjetividad antagonista.
«Juventud, hay un dios dormido dentro de ti: despierta a tu dios para que sueñe, préstale tu voz para que cante. Recuerda, juventud, que eres un dios con pantalones.»
Gonzalo Arango, en “El profeta en su tierra” (1960).
«Mis canciones son rojas como la dinamita; mis versos de la aurora que sean el alerta de la revolución.»
José Domingo Gómez Rojas, en Rebeldías líricas (1913).
La juventud ha sido convertida en el ícono por excelencia del capital tardío: portadora de novedad, estetizada hasta el fetichismo, despojada de historia y transformada en mercancía visual. En este montaje espectacular, la rebeldía es tolerada sólo en tanto permanezca en el plano de lo simbólico, lo estético o lo consumible. Pero cuando esa rebeldía se articula como proyecto histórico, cuando se encarna en una praxis que niega el orden y no su imagen, entonces la maquinaria represiva del sistema se activa: se patologiza, se criminaliza, se silencia.
No se trata, sin embargo, de contraponer juventud y adultez como polos en conflicto, sino de comprender cómo ambos son modulados por el capital según su utilidad.
El joven sólo es deseable en tanto índice de consumo y promesa de innovación; el adulto, sólo en la medida en que prolongue esa lógica. Quien se desvía —ya sea joven o viejo—, quien insiste en pensar desde fuera del marco, deviene residuo, error, anomalía.
Frente a esta colonización total de la subjetividad, urge una reapropiación crítica de la historia.
No como archivo muerto ni como relato heroico, sino como potencia interrumpida que espera ser retomada. Las luchas del pasado, las derrotas, las traiciones, los gestos inconclusos, no son escombros, sino materiales vivos para imaginar una salida. Como advirtió Walter Benjamin, la historia no es una cadena lineal de progreso, sino una constelación de momentos de peligro: instantes en los que lo nuevo irrumpe desde lo olvidado.
La tarea, entonces, es doble: desmontar el espectáculo y reconstruir una subjetividad capaz de devenir antagonista sin ser absorbida. Eso implica un trabajo cultural, político y afectivo; un esfuerzo por habitar el tiempo de otro modo, por rescatar las memorias silenciadas, por devolverle a la palabra “juventud” su sentido revolucionario, no su valor de mercado.
Porque el joven —como el adulto— es peligroso para el capital no por lo que es, sino por lo que puede llegar a ser: sujeto histórico consciente, constructor de comunidad, enemigo del fetiche. Y esa posibilidad, siempre latente, es lo que el capital teme y por eso intenta domesticar.
NEGACIÓN Y DISOLUCIÓN TOTAL.
Ningún pacto con lo existente, nada que salvar.
Disolvemos el orden, abolimos la mercancía, destruimos el capital.
¡La revolución no se gestiona, se impone!
No venimos de partidos, venimos del hastío.
No creemos en sindicatos, creemos en la fuga.
No hay patria en las ruinas del salario.
El capital no se discute, se interrumpe.
No pedimos permiso. Irrumpimos como grieta.
«El comunismo no se construye. Se impone o no es.»

