Apuntes para un debate en torno a la construcción de fuerza social en el Movimiento Popular

Cano
Militante Tejer-Construir

Este texto contiene algunas reflexiones que buscan aportar al debate político de la izquierda socialista y revolucionaria en función de la necesidad de fortalecer el trabajo de masas con miras a la construcción de una fuerza social capaz de abrir un horizonte de transformación postcapitalista.

Se enmarcan en una concepción estratégica que comprende que un proceso revolucionario de construcción de una nueva sociedad socialista solo puede ser impulsado por un amplio movimiento de masas y sus diversas expresiones políticas y sociales. Esto obliga, en el plano táctico, a poner urgencia en la necesidad de romper con el aislamiento y el sectarismo que han caracterizado a nuestro sector en las últimas décadas .

Aun así, no hace eco de ilusiones populistas que esperan contar con un nivel de conciencia pura y sin contradicciones, y con una claridad política a toda prueba totalmente extendida entre el pueblo trabajador para pensar en la posibilidad de impulsar un proceso revolucionario. La concepción estratégico-táctica que aquí se maneja entiende la política, sobre todo, como un arte. Ese arte trabaja sobre una realidad particular para generar las condiciones que permitan aprovechar las potencialidades latentes que se activan en momentos determinados.

Bajo ese marco general, es posible establecer una reflexión crítica respecto a un objetivo estratégico común en la izquierda revolucionaria, sobre todo aquella de tradición mirista: la construcción de una fuerza social revolucionaria. Compartiendo el postulado en general, creo que es importante hacer una diferenciación respecto a cómo este ha sido apropiado. Por lo general, la tarea de construcción de fuerza social revolucionaria se ha comprendido como la construcción de una fuerza propia, aislada del resto del movimiento popular. Esa fuerza propia, la mayoría de las veces, no logra ampliar su campo de acción mucho más allá de los militantes activos. Y muchas veces, luego de años de esfuerzo y trabajo territorial o en torno a demandas sectoriales, tampoco logra construir un acumulado político e ideológico que exprese realmente esa fuerza social

Para superar esa concepción, se plantea aquí que la fuerza social revolucionaria se construye EN el movimiento popular, como parte del mismo y de sus contradicciones, y no por fuera, como si existiera siquiera la posibilidad de constituir otro movimiento popular paralelo con condiciones ideales.

Para hacernos cargo de esta afirmación, debemos avanzar en una propuesta que conceptualice y ayude a comprender de mejor forma lo que entendemos por Movimiento Popular.

El Movimiento Popular y la disputa por su hegemonía

El Movimiento Popular no es una entelequia ideal que pueda ser asociada a una naturaleza dada de carácter intrínsecamente revolucionario. Es un movimiento real con toda la complejidad y contradicciones que ello implica, pues es expresión misma de esa realidad determinada.

Está compuesto por un conjunto amplio y múltiple de formas organizativas, movimientos sociales y organizaciones políticas que representan una diversidad de intereses y segmentos de clase que pueden, en primera instancia, entrar en conflicto entre ellos, aun cuando todos expresan, de una u otra forma, una contradicción antagónica con el bloque dominante y su sistema de explotación y dominación. En ese sentido, el Movimiento Popular sólo se constituye como tal cuando es capaz de unificar su acción bajo un conjunto de demandas comunes y articuladas que permiten que sus propias contradicciones queden en un plano secundario respecto de la contradicción principal, bajo la hegemonía de un segmento que ha logrado la conducción del mismo en oposición al bloque en el poder.

De ahí se deriva, entonces, que el Movimiento Popular es un espacio de disputa eminentemente conflictivo. La tarea de las y los socialistas revolucionarios, en este marco, es lograr que la constitución del Movimiento Popular se realice bajo su hegemonía programática y cultural. En la disputa por la hegemonía del Movimiento Popular se desarrolla un conflicto no antagónico con sectores que sostienen posiciones reformistas, progresistas, liberales y/o conciliadoras, entre otras muchas posibles. Por lo tanto, para poder dar esa disputa y disputar la hegemonía, es necesario estar presentes en dicho conflicto y evitar aislarse en trincheras autorreferentes. Es comprender que la política es un asunto eminentemente conflictivo, aun cuando no se esté enfrentando al enemigo.

En ese sentido, una concepción política que busca la hegemonía del Movimiento Popular no es lo mismo que una concepción vanguardista de conducción, en tanto no implica una relación vertical entre las organizaciones políticas y las organizaciones y movimientos sociales. Las organizaciones y movimientos sociales no son vehículos de transmisión de organizaciones políticas. El Movimiento Popular es un entramado complejo orgánico, donde distintas formas organizativas cumplen funciones diversas y es importante que cada cual se exprese como tal.

