
Cano
Militante de Tejer-ConstruIR.
Este texto surge de las reflexiones y conversaciones sostenidas con distintas personas tras los resultados electorales. En general, se percibe un profundo desánimo. No es menor: el avance de la ultraderecha se nos aparece como un monstruo, y lo único que nos quedó para oponernos fue el apoyo a la socialdemocracia. Las alternativas de izquierda, más allá de los balances que haga cada cual, continúan en los márgenes, y el profe Artés no logró romper el cerco, lo cual resulta frustrante, porque para algunos fue el único candidato presidencial con cuya apuesta programática sentimos cierta identificación. Si a esto sumamos la irrupción de Parisi y el ecosistema cultural que representa —individualista, machista, aspiracional, entre otros rasgos—, no podemos sino sentirnos abrumados y derrotados, además de marginales frente a la cultura popular hegemónica, de la cual lamentablemente estamos muy lejos. Y ese es, creo, un tema que no podemos pasar por alto con liviandad.
Sin duda, es necesario realizar balances autocríticos que nos permitan dar algunos pasos adelante, pero no pretendo hacer eso en este artículo. Mi intención es plantear que no debemos desesperarnos en medio de esta tormenta. No son tiempos ofensivos. No son tiempos de revolución. Son tiempos de una cocción lenta, de una alternativa que debe forjarse al calor de la experiencia popular, para que emerja no solo como programa y herramienta política, sino también como cultura. Una cultura que no será pura, rojinegra ni moralmente impoluta (por suerte); una que no puede ser nostalgia, sino presente y horizonte de futuro. Una cultura popular contrahegemónica, pero inevitablemente contradictoria y permeada por las formas hegemónicas. Porque es desde esos mismos sectores que hoy votan por la derecha —en su versión abiertamente fascista o en su variante populista y aspiración al tipo Parisi— y desde su propia experiencia de lucha, que estos sujetos podrán constituirse en clase. Y nosotros debemos ser parte de ese proceso, aportando al desarrollo cultural y político del nuevo surgimiento de la clase trabajadora en tanto tal.
“Revolución es sentido del tiempo histórico”, decía Fidel al intentar definir ese concepto esquivo que nos orienta y mueve a quienes, como también señalaba el Comandante, pretendemos “cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Pero la revolución no se construye solo con voluntad, así como tampoco podemos explicar su no concreción únicamente por lo que hacemos o dejamos de hacer quienes nos consideramos revolucionarios. Los sujetos actúan en condiciones históricas concretas. La política burguesa asume esas condiciones estructurales; la política revolucionaria intenta transformarlas. Pero ojo: cada momento histórico impone sus propios límites y es deber de la militancia revolucionaria saber leer las condiciones, los límites y las oportunidades.
Ahora bien, la historia no avanza como un río tranquilo. No crece de forma lineal ni predecible. Daniel Bensaïd recordaba que “la historia avanza a saltos, por bifurcaciones, por momentos de excepción”, y que la política revolucionaria debe aprender a leer esos tiempos discontinuos: distinguir los períodos de latencia —cuando las fuerzas populares están replegadas, dispersas o derrotadas— de los tiempos de irrupción, cuando los de abajo rompen el guion y abren posibilidades inesperadas. Hoy el viento sopla en contra, pero este es el clima real de la historia: aquí debemos sembrar
Tiempos de latencia y tiempos de irrupción

Los tiempos de latencia son aquellos en que las masas no están en movimiento abierto, en que prima el cansancio, la desorientación o el repliegue. Bensaïd decía que en estos ciclos “la política se juega en un terreno minado por la incertidumbre, donde la preparación pesa más que el impulso”. Son momentos en los que las ideas revolucionarias no pueden ni deben aspirar a ser mayoritarias. No porque sean débiles, sino porque el ánimo social no está disponible; porque la energía colectiva se contrae; porque la gente está resolviendo problemas inmediatos, buscando estabilidad, o incluso abrazando discursos conservadores.
Chile, tras la revuelta del 2019, la derrota constitucional y los últimos resultados electorales, vive un tiempo de latencia y estamos quizás en su punto más profundo (aunque no sabemos cuánto más sombrío pueda ponerse el panorama). Este clima obliga a la izquierda revolucionaria a dejar de esperar “olas mágicas” y asumir su tarea más difícil: mantener vivas las brasas cuando parece que no hay fuego.
