Revitalizar a la izquierda revolucionaria desde la Ecología Política
El artículo parte de una constatación: la crisis de reproducción de la vida obliga a ampliar las preguntas de cualquier proyecto emancipatorio. El capitalismo del siglo XXI no solo explota la fuerza de trabajo: transforma el agua en activo financiero, los minerales en componentes tecnológicos, la tierra en monocultivos, la alimentación en mercancía, la energía en expansión permanente y la ciudad en maquinaria de valorización inmobiliaria. Una izquierda que continúe pensando que la cuestión ecológica es una preocupación sectorial llegará tarde a uno de los principales conflictos políticos de nuestra época.
El autor recurre a Marx y Engels para recordar que la primera premisa de toda historia humana es la existencia de individuos vivientes que deben alimentarse, beber agua, disponer de cobijo y transformar materia. La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, y la enajenación capitalista no solo separa al trabajador del producto de su trabajo, sino también de su relación con la naturaleza. Harvey y Bookchin permiten profundizar esta dimensión: la destrucción ecológica hunde sus raíces en relaciones de jerarquía y dominación, y todo problema social es también un problema ecológico.
El artículo critica la idea de que la revolución consiste fundamentalmente en apropiarse del aparato productivo construido por el capital. Una tecnología nunca llega desnuda a la historia: lleva incorporadas relaciones sociales, escalas, jerarquías y formas de organización territorial. Una agricultura basada en monocultivos no se vuelve ecológicamente emancipatoria porque el Estado pase a controlarla. La pregunta revolucionaria es más profunda: no solo «¿quién controla la minería?», sino «¿cuánta minería necesitamos, para producir qué y bajo qué escala?». No solo «¿quién controla la energía?», sino «¿energía para qué y para quién?».
El autor recupera a Echeverría, Leff y Gudynas para sostener que el socialismo no puede reducirse a un capitalismo socialmente administrado. Si la misma industrialización, la misma centralización tecnológica y la misma idea de progreso sobreviven al cambio de régimen de propiedad, entonces una parte decisiva del mundo viejo continúa funcionando dentro del nuevo. La nacionalización de bienes naturales puede ser necesaria, pero no puede ser el punto de llegada. Hay que nacionalizar para transformar: transformar las escalas, las tecnologías, los objetivos productivos y las estructuras de decisión.
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