Pero no basta con decidirse a estar presente en la conflictividad propia del Movimiento Popular para su disputa; es importante también tener una lectura del momento específico que está atravesando el mismo, para desarrollar las tareas tácticas adecuadas a la situación.

Momento de dispersión y momento de constitución del Movimiento Popular

Me ha tocado participar en latos debates sobre la existencia o no de movimiento popular en un momento determinado. Siempre me pareció que la discusión estaba mal enfocada y que perdíamos el tiempo en un debate filosófico sobre la existencia del ser y no sobre su carácter, que es lo que permite realmente hacer política.

En función de aquello, me parece importante proponer dos momentos del movimiento popular: un momento de dispersión y un momento de constitución. El primero de ellos puede ser definido como un momento de reflujo, en el que priman los intereses, demandas y conflictos aislados de cada uno de los componentes del movimiento popular, pero sin lograr que estas luchas parciales se unan en una lucha común. Este momento de dispersión puede recorrer un arco, desde un bajo nivel de desarrollo de luchas parciales hasta momentos álgidos de lucha popular. Por lo general, los momentos de dispersión tienen fases acumulativas, no necesariamente progresivas y lineales, sino más bien a través de saltos, que pueden terminar en momentos de constitución. Este, como ya hemos planteado más arriba, se define como el momento en que las distintas expresiones del Movimiento Popular, o al menos su mayoría, logran unificar sus luchas bajo una demanda o programa común. Los momentos de constitución suelen ser momentos acotados, de irrupción, mientras que los momentos de dispersión suelen ser períodos largos. Es durante estos períodos largos cuando se cocina la posibilidad de lograr la hegemonía del Movimiento Popular, una hegemonía que no se expresa sino hasta el momento de constitución.

En términos esquemáticos, podemos analizar con estas herramientas el período que va entre inicios del siglo XXI y la actualidad. Al comenzar el nuevo siglo, el Movimiento Popular arrastra un momento de dispersión producto de la derrota asestada por los poderosos con la instalación del pacto democrático. Lentamente comienza un proceso de recomposición de luchas parciales.

El movimiento de pobladores se expresa a través de algunas tomas de terreno, la lucha de los deudores habitacionales y un auge progresivo de movimientos en la lucha por la vivienda que articulan comités. El mundo estudiantil vive diversos momentos de explosión: mochilazo de 2001, revolución pingüina de 2006, la lucha por la gratuidad de 2011 y la revuelta estudiantil de 2014 marcan sendos hitos de un movimiento que, por momentos, logró un apoyo transversal en el movimiento popular, sin lograr aún su conducción conjunta. Las luchas sindicales marcaron también diversos hitos, con importantes movilizaciones del mundo portuario, subcontratistas del cobre, forestales y salmoneros, así como importantes movilizaciones de trabajadores de la salud, docentes y trabajadores públicos, entre las más importantes.

El movimiento No + AFP también marcó un hito importante en el desarrollo ascendente del Movimiento Popular, logrando uno de los hitos de mayor unidad en torno a una demanda concreta. Por su parte, el movimiento feminista vivió también un importante y vertiginoso auge, forzando debates y transformaciones culturales expandidas a lo largo de la sociedad, y marcando hitos como el mayo feminista del 2018 y la masiva convocatoria a movilización del 8 de marzo de 2019. Por último, cabe recordar que, antes de la explosión de la revuelta de octubre, se estaba desarrollando un importante proceso de articulación al interior del movimiento popular con la constitución de Unidad Social.

Con ese proceso previo, muy esquemáticamente esbozado, es que se llega al momento de constitución del Movimiento Popular en la Revuelta Popular de octubre de 2019.Es un momento de constitución caótico, explosivo, sin proyecto ni conducción claros. El Movimiento Popular se constituye al calor de la revuelta de octubre en torno a elementos expresivos de malestar más que a elementos programáticos, con la consigna de ‘no son 30 pesos, son 30 años’ como expresión discursiva de ello. Prontamente, esa dispersión caótica confluye en la demanda por un proceso constituyente, lo que es canalizado institucionalmente luego del acuerdo del 15 de noviembre. Dicha articulación en torno a la nueva constitución, con toda su complejidad que no pretendemos analizar en este artículo, se sostiene hasta la derrota asestada en el plebiscito de salida del 4 de septiembre de 2022 con el triunfo del rechazo.

