
Colectivo de Colocolinas Janequeo
El fútbol chileno desde sus inicios ha tenido una fuerte vinculación con sectores obreros, universitarios y de las colonias populares, cumpliendo un rol social relevante. Pero su desarrollo ha estado cruzado por rasgos de exclusión, desigualdad y donde se expresa una forma hegemónica de masculinidad que no ha permitido la participación igualitaria entre hombres y mujeres, tanto dentro como fuera de la cancha.
El Club Social y Deportivo Colo-Colo, como muchos otros clubes populares del continente, es reflejo de la sociedad en la que está inmerso. No es solo una institución deportiva, sino también un espacio donde se expresan y reproducen prácticas, símbolos e identidades propias del mundo popular. En el caso del fútbol, estas identidades se manifiestan con fuerza en las galerías, en los cánticos, en los lienzos y en la pasión de las juventudes barriales que hacen del estadio su segundo hogar.
Al tratarse del fútbol femenino, estas relaciones de poder se vuelven aún más profundas. Si bien Colo-Colo está entre los equipos que mejor cuidan a sus jugadoras, la situación sigue siendo muy diferente al trato que recibe el equipo masculino. Ha requerido un gran esfuerzo lograr contratos y sueldos con algún grado de dignidad, lo que convierte a Colo-Colo en un reflejo de lo que ocurre en nuestra sociedad.

La hinchada colocolina ha sido, desde hace décadas, objeto de estigmatización por parte de los medios de comunicación y de sectores con intereses en el ámbito social y político, quienes han buscado asociarla con la delincuencia y el desorden. Esta estigmatización ha servido como justificación para implementar políticas de vigilancia, control y represión, afectando principalmente a jóvenes de sectores populares que siguen desde la galería al equipo que aman.
La criminalización a la hinchada no es solo un discurso: tiene consecuencias concretas. Lo vimos recientemente con la muerte de Mylan Liempi, de 12 años, y Martina Pérez, de 18, ambos asesinados por efectivos policiales a las afueras del Estadio Monumental David Arellano. Fue en el contexto de un partido por Copa Libertadores frente a Fortaleza, en el mes del centenario del Club. Una jornada que debía ser de celebración, terminó teñida de sangre y dolor, marcando profundamente a la familia colocolina. Estos hechos no pueden entenderse como errores aislados. Son parte de una política sistemática que trata con sospecha y violencia a los sectores populares organizados. La represión hacia la hinchada colocolina es parte de un trato desigual que no se aplica con la misma dureza en otros espacios sociales. Nos recuerda que el fútbol, aunque muchas veces se intente mostrar como ajeno a lo político, es también campo de disputa social, cultural y simbólica.

Las mujeres colocolinas, especialmente aquellas que participan activamente en la barra, deben disputar su lugar en un entorno hostil para la hinchada, uno que continúa reproduciendo lógicas patriarcales, y no únicamente en la galería. Llamativamente, pese a que desde los inicios del Club la presencia y el trabajo de las mujeres ha sido fundamental para construir lo que hoy conocemos como Colo-Colo, hacia lo público —bajo la analogía feminista clásica de lo público y lo privado— su presencia continúa invisibilizada o reducida a roles secundarios, lo que para las nuevas generaciones de colocolinas se vuelve un desafío. Levantar figuras como las de Rosario Moraga, Ismenia Pauchard, Lucía Galarce, Carlota Ulloa, Nathalie Quezada y tantas otras que han dejado una huella invaluable en nuestro Club, se vuelve una tarea urgente.
Sin embargo, y precisamente en este contexto adverso, Colo-Colo ha logrado convertirse en un referente en materia de avances para las mujeres dentro del fútbol chileno. Es el primer club en contar con un directorio con cuota de género (2018), una Dirección de Género (2020) y en contar con un protocolo de actuación ante situaciones de violencia de género (2022), marcando un hito en la institucionalidad deportiva nacional. Este protocolo no fue una imposición institucional ni una respuesta aislada, sino el resultado de una demanda concreta impulsada por las distintas organizaciones feministas que rodean y conforman el mundo colocolino, quienes exigieron que su elaboración fuera un proceso colectivo, protagonizado por mujeres y disidencias colocolinas. Así, el protocolo fue redactado desde las bases y aprobado en Asamblea del Club Social y Deportivo Colo-Colo con más del 90% de aprobación, consolidando un precedente político dentro del fútbol chileno en materia de organización popular y feminismo