Pero la historia no se queda quieta. Lo que hoy parece estable puede resquebrajarse mañana. Bensaïd señalaba que “los tiempos fuertes vuelven siempre, pero no vuelven solos: hay que estar preparados para reconocerlos y actuar”. Un tiempo de irrupción —como el 2011 estudiantil o el 2019— no se decreta: se abre cuando se acumula malestar, cuando convergen luchas dispersas, cuando se quiebra la legitimidad del orden. Y ahí radica la enseñanza central: si la izquierda revolucionaria no llega preparada al tiempo de irrupción, el cual no solo “llega” mágicamente, sino que se prepara —con sujetos organizados, programa claro y una herramienta política fuerte—, ese momento será capitalizado por otros, como ocurrió en Chile, por amplios sectores progresistas y finalmente por la derecha.
Política desde abajo
Para Bensaïd, la política desde abajo es el arte de construir fuerza desde las experiencias reales del pueblo, no desde la ingeniería de élites o tecnócratas. Decía: “La política real empieza cuando quienes están obligados a obedecer deciden intervenir en el rumbo de su propia historia.”
Marta Harnecker, por su parte, desarrolló una idea muy complementaria: la política popular como aquella que surge de los territorios, las luchas concretas y la autoorganización. En Un mundo a construir, afirma: “el poder popular no se decreta: se construye desde las experiencias prácticas, organizando a la gente para resolver colectivamente sus problemas”.
Harnecker distinguía nítidamente entre política burguesa —centrada en acuerdos entre élites, negociaciones cupulares y administración del orden— y política popular, que nace de la participación, la organización, la formación y la acción colectiva. Este marco permite entender el problema del Frente Amplio y del progresismo en general. Aunque usaron un discurso transformador, optaron por integrarse al bloque en el poder, administrando el modelo y priorizando la gobernabilidad antes que la organización popular. Harnecker advertía sobre esto: “Un proyecto popular pierde su esencia cuando se separa de la gente y se especializa en gestionar el Estado”. La política desde abajo, en cambio, es paciente, territorial, conflictiva y lenta: construye poder real desde prácticas concretas de vida colectiva. La política burguesa busca acuerdos para gobernar en los límites de lo posible, la política desde abajo busca empujar esos límites para transformarlo todo.

En tiempos de latencia, las ideas revolucionarias no están hechas para ser mayoría. Y no necesitan serlo. Su tarea es otra: mantener dirección, firmeza y claridad, sostener núcleos militantes activos, profundizar la presencia en los territorios, actualizar el diagnóstico y preparar las condiciones para un tiempo de irrupción. No se trata de sectarismo ni de aislamiento, sino de persistencia estratégica. Como recordaba Walter Benjamin —gran influencia de Bensaïd—: “La tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla.” Esto exige una militancia que no dependa del clima social para existir, sino que sea capaz de sostener procesos a largo plazo, aun cuando la mayoría esté mirando hacia otros lados.
En ese marco de latencia, donde las ideas revolucionarias están en los márgenes, la disputa cultural e ideológica es fundamental y esta no se define solo por la calidad de los argumentos en los debates políticos y/o académicos, o a través de buenas acciones de propaganda. Harnecker lo expresa con claridad: “Las ideas cambian cuando cambian las prácticas sociales”. Esto significa que la batalla cultural se libra, ante todo, en el terreno de la experiencia concreta, no en los debates abstractos. Cuando el pueblo vive prácticas sostenidas de solidaridad, autogestión, organización, defensa colectiva y deliberación democrática, allí se va forjando un sentido común transformador, más sólido que mil discursos. La acción política revolucionaria actual, si no quiere terminar perdida en los pasillos palaciegos de la élite, debe concentrar sus fuerzas en la construcción, fortalecimiento y articulación de experiencias populares de organización y lucha, en la formación ideológica de cuadros surgido de las luchas sociales y en emparentar esas experiencias con un programa que dibuje el socialismo que necesitamos para nuestros tiempos.
Por eso la construcción de poder popular es también la construcción de cultura popular: hábitos, redes, cooperaciones, lenguajes, símbolos y formas de relación que encarnan, en pequeño, la posibilidad de un país diferente. Esa cultura, hoy todavía lejos de ser hegemónica, debe mantenerse viva, afirmarse y materializarse. Debe ser apropiada por sectores del mundo popular, difundida por sus propios órganos de comunicación, expresada en el arte y la vida cotidiana, articulada con un corpus ideológico coherente y capaz de enfrentar sus propias contradicciones.