De ahí en más, el Movimiento Popular vuelve a un momento de dispersión, el mismo en el que nos encontramos hoy: un reflujo del que costará salir. Algunos entusiastas prevén, sin embargo, una rápida reconstitución al calor de la lucha contra la ofensiva empresarial impulsada por el gobierno de Kast. Me parece a mí que el camino será más largo, y a eso hay que sacarle el mejor provecho posible.

Construcción de tendencias, política territorial y método territorial de acción de masas

Planteamos más arriba que la hegemonía que da conducción al Movimiento Popular se expresa, fundamentalmente, en sus momentos de constitución. Pero debemos agregar: se cocina en sus momentos de dispersión. La cocción de la hegemonía se debe dar en torno a procesos organizativos de largo plazo, luchas por las demandas y articulaciones parciales. Y debe expresarse en términos programáticos, de métodos de acción y, sobre todo, de una cultura popular. Para constituirse en hegemónica y no ser cooptada por sectores pequeñoburgueses, liberales y progresistas, la cultura popular, aquella que pretendemos construir, de horizonte socialista, debe estar profundamente arraigada en el seno del pueblo.

Es en esa lenta cocción de tiempos dispersos en que deben constituirse tendencias socialistas y revolucionarias, sociales y políticas, que logren una acumulación de fuerza lo más alta posible -en términos organizativos, culturales, programáticos, ideológicos y políticos-, de manera que les permita conseguir la hegemonía del Movimiento Popular en su momento de constitución. Ya lo hemos dicho, pero no está de más repetirlo, dichas tendencias no pueden ser trincheras aisladas, sino que deben surgir desde dentro de las propias complejidades y contradicciones del pueblo en lucha por una vida digna.

Para dicha tarea, me parece que es fundamental darle una vuelta a la concepción de territorio, que parece ser un lugar común en amplios sectores de la izquierda, e incluso del progresismo, pero que generalmente mezcla conceptos y definiciones diversas, transformándose en un cliché con poca sustancia política. “Hay que estar en los territorios”, “hay que ir a los territorios” o incluso peor “hay que bajar a los territorios”, se repite como mantra (muchas veces con un tono de cuico progre que llega a doler los oídos).

El primer nudo crítico a desatar, para que la noción de territorio sea una herramienta útil, radica en distinguir el método de organización de la política de masas. Para clarificar el asunto, resulta indispensable establecer una diferencia entre el método de acción territorial y la dimensión territorial de la acción política.

El método de organización territorial, que para no generar confusiones conceptuales propongo denominar como desarrollo del instrumento base, constituye una herramienta clave de construcción orgánica. Su objetivo central es levantar instrumentos que operen directamente sobre la vida cotidiana de las personas, ya sea en el barrio (un comité de vivienda, una junta de vecinos), en el trabajo (un sindicato) o en el estudio (un centro de estudiantes o consejo de delegados).

Solo en tanto método es correcta una definición amplia de territorio, que lo entiende como cualquier espacio socialmente construido. Esta es una definición instalada en parte de la militancia revolucionaria que utiliza el método territorial. Esta noción operativa nos permite aplicar el mismo método de inserción en un espacio laboral, en una población o en una universidad. Su importancia es estratégica en dos sentidos: primero, le da a la política revolucionaria un anclaje concreto en el día a día de nuestro pueblo; y segundo, nos construye un espacio de repliegue indispensable para resistir y cuidar a la organización en los inevitables momentos de reflujo.

Ahora bien, el problema aparece cuando confundimos el método con la política misma. Pensar que el método es la política termina reduciendo drásticamente nuestro campo de acción. Esta confusión nos arrastra a pensar la política territorial en clave de lo que históricamente se ha conocido como copamiento territorial, una noción heredera de concepciones que buscan símiles de los territorios liberados de tradición vietnamita, y que fue aplicada también por el Frente Farabundo Martí en El Salvador. En nuestra historia, esto tuvo su mayor expresión táctica en el MIR durante la dictadura, con el Paro Comunal de Pudahuel en 1984.

En la actualidad, esta lógica se conecta mucho con posturas autonomistas que fantasean con que una población específica logre levantar una institucionalidad popular paralela al margen del poder dominante. El mini Estado le llamaron por ahí, en los espacios más alucinados, a una acción política de masas que se veía rápidamente atrapada en sus límites autoimpuestos.