Al mismo tiempo, desde distintas colectividades y expresiones albas se ha trabajado para erradicar cánticos y prácticas machistas dentro del estadio, abriendo paso a una transformación cultural que reconoce y promueve la participación activa de las mujeres en todos los ámbitos del Club, y que busca instalar el estadio como un espacio seguro y libre de violencia de género.
Estos avances dan cuenta de que los clubes deportivos son también espacios de disputa política para las mujeres y por sobre todo espacios donde podemos promover cambios culturales, resignificando el fútbol como una expresión popular, de construcción colectiva desde la vereda del feminismo clasista.
La lucha del Colectivo Janequeo
El Colectivo Janequeo es una organización de mujeres colocolinas que surge el 6 de agosto de 2018 con un objetivo claro, asumir al club como su territorio de lucha y como una orgánica de mujeres que desde la galería disputan el club para avanzar hacia una cancha segura, levantando un feminismo popular y de clase.
El escritor Pedro Lemebel dedicó una de sus crónicas precisamente a “Las mujeres de las barras”, en ella escribió: “Y no son tantas las chicas que participan en la euforia barrera, apenas unas cuantas novias, amigas o hermanas de los hinchas, que luego de acompañarlos mil veces al estadio, después de compartir con ellos la fiesta gritona del triunfo, se ganaron un lugar en la multitud de machos, a costa de masculinizar gestos y lenguaje para ser admitidas en el violento territorio de la galería. (“Las mujeres de las barras”. En: Pedro Lemebel, La esquina es mi corazón, año 1995)
De Lemebel a la fecha ya somos más que unas cuantas, Janequeo surge desde ese lugar, del comprender que nuestra identidad como mujeres esta atravesada por ser colocolinas. Desde allí asumimos una perspectiva de feminismo de clase, sabemos que Colo-Colo es pueblo, y que cualquier transformación al interior del club debe hacerse en diálogo con su historia, su hinchada y su realidad concreta. Desde esa mirada, nuestro trabajo se ha basado en la educación colectiva, proceso horizontal de aprendizaje junto a mujeres y miembros del club, alejadas de una postura de superioridad intelectual o de intervención externa.

Desde Janequeo hemos impulsado acciones que amplían los márgenes de la lucha feminista en el fútbol, como la organización del primer Encuentro de Mujeres Hinchas, que reunió a mujeres de distintos equipos del país —entre ellos Everton, Deportes Concepción, Universidad Católica, Palestino, Universidad de Chile y Santiago Wanderers—, visibilizando la existencia de experiencias comunes de exclusión, violencia y resistencia entre mujeres hinchas, más allá de las rivalidades deportivas.
Una de las contribuciones más significativas ha sido la elaboración de una propuesta de protocolo de género, que posteriormente sirvió como base para el protocolo oficial implementado por el Club Social y Deportivo Colo-Colo. Durante marzo 2024 a marzo 2025, las integrantes del colectivo pasamos a formar parte del Área de Género del club, con la convicción de poner la institucionalidad al servicio del pueblo colocolino. Desde ese espacio, construimos e implementamos talleres de prevención de violencia de género en distintas filiales del club a nivel nacional, fortaleciendo una política transformadora desde adentro, construida con y para la comunidad colocolina.
En marzo de este año finaliza nuestra participación en el Área de Género del club. Volcándonos nuevamente al trabajo desde las bases, en distintas iniciativas, como las veladas centenarias en el segundo volumen de Siempre Hemos Estado, espacios que nos permiten seguir articulando memoria, organización y lucha.
Como colectivo, tenemos claro que la disputa porque el club y el estadio sean un espacio seguro para todas, todos y todes no está resuelta. Por eso seguimos trabajando colectivamente, abriendo espacios de reflexión y buscando las formas más efectivas para avanzar en esa dirección. Sabemos que transformar estos espacios no son un gesto simbólico, sino una apuesta política que requiere organización, trabajo sostenido y articulación con las bases. Desde ahí seguiremos caminando, con la convicción de que el feminismo también se juega en las tribunas, en la cancha y en la historia del pueblo colocolino.