Pero no es nuestra cultura revolucionaria la que debe emerger como potencia transformadora. La cultura revolucionaria que emerja de las propias experiencias de lucha de la clase trabajadora será expresión de su propia subjetividad. Será mezcla caótica de elementos en los que la militancia revolucionaria y sus herramientas políticas orgánicas deben aportar, pero siendo parte del lento proceso donde se cocina lo nuevo.
Solo así podrá emerger con fuerza en los tiempos de irrupción. Porque no basta con tener un programa y una línea política clara, para conducir un momento de quiebre histórico se necesita también una cultura popular transformadora que sostenga, atraiga y dé horizonte a las mayorías que irrumpen de manera inorgánica. Esa cultura es la base emocional, moral y práctica que permite convertir un estallido en camino y una revuelta en proyecto.
La disputa electoral como parte de la lucha popular

En tiempos de latencia, las elecciones no son la vía principal del cambio, pero tampoco deben ser abandonadas: para la izquierda revolucionaria pueden funcionar como un espacio útil de agitación, propaganda, visibilización de conflictos sociales y ocupación temporal de tribunas públicas que permitan acumular fuerza política y deslegitimar el orden, siempre subordinando esta participación al horizonte estratégico del poder popular. Así entendidas, las disputas institucionales no buscan “ganar el gobierno” ni administrar el Estado tal como está, sino aprovechar cada espacio —desde lo municipal hasta el Congreso— para fortalecer experiencias concretas en el mundo popular: en lo municipal, consolidar trabajo territorial, redes comunitarias, instancias de autogestión y formas de democracia directa; en el Congreso, acompañar luchas reivindicativas, amplificar las demandas de los sectores subalternos y proteger conquistas sociales; y, en general, utilizar los recursos políticos, económicos y comunicacionales que ofrece la contienda electoral para expandir la capacidad organizativa, económica y cultural de las organizaciones populares, reforzar programas de lucha, sostener la presencia territorial, alimentar la disputa cultural e ideológica y consolidar prácticas colectivas que preparen al pueblo para momentos futuros de irrupción social donde esas experiencias vividas —más que los discursos— se conviertan en la base real de una alternativa de poder desde abajo. En definitiva, nuestra irrupción en la disputa electoral-institucional no debe buscar gobernar o administrar el modelo, sino fortalecer la alternativa popular.
Mantener la brújula en tiempos oscuros
El desafío de la militancia revolucionaria no es solo movilizar cuando todo arde; es —y sobre todo— persistir cuando nada se mueve, cuando la marea está baja, cuando parece que todo retrocede y la gente se repliega a la sobrevivencia cotidiana. En palabras de Bensaïd, “el tiempo político no es el de los relojes. Hay que saber esperar sin dormirse, preparar sin desesperarse”, recordándonos que los tiempos de latencia no son tiempos muertos, sino momentos de acumulación silenciosa. Y, como decía Harnecker, la política popular es “una construcción paciente, donde cada paso debe fortalecer la capacidad de los de abajo para gobernar sus vidas”: organización, conciencia, cultura y práctica. Esa es la tarea hoy en Chile: mantener viva la organización, profundizar el tejido territorial, construir poder popular desde las experiencias concretas, fortalecer una cultura alternativa desde la cooperación y la defensa colectiva, articular lo disperso, preparar herramientas y programa, y sostener la convicción de que los tiempos de irrupción volverán. Cuando ese momento llegue —y llegará, porque la historia no avanza en línea recta, sino por sacudidas— debemos estar listos para empujar con fuerza su energía hacia un horizonte verdaderamente transformador. Y mientras ese horizonte se acerca, asumimos con humildad y firmeza que quizás no es nuestro tiempo, que los vientos no soplan a nuestro favor, que no tenemos ninguna certeza sobre el futuro. Pero aquí estamos —trabajadores y trabajadoras, militantes que crían, cuidan, sostienen la vida y a la vez cargan la tarea de encarnar un mañana distinto—, aquí seguimos y seguiremos, manteniendo encendida la idea simple y radical de que es posible organizar la vida de otra forma, con la vida al centro y no el capital, y que esa convicción, incluso en los momentos más adversos, es ya una semilla de futuro.