Las consecuencias de este encierro las conocemos bien. Las experiencias de trabajo poblacional que se quedan pegadas en esta mirada raras veces logran salir de la frontera de su propia población. Sus demandas, al no articularse con una política más amplia (sectorial o territorial), son fácilmente absorbidas por el Estado, dejándonos, con suerte, algunas victorias tácticas inmediatas, pero sin ningún acumulado estratégico. Y lo que es peor, les cuesta enormemente juntarse con otros sectores del movimiento popular por fuera de su microterritorio, renunciando a disputar el poder real.

Frente a esta mirada acotada, propongo que pensemos el territorio más bien como una dimensión dentro de un entramado complejo de la acción política de masas. Una política de masas madura no se agota en un barrio acotado, sino que debe actuar simultáneamente en la dimensión territorial, en la sectorial (coordinadoras de vivienda, salud, educación o ramas productivas), en la electoral (disputando municipios o espacios parlamentarios como tribunas de agitación) y en la política de alianzas.

Desde esta perspectiva, el territorio no es algo que inventamos a conveniencia según dónde desarrollamos nuestra actividad militante, sino que está previamente definido por el propio poder dominante mediante límites administrativos (como la escala comunal o regional). Ahí es donde el bloque en el poder organiza su gobierno y ejerce la dominación sobre la gente.

Entenderlo de esta forma le abre la cancha a nuestros instrumentos de base. Un comité de vivienda (instrumento ba2se), una vez afianzado en su trabajo cotidiano, no se queda encerrado en su terreno: puede y debe dar saltos hacia la dimensión territorial comunal (articulándose con otras organizaciones de la comuna), hacia la dimensión sectorial (sumándose a una coordinadora amplia por el derecho a la vivienda) o incluso a la dimensión electoral (apoyando una concejalía popular que lleve sus demandas). Lo mismo ocurre con un sindicato: su base es la empresa, pero su dimensión territorial puede ser una coordinadora regional de trabajadores, su dimensión sectorial la articulación por rama, y su dimensión electoral el respaldo a candidaturas parlamentarias de la clase trabajadora.

Romper con el vanguardismo de los anillos concéntricos

Otra herramienta utilizada en organizaciones de izquierda revolucionaria es la de los anillos concéntricos, para medir el acumulado de fuerza que deriva de la acción política de masas. El problema central de esta herramienta es que promueve una observación autocentrada, que no logra montarse sobre la complejidad del movimiento popular. En esa complejidad, una organización en particular es parte del movimiento y no un externo que interviene, o, al menos, eso es lo que debiera apuntar a ser. Criticar la herramienta de los anillos concéntricos no tiene que ver con una dimensión técnica, sino que apunta a una crítica a la forma de concebir el rol de la organización política y el vanguardismo.

La teoría de los anillos concéntricos nos ha hecho mirar la construcción de fuerza casi como un ejercicio autocentrado de reclutamiento: medir qué tan cerca o lejos están las personas de nuestra propia organización (la «fuerza propia»), tratando al resto del movimiento social como simples anillos periféricos a los que hay que convencer. Para salir de esa trampa autocentrada, necesitamos dos cosas.

En primer lugar, mirar la fuerza social real. Usar herramientas de mapeo que nos permitan ver el conjunto de las fuerzas existentes en nuestro campo de acción. La fuerza social está compuesta por personas y organizaciones de todo tipo. La gran mayoría de ellas no va a formar parte de nuestra orgánica, pero son fundamentales para construir alianzas y disputar la conducción de los procesos de organización y lucha.

Y en segundo lugar, reubicar la vanguardia. Es decir, abandonar la idea de una vanguardia en el centro que atrae seguidores por pura irradiación ideológica. La vanguardia no es un altar; es una función que se ejerce estando insertos en el movimiento real de masas. El Movimiento Popular no tiene una naturaleza revolucionaria dada por decreto, es un campo histórico en permanente conflicto y disputa.

Cocinar la fuerza en tiempos de dispersión

En este momento de dispersión en el que estamos, el crecimiento de nuestras fuerzas y orgánicas no puede ser para el aislamiento sectario ni para contarnos las costillas entre convencidos. Crecer cuantitativa y cualitativamente tiene sentido si nos sirve para complejizar nuestra acción política.

Se trata de formar militantes con capacidad de levantar instrumentos de base en sus lugares de vida y trabajo, pero que al mismo tiempo sepan moverse en la escala comunal y regional, incidir en disputas sectoriales y tejer alianzas amplias sin sectarismos. Es ahí, en esa articulación paciente que se va cocinando en los tiempos de reflujo, donde realmente forjaremos la hegemonía programática, cultural y política para cuando el Movimiento Popular vuelva a entrar en un momento de constitución.

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